Y ahora… algo completamente diferente

¡Estamos de enhorabuena! Netflix, ese gigante, nos ha dibujado a todos la sonrisa en las bocas anunciando que, a partir de este próximo abril, las desquiciadas series y películas de los Monty Python, ese grupo de chalados geniales, podrán disfrutarse en su plataforma. Incluso, avisan, se plantean proponerles una nueva producción a pesar de su retiro. Qué mejor momento para recordar la génesis de una formación que cambió el humor en la pequeña y gran pantalla para siempre. ¿Nos acompañas a dar una vuelta por el lado brillante de la vida? 

El domingo 5 de octubre de 1969, a eso de las 22:45, las familias inglesas se encontraron de bruces con seis desalmados que asaltaban sus pantallas y la intimidad de sus hogares, armados hasta los dientes de un humor irreverente, sangrante y valerosamente… moderno. Si de algo se puede culpar a aquel primer capítulo de la serie Monty Python´s Flying Circus no es sólo de haber reunido para la posteridad un grupo cómico inimitable, sino también por haber sentado las bases de una comicidad absurda y cáustica que pervive hoy día. Y a la que no paran de aparecerle, con los años, adeptos. Si no que le pregunten a los citados programadores de Netflix. Pero vayamos por partes…

Apunten bien estos nombres: Eric Idle, John Cleese, Graham Chapman, Michael Palin, Terry Gilliam y Terry Jones. Son los protagonistas de nuestra historia. Chapman, Idle y Cleese se conocían mucho antes de que a un ejecutivo de la BBC le diera por reunir a tantos talentosos: formaban parte del Cambridge Footlights Revue, una compañía de teatro en sus años estudiantiles, y ya junto a Palin y Jones entraron a engrosar más tarde la lista de guionistas de The Frost Report, cuna y escuela del humor británico. Allí también despuntaría otro genio, Marty Feldman, Igor para los amigos desde su descacharrante aparición en El jovencito Frankenstein.

Tras un inteligente –sí, amigos, no tiene por qué estar reñido- programa infantil de televisión, Do Not Adjust Your Set, firmado por Palin, Jones, Idle y el animador Gilliam, recién llegado del otro lado del charco, y un par de guiones para el cine (Si quieres ser millonario, no malgastes el tiempo trabajando y The Rise and the Rise of Michael Rimmer), donde si no firmaban todos sí que se pedían consejos unos a otros, los de la BBC se dieron cuenta que tenían un filón a explotar. Lo que no imaginaban es cuánto de cerca explotaría el mismo. Justo en sus narices.

Algún afortunado lumbreras de la cadena británica tuvo la genial idea de darle luz verde a un magazín de humor sustituyendo en la parrilla de entonces a ¡un programa religioso! Los ilusionados integrantes de los Monty Python (nombre que escogieron porque sonaba, según ellos, a un agente teatral de baja estofa) se lanzaron febrilmente a la redacción de gags, sin imponerse limitaciones de ningún tipo. Escribían por equipos: Cleese y Chapman, que se conocían de sus años en Cambridge, y Jones y Palin, que compartieron aulas en Oxford, se devanaban los sesos de dos en dos para los platos fuertos. Idle, aunque también pasó por Cambridge, prefería hacerlo por su cuenta. Eso sí, componía la mayoría de las canciones. Gilliam se limitaba a dar ideas, realizar las animaciones y ser el conejillo de Indias con el que el resto del grupo probaban la eficacia de los sketches. Tan sólo escribían juntos los momentos de transición, los nexos entre un gag y otro. Pero como el mismo Chapman diría más tarde, “hay algo extraño en los Monty Python, y es que la combinación de las seis partes individuales equivale a mucho más que la suma de sus miembros“. Hasta para explicar su forma de trabajar, los Python recurrían al absurdo.

Ante tal avalancha de genialidad simultánea, los brainstormings -pueden imaginárselo- eran brutales: sólo para bautizar la serie, barajaron una treintena de nombres. Entre algunos tan sugerentes como El tiempo prolongado de la lechuza, tan absurdos como Un caballo, un cubo y una cuchara o tan explícitos como Sexo & violencia, fue finalmente Flying Circus el que se llevó el gato al agua. La BBC les imponía que en el título del programa tuviera la palabra “circus” y como ellos se sentían ajenos a los habituales y rutinarios trabajadores de la cadena y además siempre estaban revoloteando de aquí para allá, antepusieron el adjetivo “flying”. Y pondrían aquello de Monty Python para darle un empaque teatral al asunto.

La tonadilla central tan circense, un tema de John Philip Sousa llamado Liberty Bell March y que utilizaron porque estaba libre de derechos y no tenían que soltar una libra, se convirtió en el remate final de una jugada perfecta. La fanfarria inicial, por cierto, fue utilizada años más tarde en Octopussy, otra comedia. Aunque en este caso, tal vez no era ésa la intención de los productores de James Bond…

A lo largo de cinco exitosas temporadas, los seis cómicos arremetieron contra todo lo establecido (y por establecer): la burocracia, las instituciones, los políticos… y la flema británica, con una vena autoparódica encomiable. Nadie estaba a salvo de sus aguijones. En las 625 líneas por semana ideadas por los Python todo era posible: los presentadores de talk shows ponían en aprietos a sus invitados mostrando fotos de los mismos en situaciones sexualmente comprometidas, los vendedores de mascotas se negaban a reconocer que las habían vendido muertas, los agentes de prensa intentaban colar entre sus colegas manuales de expresiones guarras en húngaro y todos, absolutamente todos los australianos se llamaban Bruce y bebían cerveza sin parar.

Con situaciones tan incongruentes como disparatadas, los Python daban un paso adelante en su particular concepción del humor, a medio camino entre la astracanada y la denuncia social. La huella de aquel inconmensurable caudal de ingenio llega hasta nuestro días. El spam, tal como hoy lo conocemos, debe su nombre a un gag de la serie, aquél en que una camarera recitaba todos los platos de la carta y en todos se podía encontrar el ingrediente spam, que aludía a una comida precocinada muy popular durante la II Guerra Mundial y que, por supuesto, era rechazado sistemáticamente por el cliente. Incluso el lenguaje de programación informática python se llama así como homenaje al grupo, y no por unas serpientes tan cariñosas… Splunge, aquel programa de nuestra televisión que tanto debía al Flying Circus, también hurtó el nombre de la misma; carente de sentido alguno, sus artífices decían que servía para alegar “ni sí, ni no, sino todo lo contrario“. Y qué decir de Muchachada Nuí, los Chanantes o eso que llamamos posthumor. Muchísimo antes –eones diríase- de que internet gobernara nuestras vidas y nos habituáramos a tantos palabros, los Python creaban un idioma universal, tan ininteligible como pegadizo. Y ponían patas arriba todo un país.

Y en una casa como la BBC y una nación con tanto apego a las formas, la educación y las tradiciones, aquel galimatías no tardaría en levantar ampollas. En uno de los sketches previstos para la tercera temporada, el concursante de un ficticio concurso de televisión comentaba sin tapujos que sus pasatiempos preferidos eran “estrangular animales, el golf y la masturbación“. Los gerifaltes de la emisora se negaron en rotundo a que apareciera tan ignominiosa palabra. Se ve que lo del maltrato a los animales, en cambio, les traía al fresco. En una de las negociaciones entre el equipo creativo y los mandamases, Eric Idle se extrañó de la sinrazón de éstos y le espetó al gran jefe: “Todo el mundo se masturba. ¿Usted no?“. Obvia decir que aunque no obtuviera respuesta alguna por parte del director de la BBC, las relaciones entre los Python y sus mecenas se enfriaron un tanto desde entonces…

Pero por aquel entonces, 1971, los Python ya habían metido la cabeza en el cine: la recopilación de sketches And now for something completely different, aunque algo desangelada en conjunto, aumentó la fama del sexteto más allá de la caja catódica y de las fronteras de la Reina Madre. El nombre de la película aludía a una frase mítica: la que soltaba, semana tras semana, un John Cleese disfrazado de presentador de la BBC, sentado siempre frente a la misma mesa escritorio pero siempre también con un fondo distinto, fuera éste una playa nudista, un estadio abarrotado o una autopista en obras. La frase, por cierto, se la hurtaron los Python a los informativos de la cadena, inmortalizándola para goce y regocijo de sus legiones de fans. Para los pythonianos acérrimos, es casi un saludo trekkie.

Desgraciadamente, el mismo Cleese decidió abandonar la serie antes de tiempo por culpa de un fan: una carta en la que un espectador manifestaba odiar la presencia del espigado actor, lo que desató la pasión por las bromas del grupo al completo. Ni cortos ni perezosos, lanzaron una nota de prensa a los medios en la que alegaban que Cleese había sido asesinado. Mientras la opinión pública intentaba dilucidar si era o no otro gag surrealista obra de la mente desquiciada de los cómicos, el bueno de John se largó a involucrarse en otros proyectos y nos dejó sin su excelsa dicción en los seis últimos capítulos.

Para entonces, antes de dejar la pequeña pantalla huérfana de sus genialidades, los Python ya soñaban con marcharse a Escocia a rodar un ansiado proyecto, Monty Python & The Holy Grial, que aquí se llamaría -en otro alarde de ingenio surrealista por parte de los distribuidores españoles- Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores.

Pero eso, amigos, es otra historia… completamente diferente.

¿Quién es quién?

Terry Gilliam, el amigo americano

Nació en Minneapolis, pero no tardó en hacer las maletas a Nueva York. Colaboró en revistas como Mad o Help!, donde conocería a John Cleese, quien le convenció para que diera el salto a las Islas. Sus dotes como dibujante y animador, a caballo entre Doréy Svankmajer, le abrieron las puertas de la BBC. Y allí hizo migas con el resto de los futuros Python. Si le buscan en alguna peli del grupo, es Patsy, el escudero fiel -y feo- del Rey Arturo en Los Caballeros… Gilliam actuaba poco, pero dibujaba mucho. Y también dirigía, hasta nuestros días.  o Miedo y asco en Las Vegas dan buena prueba de su personalísimo estilo. Tiene a punto de estreno, por fin, The Man Who Killed Don Quixote, su infinitamente pospuesta película –lleva desde 1998 dando tumbos- sobre el personaje cervantino y cuyo primer intento frustrado de rodaje dio pie al más que recomendable documental Lost in La Mancha.

 

John Cleese, el veterano de la clase  

Su padre era un vendedor de seguros que cambió su apellido real, Cheese, porque provocaba la risa entre los posibles clientes. Coincidió en Cambridge con Idley Chapman, y aunque les llevaba unos años no tardaron en congeniar. Se casó con Connie Booth, una habitual del Flying Circus que la acompañaría en una sitcom mítica en la tele británica, Fawlty Towers, aquí ninguneada en las autonómicas. Con fama de ser el cómico más belicoso, sus roles siempre cuestionaban la autoridad, fuera como especialista en discusiones, Ministro de Andares Tontos o Sir Lancelot. Fuera de los Python, fue rector de la Universidad de St. Andrews y disfruta de una longeva carrera como actor: del juez reprimido de Un pez llamado Wanda al Q de la saga Bond, pasando por poner voz al padre de Fiona, la esposa de ese ogro rompetaquillas llamado Shrek.

Terry Jones, un galés en la corte de Arturo  

Junto a Gilliam, el pequeño Jonesy era el extranjero del grupo. Nació en la Bahía de Colwyn, Gales, pero se marchó a Oxford a estudiar Historia Moderna. Además de codirigir Los Caballeros… y dirigir La vida de Brian, se especializó en papeles de mujeres con voz chillona. En el Flying Circus era el pianista desnudo que aparecía infinidad de veces, aunque siempre fugazmente. Continúa como director (Erik El Vikingo, El viento en los sauces, incluso algún episodio de El joven Indiana Jones), aunque se prodiga bien poco. Como su compañero Cleese es un fan confeso de los Teleñecos, lo que le llevó a colaborar de buen grado con el añorado Jim Hensonen Dentro del laberinto. Una curiosidad: tiene problemas para pronunciar la “r”. Muchas de los gags ideados al respecto por los Pythoneran en realidad chistes privados… ¡cabgones!

Graham Chapman, rebelde con causa

Hijo de un policía, se licenció en Medicina en Cambridge pero cambió la consulta por los escenarios. Hizo bien: en 1964, ya aparecía en El show de Ed Sullivan como un cotizado comediante. Alcohólico, fiestero y fumador empedernido, tuvo el honor de vivir su homosexualidad abiertamente, en una época en la que salir del armario no era aún un deporte nacional. Adoptó incluso a un hijo, al que apartó de los suburbios londinenses. Pero sus curdas eran monumentales: en la escena del Puente de la Muerte de Los Caballeros… iba tan pedo que tuvieron que sustituirlo por el primer ayudante de dirección. Aun así, se las arreglaba para protagonizarlo todo: fue Brian, Arturo y el coronel que interrumpía los sketches televisivos. Murió a los 48 años, antes de poder entrar a formar parte del reparto de otra genial comedia, El enano rojo.

 

Eric Idle, el lado brillante de la vida 

Estudió Literatura Inglesa en Cambridge. Y sí, ¿adivinan a quiénes conoció allí, verdad? Eficaz guitarrista, era también por aquel entonces compañero de correrías del bestia de Keith Moon. Sin ir más lejos, el guión de La vida de Brian se escribió en la casa que el malogrado batería de los Who tenía en el Caribe. Ya que habitualmente sus colegas no aceptaban sus sugerencias como escritor, se dedicó a componer las canciones del grupo. Como cómico, frecuentaba los personajes exasperantes (hombre invisible, crucificado cantante o Sir Robin) y tenía querencia a las pelucas ridículas, tanto que incluso seguía con ellas en la cabeza una vez acabado el día de rodaje. Amigo del añorado Robin Williams, en los últimos años se le ha podido disfrutar de gira con su espectáculo cómico y en los libros sobre el mismo, como The Greedy Bastard Boy, a comic tour of America.

Michael Palin, entre pythones y cocodrilos 

¿Oxford o Cambridge? Palin se decidió por Oxford, se licenció en Historia y se embarcó en la farándula junto a Jones. Dentro de los Python fue quizá el actor más recurrido (sólo en Los Caballeros… desempeñó diez papeles), dejándonos para el recuerdo personajes hilarantes: Bevis, el barbero travestido que quería ser leñador, Sir Galahad, Poncio Pilato o el náufrago que salía al principio de los Flying Circus. Más tarde, explotaría los recuerdos de su infancia en el cine: su paso por la selecta y carísima escuela privada Shrewsburg le sirvió para parodiar la educación estricta en El sentido de la vida y homenajeó a su tartamudo padre con su personaje en Un pez llamado Wanda. Desde que en el rodaje de una película ayudó en el parto de un cocodrilo, descubrió su amor por los animales y se enroló en documentales para la BBC.

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