¿Vuelta a la normalidad?

Ya han pasado los fastos primaverales de esta ciudad, aunque aún queda un largo camino para el verano. El ciudadano ha vivido intensamente estos días, cada uno a su manera, cada uno según sus gustos, durante casi un mes todos han olvidado sus miserias y sus debilidades. Las noticias nacionales, especialmente las políticas, han pasado de puntillas por nuestras vidas, una vez más nos hemos refugiado en nuestros tópicos y recuerdos. No sé si es bueno o no, pero sí saludable. ¿Opio para el pueblo? Puede ser, pero placentero.

Ahora comienza un periodo muy curioso, de un lado todo se ha acabado, pero quedan los últimos coletazos que se resisten a desaparecer. Los cofrades empiezan con las procesiones de Glorias, que son los restos ideales para conocer esa Sevilla tradicional y de barrio, estas mismas que aún no han sido recuperadas por la modernidad; algún día lo serán, si no al tiempo. Son retazos de barrio incrustados en un pasado sin definir, anuncian ya tardes de verano perdidos en un callejero casi irreconocible. Plácidas excusas para seguir con el mismo tema, como lo son las cruces de mayo que en Sevilla se convierten casi en un alter ego de las hermandades pero en plan de tómbolas benéficas y tertulias monotemáticas alrededor de lo mismo. Es jugar a la Semana Santa pero desde el mirador del tiempo ya caducado.

Quizás lo más interesante con diferencia es el Rocío. Aquí la ambivalencia tiene espacio propio. Tópico llevado al paroxismo, donde Sevilla se convierte una vez más en la capital agraria que fue. Rito desvirtuado por algunos, convirtiéndolo en un tópico imposible, pero rito esencial para todo el Aljarafe sevillano. Celebración de múltiples lecturas y de difícil acceso desde una perspectiva únicamente urbana. Rito rupturista, donde todas las reglas saltan hechas pedazos, donde se transgreden los valores en uso y todo se cuestiona. La progresía de esta ciudad se ha mantenido ciega ante un evento de raíces totalmente populares y solo se ha fijado en su pátina externa tan terriblemente banal como ultraconservadora. El Rocío es mucho más que eso, yo casi me atrevería decir que es justamente lo contrario a lo que la gente piensa.

No me interesa, lo admito, todo ese rollo de postureo social o de folclórico histérico, esa falsa y desenfrenada exhibición de felicidad y jolgorio, de riqueza sin sentido y de fanatismo elaborado. Comparto sin embargo esa sobria, sí, he dicho bien, sobria, actitud de los devotos de los pueblos, sobre todo del Aljarafe sevillano y de Huelva. Esa actitud casi senequista de aquellos que se pasan todo el año pendientes de su Blanca Paloma, que la llevan como una diosa en su interior y que deciden raptarla una vez al año. Nada más subversivo y hermoso que ese espacio de tiempo que transcurre desde que se produce el salto de la verja al amanecer siempre fascinante de las Marismas

Han sido los de siempre quienes se han apropiado del rito para domesticarlo e introducir valores externos a lo que en sus inicios fue. Se puede ser o no creyente, pero el pálpito de lo esencial permanece, los azulejos de la imagen están por todas las casas, la silueta de la Virgen adorna las gorrillas de la gente de campo, en los corbatines de los toreros… Solo hay que pasarse por Almonte o Villamanrique en cualquier época del año para saber cuál es el peso de la Virgen del Rocío y cómo en verdad se entiende esa peregrinación en sí. La romería es otra cosa, entre lo pagano y lo excesivo, que posee además otros parámetros para entenderla. El Lunes de Pentecostés es totalmente profundo y esencial, lunes de contrastes estéticos y éticos, donde la dulzura zen de la imagen de la Virgen del Rocío contrasta con el mar de pasiones que la llevan de un lado para otro sin concesiones. Belleza femenina de un lado y excesivo desorden de los afectos y las formas en los hombres que la llevan, todo ello en un mismo espacio y en un mismo tiempo. La radicalidad de los sentimientos a flor de piel, sin tapujos, de verdad.

Evidentemente esto no puede significar una vuelta a la normalidad de una ciudad que de forma indirecta vive intensamente este evento. Tanto las salidas de las carretas como su vuelta, tienen un sentido muy claro de ruptura de lo cotidiano urbano frente al campo. En esos días parte de la población vive con la cabeza en otro sitio, mientras que la vida continúa. El dilema campo-ciudad es especialmente fuerte en Sevilla; ciertamente ya no es como hace unas décadas, especialmente en Triana, donde había comercios que cerraban durante la semana, o en lo pueblos donde la costumbre permanece, pero no obstante sigue estando presente en Sevilla. ¿Anacronismo? Por supuesto, pero por eso mismo interesantísimo. Sevilla del XIX en pleno siglo XXI, con todas sus contradicciones y atavismos.

Si la Sevilla contemporánea no ha podido acabar con todo esto en parte es culpa de que no se ha sabido o podido con ello, aunque en verdad no hace falta. Sevilla siempre ha sido ambivalente, y en el fondo ininteligible. Una parte volcada en la tradición y otra jugueteando con la modernidad. No hay que tener complejos, muy al contrario, sentirse partícipe de esas dos mitades por igual. De un lado podremos recordar a Nyman y del otro gozar con la Reina de las Marismas. En el fondo es lo mismo, prolongar nuestra falsa felicidad a costa de lo que sea.

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