Viernes por la mañana

Estoy en la parada de autobús con la mochila llena de libros. El instituto me pilla lejos. Son las ocho menos cuarto, tengo un sueño que me muero. Todavía no se ha hecho de día del todo. Una pandilla de veinteañeras en minifalda dobla la esquina e irrumpe en la calle donde espero. Vienen de fiesta. Mi presencia es discreta y no me ven. Una de ellas se va quejando a voces de que le duelen mucho los pies. Se me eriza el vello de los brazos y las piernas, noto el escalofrío debajo de la ropa. Procuro no moverme para no alterar el flujo natural de los acontecimientos. Las amigas le están aconsejando de forma unánime que se quite los zapatos, que no es para tanto, que todas lo han hecho alguna vez.

– ¡Ya, pero es que se me van a romper las medias!

– ¡Pues quítate también las medias!

La dolorida se quita los zapatos con mala hostia y los lanza por los aires, maldiciendo el calzado de mala calidad. Con sumo cuidado, se baja las medias, las dobla y las guarda en el bolso. Están a pocos metros y puedo ver cómo los deditos enrojecidos se estiran aliviados y pisan el suelo frío y plano. Las chicas reanudan el camino a casa y se alejan decididas.  Ilustración: Pablo Vallejo

Me hubiera gustado darle un masaje, llevarla a caballito hasta la cama e incluso arroparla. Nada de eso puede ser ni falta que hace, pero lo que sí está a mi alcance es ir a buscar los tacones abandonados y ofrecerles una nueva vida. Son negros y brillantes. Seguro que a mi polla no le incomodan nada. A lo mejor sí que me han visto y esto era un regalo. – 

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