Verdún hace cien años

¿Puede una escena de guerra convertirse en una hermosa postal? Hace cien años las colinas de Verdún estaban llenas de obuses, fango y cadáveres. Es una de las batallas no resueltas de la Gran Guerra, una absurda carnicería en la que quedó triturada la juventud europea. Verdún 1916, icono macabro de la Primera Guerra Mundial. Verdún parece un manso terreno de ondulantes colinas, pero en realidad es un lugar siniestro marcado con cicatrices de artillería y tumbas en las que hace mucho se pudrieron los cadáveres de soldados anónimos.

Verdún es uno de los lugares preferidos por ese turismo de guerra que practican frívolos viajeros, como aquellos de los que ya hablaba en 1921 en su revista La Antorcha el escritor Karl Kraus: turistas fascinados por las tácticas militares y la cacharrería militar, capaces de dar detalles sobre armas y uniformes pero que no saben nada de Historia. Les dan igual las guerras médicas que la batalla de Gettysburg, lo importante es que hubiera muchos muertos y cierta épica militar. Esos turistas no sienten curiosidad por las causas económicas, políticas, sociales o diplomáticas que desencadenan las guerras. Se quedan en la superficie y la anécdota de la muerte colectiva. Y nunca les falta la absurda urgencia de hacerse una foto ante el memorial para subirla al instante a la red y testimoniar que estuvieron allí.

Hace un siglo de la batalla de Verdún y ahora parece que allí no tuvo lugar uno de las más cruentos enfrentamientos de aquella guerra pavorosa. Pero no hay más que superponer las fotografías documentales sobre las postales de hoy. Es entonces cuando se adivina que la curva suave de una colina nace de una antigua trinchera bombardeada, que los matorrales han crecido siguiendo la línea de los parapetos y que bajo la tierra se intuye el dibujo macabro de las galerías y los cuarteles subterráneos. También se adivina un siniestro silencio de cementerio. Bajo esos campos aún hay mochilas, máscaras de gas, jirones de uniforme, trozos de fotografías familiares…, todo un museo de objetos olvidados que pertenecieron a los soldados que nutrieron las primeras cosechas después del fin de la guerra, cuando las frutas y verduras crecieron más grandes que nunca. Como esos campos llenos de amapolas que también simbolizan esta guerra.

En una vieja fotografía se ve la curva del río Mosa y un banco solitario. El resto del paisaje son ruinas. Podemos intuir el olor a pólvora y muerte. Hay casas sin fachada en las que pueden verse las habitaciones de personas que salieron huyendo. En una cocina destrozada sobre una mesa permanece una sopera. Qué distinta la imagen del Verdún actual, feliz y despreocupado. ¿Cómo podemos imaginar lo que ocurrió hace cien años? Podríamos ver alguna buena película sobre la Gran Guerra. Por ejemplo La vida y nada más, de Tavernier, en la que dos años después de la guerra un comandante francés recorre los campos de batalla buscando datos sobre los soldados desaparecidos para dedicarles la tumba del soldado desconocido en el Arco del Triunfo de París. No fue la única película que Tavernier dedicó a este conflicto. CapitáConan se traslada al frente oriental, en la frontera entre Grecia y Bulgaria. Es la historia de un héroe de guerra.

Esta guerra estuvo llena de héroes y de camaradería como muestra La Gran Ilusión, de Jean Renoir. También de locos y poetas, que es la historia que cuenta Regeneration, de Gillies Mackinnon, basada en la estupenda novela de Pat Barker. La película se desarrolla en un hospital psiquiátrico en el que residen soldados traumatizados por la guerra como los poetas ingleses Siegfried Sassoon y Wilfred Owen.

Sí, para intuir el paisaje emocional de esta guerra hay que acudir a las películas, a las novelas y a los libros de memorias como El mundo de ayer, de Stefan Zweig, donde se describe la Europa que se desangra a partir del verano de 1914. La nostalgia del imperio austrohúngaro que desapareció en este infierno podemos entenderla  gracias a las novelas de Joseph Roth La marcha Radetzky y La cripta de los capuchinos, y también por la maravillosa Europa perdida de El rey de las dos Sicilias, de Andrezj Kúsniewicz, y El hombre sin atributos, de Robert Musil.

Sí, realmente hay que perderse en una biblioteca para intuir el horror de ese Verdún de hace un siglo leyendo El miedo, de Gabriel Chevallier, una novela de soldados   aterrados   por   la   carnicería   disfrazada   con   la   vieja   mentira del patriotismo; o Sin novedad en el frente, de Remarque; o Viaje al fin de la noche, de Celine; o Tempestades de acero, de Jünger; o El fuego, de Barbusse. Y hasta podemos reír con el humor negro y corrosivo de El buen soldado Svjek, de Jaroslav Hasek, o Un año en el altiplano, de Emilio Lussu.

Sí, cinematecas, bibliotecas pero también museos, porque la vanguardia salvaje fue hija de esta guerra, un exorcismo contra el horror de su época: el dadaísmo nacido en la Suiza neutral, el surrealismo destilando las pesadillas del frente y el expresionismo reflejando el terror. Contemplar Verdún recordando a Kirchner vestido de artillero con la mano amputada en Autorretrato como enfermero de Beckmann, o a los Mutilados de guerra jugando a las cartas de Otto Dix.

Y todo mientras suena el paisaje sonoro compuesto por Alban Berg con la materia dantesca de aquel tiempo: la ópera Wozzeck. Ahora sí, sí es posible imaginar qué ocurrió hace cien años en este hermoso y amable paraíso de Verdún.

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