Verano

Siempre el verano. ¿Qué cual es la relación objetiva que provoca ese regocijo de placer casi dionisíaco en el ser humano cuando llega este periodo estival? Está claro y se define con el término latino vacans, participio del verbo vacare: vacaciones. Y estas vacaciones nos alegran en verano, concretamente en junio, julio y agosto en el hemisferio norte, y en enero y febrero en el sur, por una cuestión de calendario agrícola. Sin más.

Una vez adoptada esta relación tempo-laboral podríamos decir que el verano se presenta en todas las ciudades y más en las mediterráneas y de interior como un tiempo de despojo de todo los sustancialmente accesorio.

Las paredes de las casas parecen despellejarse, como le pasa al Trastevere romano o al barrio alto lisboeta. Como si se tratase de la tez de esa chica que se descama tras días al sol sin más protección que la sal marina, buscando ponerse otro vestido de piel más apropiado al tiempo y el lugar, y a la terraza de verano de moda. El asfalto se transforma en lava grisácea que humea en forma de efecto óptico, los balcones sudan el agua del riego ancestral de la botella enterrada en la tierra boca abajo, y las ventanas bajan los párpados verdes de las persianas, incapaces de soportar el reflejo del sol en la pared encalada de enfrente. También al individuo lo transforma. El verano nos desnuda (algunas veces de manera desgraciadamente literal) y enseña todas las vergüenzas. Nos adormece, nos ralentiza, nos abre todos los poros de nuestra dermis, nos calienta, nos atonta, nos enamora.

Sin embargo, lo que más me fascina de esta estación son los recuerdos de aquellos pasados y las esperadas rutinas de año tras año.

El verano son recuerdos de amores furtivos, romances idílicos, caricias fugaces y besos con lengua. Todos ellos sabidamente efímeros. Son tardes de ventilador y luz solar combatida por visillos y persianas en el bloque. Para otros son noches de hacer puerta al fresco para charlar con la vecina a las doce de la noche. Tardes sofocantes de mundial regadas con cerveza en el bar de debajo de tu casa viendo partidos extraordinariamente malos. Son también tiempos de retomar aquél libro que dejaste en el segundo capítulo allá por navidad y de tirar los recortes de prensa que guardaste para leer y que nunca lo harás. Es momento de planear un viaje en agosto a La Habana para terminar desembarcando en Matalascañas. Es el gazpacho de tu suegra y los primeros baños en el mar que me esperan con mi hijo.

El verano es el momento de hacer cosas que no solemos hacer durante el año, para lo bueno y para lo malo, pero sobre todo es el deseo de que el presente sea igual o mejor que el pasado. Despójate de lo que sobra y cómete lo que no has comido en los meses previos. Como dijo Pierre Teilhard De Chardin, “para estar totalmente a gusto, para ser completamente feliz, necesitaba saber que existe algo esencial de lo cual todo lo demás no es sino un accesorio.” Sé feliz este verano y aprovecha los días que a partir de ahora irán siendo más cortos. Nos volvemos a leer en septiembre.

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