Un patrimonio pendiente

“Papá…, ¿por qué las tumbas antiguas nos producen menos melancolía que las más recientes?… Es fácil comprenderlo. Las personas que han muerto hace poco son más cercanas a nosotros, y precisamente por esto las queremos más”.

Giorgio Bassani. El jardín de los Finzi-Contini 

Este diálogo fue escrito por Bassani como parte del prólogo de una bellísima y melancólica novela. Padre e hija están visitando una necrópolis etrusca, y aunque las palabras han pasado por el filtro de lo literario, ello no oculta lo preciso de su mensaje: lloramos a los muertos que nos duelen por su cercanía, personal o temporal. Esto parece convertir en una paradoja algo que también resulta indiscutible: admiramos las tumbas antiguas y volvemos el rostro o miramos de soslayo las recientes. No es difícil verificarlo: cualquier viajero que recorra Egipto no dudará en acercarse a las pirámides, y hará de esto una de las metas de su estancia; los sepulcros de los Papas son observados continuamente con admiración en la basílica de San Pedro del Vaticano; nadie quiere pasar por la India sin contemplar el Taj Mahal. Sin embargo, ¿cuántas personas dirigen sus pasos al cementerio londinense de Highgate, al Monumental de Milán o al de Montjuic en Barcelona? Son una minoría, vista casi siempre por la sociedad con una mezcla de rechazo y sorpresa; sin embargo, estos atípicos visitantes han interiorizado –con diferentes perspectivas, seguro- que los espacios de la muerte no solo son cosa de un pasado lejano, sino que forman parte de eso que hemos venido a denominar “patrimonio cultural”.

He aquí algo que debería ser obvio y que no obstante dista de serlo: reconocer la condición patrimonial de los cementerios. Y no hablo aquí de dicha condición como una etiqueta de prestigio, como un rótulo que exhibir ante un potencial “turismo funerario” o ante posibles mecenas que nunca llegan, sino como una necesidad ineludible para que el futuro no esté construido desde la amnesia y la banalidad. La evolución de los espacios de la muerte nos ofrece una información valiosísima sobre múltiples aspectos de la vida contemporánea. Los cambios experimentados por los asentamientos urbanos y sus habitantes se ven reflejados en la propia vida de los enterramientos colectivos: las modificaciones del tejido social, las mentalidades, la religiosidad o el propio gusto artístico, quedan fijados en los cementerios. Es ahí donde advertimos su auténtica dimensión como patrimonio: nos encontramos ante un conjunto de signos físicos de un pasado reciente que han llegado hasta nosotros, y cuya propia realidad no puede sustraerse del carácter “sagrado” –y el uso aquí del término va mucho más allá de lo estrictamente religioso- que adquiere el lugar por la condición de última morada de las generaciones que nos precedieron.captura-de-pantalla-2016-11-11-a-las-10-28-35

Panteón del Conde del Águila.

Arquitecto: Joaquín Fernández Ayarragaray. Año: 1867

Un auténtico manifiesto del estilo funerario internacional: un mausoleo del cementerio parisino de Père-Lachaise cuyos planos aparecen en una publicación de la época; un arquitecto afrancesado en la ciudad que pone su firma al pie de ese diseño… y una fundición sevillana que realiza la obra en hierro. 

A pesar de argumentos de tanto peso sigue existiendo una notable resistencia para reconocer en los cementerios su valor patrimonial. Aunque las circunstancias han cambiado algo en los últimos años –está aún reciente la aprobación por el Consejo de Europa de una Ruta Cultural de cementerios del continente-, el exilio de los muertos a partir de la Ilustración y la conversión, ya desde mediados del siglo XX, de la muerte en tabú mantienen su vigencia. Incluso en nuestro mundo globalizado, es evidente que existen diferencias en función de los ámbitos concretos a los que se extienda nuestra reflexión: las sociedades más desarrolladas no mantienen con la muerte la misma relación que las que aún están inmersas en ese proceso; algo semejante ocurre cuando enfrentamos la cultura urbana con la de las pequeñas comunidades. Es muy importante tener esto en cuenta cuando hablamos de los cementerios: las generalizaciones llevan casi siempre al error, ya que, pese a la aparente homogeneidad que presentan, su riqueza es casi infinita. Y ello no depende, por ejemplo, del tamaño: un pequeño enterramiento rural puede albergar valores patrimoniales –materiales e inmateriales, por supuesto- de los que a veces carecen las necrópolis monumentales.Tumba de Francisco Barnés y Tomás

Tumba de Francisco Barnés y Tomás en el antiguo cementerio de disidentes .

Año: 1892

La historia de la ciudad –y de nuestra nación- se escribe en los cementerios con la separación entre el recinto católico y el de los que fueron llamados en tiempos “disidentes”. El epitafio de esta sepultura contiene la memoria individual y colectiva de una época.

 Panteón de Concepción Laville

Panteón del Concepción Laville. Arquitecto: Balbino Marrón y Ranero. Año: 1856

Una de las primeras capillas funerarias que se construyen en el cementerio, cuyo proyecto es firmado precisamente por el arquitecto que lo proyectó, y que soñó una vez con verlo convertido en un jardín salpicado por tumbas.

Tumba de José Villegas

Tumba de José Villegas.

Autor de la escultura: Gabino Amaya. Año: 1926

La sepultura del pintor sevillano está protegida por una figura enigmática, que destaca entre la escasa producción escultórica de calidad del cementerio hispalense. Su aire decadentista halla explicación en su modelo: el cuadro del propio artista “El triunfo de la Dogaresa Foscari”, que se conserva en la Anderson House de Washington.

Y es que la dimensión patrimonial de los cementerios ha de ser percibida como algo abierto, plural, realmente “vivo”. Precisamente por ello hay que evitar que el concepto “patrimonio” tenga, como ya advertí con anterioridad, tan solo un valor nominal: invoquémoslo para que se convierta en el vehículo para afrontar con rigor el futuro de los espacios de la muerte contemporáneos, en los que tan amenazantes pueden ser la banalización como el olvido, o incluso la museificación de estos inmensos depósitos de memoria. En los diversos elementos que componen un enterramiento –desde la vegetación a las tumbas, y de ellas a los rituales que se les asocian- podemos reconocer múltiples aspectos del mundo contemporáneo: las modificaciones del tejido social, la economía, la religiosidad, la política o el propio gusto artístico. Pensemos que la frontera de la muerte es también un eje de simetría, que pone a un lado los comportamientos vitales y a otro las prácticas que hacen referencia a un más allá que se impregna de lo cotidiano: vemos así a mujeres y hombres convertidos en imágenes escultóricas o reflejados en los epitafios, del mismo modo que la casa se hace “morada permanente”, la tumba. Panteón de Severino González

Panteón de Severino González.

Arquitecto: Juan López Sáez, 1929.

La Exposición Iberoamericana de 1929 y la ciudad de esos años se traslada también al interior del cementerio. La estética del Regionalismo o, como se le denominaba en la época, estilo sevillano, será adoptada por sepulturas que construyen los mismos arquitectos –y para las mismas familias- de la ciudad de los vivos.

La transformación positiva experimentada desde mediados del siglo pasado sobre el papel de la historia como disciplina, en la que conviven visiones generales con la aproximación al pasado como suma de relatos plurales, podría ayudarnos para entender mejor los cementerios: veámoslos como un modelo a escala de dicha pluralidad, con un enorme potencial para trasladar a la sociedad la enorme complejidad del pasado. En cada cementerio caben multitud de itinerarios e interpretaciones, ya que son mucho más que un negativo de la vida y de los espacios donde ésta se desarrolla: son, por encima de todo, un lugar de encuentro en el tiempo. No obstante, les acosan los mismos problemas que a las demás huellas de ese pasado con las que cohabitamos. El cementerio demanda actuaciones análogas a las de cualquier otro bien cultural: debe ser conocida su naturaleza y extensión, deben tomarse las medidas necesarias para su proyección futura y ha de transmitirse la importancia de su tutela a todo el conjunto de la sociedad. Ahora que gran número de reflexiones sobre el futuro de los cementerios tiende a centrarse en su aspecto funcional –esto es, en la adecuación del servicio que prestan a la comunidad- es más necesario aún subrayar el valor de los mismos como parte del patrimonio.

Por si estos elementos no fueran aun suficientes para activar en nosotros el interés sobre estos espacios de tanta complejidad y cercanía, quiero añadir algo más. Desde que Martin Heidegger escribió sus reflexiones sobre la Madonna Sistina de Rafael, parece difícil negar que los objetos artísticos que pueblan museos y colecciones hayan dejado en sombra una parte esencial de su ser: en este caso, lejos del altar y el templo para el que fue concebida, lejos de su función devocional, y aun cuando haya otros valores adquiridos con el tiempo en su nueva ubicación, la Madonna ha sufrido una pérdida irreparable. Si trasladamos esto al ámbito que ahora nos ocupa, hay un hecho incontestable: la mayoría de los cementerios que podemos recorrer hoy “están vivos” aún y no han tenido que experimentar esa renuncia a su naturaleza. Pienso además que solo el mantenimiento del uso de los mismos como espacio funerario, donde se produzcan de modo normalizado inhumaciones y cremaciones, puede garantizar la proyección futura de la memoria que albergan. Un cementerio clausurado, sin uso para la comunidad, será siempre un lugar museificado y, por lo tanto, vacío de contenido. Esto resulta tan dañino como la percepción del cementerio reducida a servicio público sin carga alguna de significado trascendente. Lo primero conduce, claramente, a la conversión de los mismos en parques temáticos de arquitecturas y esculturas extravagantes, a la medida de un visitante que busca experiencias singulares. Lo segundo castiga al abandono de los espacios históricos de los cementerios –ya que éstos, desde una perspectiva puramente funcional, han cumplido con su cometido- y modifica el paisaje de los enterramientos con actuaciones rutinarias ajenas a toda reflexión profunda. Panteón del Conde de Pradere

Panteón del Conde de Pradere. 

Arquitecto: José Espiau Muñoz. Año: 1913

La conservación del patrimonio funerario es muy compleja, ya que gran parte del mismo no es de titularidad pública. Ello provoca que el progresivo abandono pueda conducir a la ruina a obras tan importantes como ésta, el mejor ejemplo del Modernismo en el cementerio sevillano.

Cuando hace ya más de treinta años decidí que merecía la pena ocuparse de un tema tan periférico como éste, crucé una puerta cuya verja me resisto a cerrar. Y lo cierto es que cuando alguien me pregunta qué me atrajo de los cementerios, no acierto a responderle con precisión. Dejando a un lado incluso mi actividad investigadora y de difusión de este “patrimonio pendiente”, hay cosas que los han incardinado en mi existencia. He recorrido incontables cementerios y, si se me permite, “he peregrinado” a algunos: la conmoción de la primera visita a Père-Lachaise en París, a Staglieno en Génova o al Cementerio del Bosque de Estocolmo, está viva y pesa tanto como el recuerdo de una pequeña tumba infantil hecha con unos pocos trocitos de piedra de colores en el cementerio de La Carriona en Avilés, la cual quién sabe si aún existe. Mi emoción –por la deuda contraída como lector que nunca podré devolver- ante las sepulturas de Bassani en el Cementerio Judío de Ferrara y de Lampedusa en el de los Capuchinos de Palermo es tan poderosa como la que he sentido a veces ante algunos epitafios, ante rostros y nombres de los que nada sé pero que debieron ser en vida mucho –todo, quizás- para otras personas. Desde luego que no hay sentimiento alguno que pueda compararse al que nos embarga cuando el cementerio no es el lugar de la muerte de “los otros”, sino de “los nuestros”. Sin embargo, quiero reivindicar en la conclusión la belleza del encuentro con un paisaje construido por la memoria de las generaciones precedentes y sometido al escrutinio de la mirada de quienes, en lugar de volver la cabeza, decidimos mirar atentamente y con un inmenso respeto a estos espacios que los clásicos vieron “consagrados al silencio”. – 

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