Un paraíso llamado ‘Garage’

En los estertores de la Guerra Fría, mientras los soviéticos luchaban en Afganistán, Ronald Reagan llegaba a la Casa Blanca y el telón de acero comenzaba a descomponerse, en la ciudad de New York y bajo el mandato del demócrata Ed Koch, la multirracial y cosmopolita sociedad de la Gran Manzana fue testigo de una epifanía musical. En enero de 1977 abrió sus puertas (de manera no oficial) uno de los clubs más influyentes en la historia de la música de baile. Un parking en el 84th de King Street, en pleno Greenwich Village, acogió el templo definitivo de la música dance, construido por y para su DJ profeta, el irrepetible Larry Levan.

Tras una tradición de pequeños clubs de baile no comerciales, lugres pioneros como el Sanctuary con Francis Grasso a los mandos (1969-1972), The Loft  del inigualable David Mancuso (1970), el Better Days con Tee Scott y Frankie Knuckles (1972-1988), o The Gallery del irreverente Nicky Siano (1972-1977), el Paradise Garage supuso la confirmación del club underground por antonomasia. Este tipo de club, en contraposición a la tendencia comercial representada por Studio 54, era un entorno único construido alrededor de la figura de un gran DJ y de su forma de entender la música, de un extraordinario sistema de sonido y una exclusiva mezcolanza de devotos bailarines que asistían religiosamente todos los fines de semana.

El Garage, como le denominaban cariñosamente los parroquianos, ocupaba un enorme parking de novecientos cincuenta metros cuadrados. La discoteca se ubicaba en la segunda planta, a la que los clientes accedían a través una larga rampa en la que, tras girar a la derecha, encontraban una pista de baile de unos cuatrocientos cincuenta metros cuadrados, en la que se podían acomodar dos mil personas. También contaba con un salón de doscientos cincuenta metros cuadrados, donde se realizaban proyecciones y había servicio gratuito de bar. Inicialmente se denominó  84th King Street Garage, y durante el año que tardó en completarse la reforma, se realizaban fiestas periódicas en este salón (conocido como Grey Room), a las que se denominaban “de Construcción”, y que servían para sufragar las obras del club. Incluso tenían una pequeña llave inglesa como “tarjeta” de membresía.

Propiedad de Michael Brody, cuyo socio y compañero sentimental Mel Cheren era dueño de la discográfica West End Records, el Paradise Garage abrió por fin sus puertas el 28 de enero de 1978. Los asistentes a la inauguración esperaron en la cola durante largas horas bajo una severa nevada, hasta que una vez resueltos los problemas técnicos en el equipo de sonido, el DJ residente Larry Levan permitió el acceso a una impaciente multitud. Casi toda la lista VIP que Michael Brody había confeccionado de manera cuidadosa se marchó echando exabruptos y maldiciones, prometiendo no volver nunca jamás. Los que se quedaron lo harían para siempre. Y así comenzó todo.

Paradise Garage era un club al que se accedía por estricta invitación o membresía, tras pagar una pequeña cuota en la entrada. Al no servir alcohol, su licencia afterhours le permitía abrir los fines de semana hasta el amanecer (aunque a menudo se alargaban hasta el mediodía del día siguiente). Su clientela, que en un principio era mayoritariamente gay y afroamericana, fue acogiendo progresivamente a todos los amantes de la música de baile de la ciudad, con independencia de su raza, clase social y orientación sexual. Esta fue una de sus grandezas: la mezcla de gentes en torno a la música.

Y ahí es donde realmente el diseño del club aportó las mayores innovaciones hasta la fecha: el equipo de sonido y la selección musical que se programaba bajo la dirección de un DJ todopoderoso, que creaba una atmosfera única e irrepetible cada noche. “Una cosa importante que hizo el Garage fue reunir a blancos, negros y latinos, heterosexuales y homosexuales en un solo lugar”, explicaba Mel Charen. “Cuando las personas aprenden a bailar juntas, se llevan bien”. Esta hibridación sociocultural fue una de las claves de su éxito, al poner en contacto a la Cultura Oficial con la Underground y eliminar todas las barreras existentes. El concepto de mezcla, tanto en los aspectos musicales como en lo social, generó una pista de baile donde todos eran hermanos. Iguales, felices y libres bajo la amorosa mirada de Levan.

Para muchos, el Garage suponía un amable santuario para “la tribu”, que profesaba una religión donde el ritmo era la palabra de Dios, Levan el predicador en la Tierra y la cabina su púlpito. Según el Dj Joe Clausell, “era como asistir a la iglesia”. Una religión que, como todas, absolvía de las miserias y convenciones diarias a sus seguidores, y constituía una vía de liberación y autoestima para gran parte de ellos, que en aquella época eran doblemente malditos por su homosexualidad y el color de su piel. El sentimiento de pertenencia a esta comunidad  fue inolvidable para las personas que lo vivieron; sirva como botón de muestra la respuesta del artista plástico Keith Haring  a una periodista del Face: “no sé si sabes lo importante que es el Paradise Garage, al menos para mí y la tribu de personas que han compartido allí una gran experiencia espiritual colectiva. Pienso que descubrí el Garage por accidente divino”.

El sonido oscuro, denso y ecléctico de Levan tuvo el mejor escenario posible para desarrollar su mensaje: “sólo muy buena música para bailar”. La iglesia de Larry mantuvo el sonido disco y el góspel más allá de las modas (un estilo que se denominó Garage, en honor a su lugar de nacimiento), al incorporar elementos Dub al servicio de la pista de baile con los mejores bailarines que New York había alumbrado en la historia. El evangelio de Larry Levan subvertía sonidos de la procedencia más diversa, desde el funk al punk, y les aportaba un groove narcótico y un feeling continuo, con los que no se podía dejar de bailar. El sonido, físicamente masivo, al que sumó una manera creativa de alargar las mezclas y seleccionar los temas (cuenta que una vez estuvo más de una hora remezclando en directo Music is the answer de Colonel Abrams, hasta llevar al éxtasis a sus entregados seguidores), convirtió a este club en un lugar de peregrinación.

Para ello, Larry Levan (cuyo nombre de pila era Lawrence Philpot) trabajó con Richard Long, de Richard Long & Associates, en el diseño, desarrollo y ensamblaje de un sistema de sonido que fue considerado el mejor de su tiempo y posiblemente el mejor de la historia. La tecnología de RLA, muy adelantada para su época, podía escucharse y sentirse desde cualquier punto de la pista de baile. Desde el centro hasta los lados y las esquinas, los graves palpitaban, limpios y contundentes, “golpeando directamente bajo el esternón”. Sin embargo, lo más sorprendente era que no se podía decir dónde se estaba generando la música porque no había subwoofers voluminosos. Del mismo modo, la cabina se preparó combinando innovadores sistemas de reproducción acústica con novedosos sistemas de control de la iluminación.

De la misma manera que el pop-rock  progresivo y lo africano, los sonidos  robóticos de procedencia europea y el góspel  de Harlem se mezclaban en la gran coctelera que suponía la pista del Paradise Garage, a nivel gráfico y decorativo sucedió lo mismo. Artistas callejeros como Keith Haring pintaban grafitis tribales en sus muros, mientras diferentes diseñadores gráficos de prestigio creaban la imagen de los primeros flyers. Calvin Klein, diseñador de moda y el mayor influencer de la época, afirmaba que “todas las nuevas tendencias de la moda salían del Garage”. El logotipo, un afroamericano de pelo ensortijado con una pandereta, se convirtió en un icono a nivel mundial.

En el Garage también se programaban actuaciones en directo, en las que la pista servía de escenario. Grace Jones, Patti LaBelle, Chaka Khan, Taana Gadner, Karen Young, Colonel Abrams, New Order… La lista es interminable. También se proyectaban películas de temática homoerótica, como Altered States, Divine Madness, Tootsie, Midnight Cowboy, Swept Away (el original italiano de 1974) y Mark of the Devil. En lo concerniente a la cabina, varios DJs acompañaron a Levan. Entre ellos, David Depino, hombre de club que estuvo desde la apertura hasta el cierre, al igual que Joey Llanos y Victor Rosado, también suplentes de Levan. Otra asidua era Sharon White, una de las pocas Djs femeninas de su época. Y también una serie de DJs que más tarde se harían famosos, y que afianzaron sus carreras junto a Levan: nombres como Danny Krivit, Francois Kevorkian y Joe Clausell.

Cuando el club cerró, el 27 de agosto de 1987, tras finalizar su contrato de arrendamiento y en plena epidemia de SIDA, con Michael Brody a las puertas de la muerte, la tribu Paradise Garage la componían más de diez mil almas. La fiesta de clausura duró dos días enteros y asistieron miles y miles de personas. Multitud de flyers y pegatinas inundaron la ciudad con el eslogan Save The Garage. Para toda la comunidad fue como si falleciese un miembro más de su familia. Levan quedó devastado, se sumergió en la heroína y nunca volvió a ser el mismo. Cinco años después, en 1992, y tras una exitosa gira por Japón, murió a la temprana edad de 38 años. Como a todos los genios, le esperaba la inmortalidad. Cumplió una de sus convicciones más profundas: “Conseguir alcanzar el cielo desde un garaje”

Paradise Garage fue, a todos los niveles, un nexo entre el pasado y la revolución que se preparaba en el futuro. Durante diez años fue el Sancta Sanctorum de una filosofía de vida llena de respeto, amor y color. La magia de Levan a los platos aportó un manto de  protección y devoción a todos los asistentes a la liturgia más salvaje del planeta. Generaciones de futuros DJs fueron acunados por el opiáceo sonido del selector más grande de todos los tiempos, difundiendo posteriormente sus enseñanzas por todo el planeta. “Cuando entré por primera vez en el Garage”, dice Danny Tennaglia, “sabía que aquí es donde quería estar, lo que quería hacer … ya sabes, trabajar en clubes nocturnos, ser Dj”.

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