Sí, el último libro que leyó García Márquez fue El Asesino de la regañá

Siempre he odiado a los periodistas que utilizaban su posición para contar historias personales. Yo lo voy a hacer, pero tiene una explicación: la historia es tan increíble que quiero “bajarla”. Entenderéis por qué la escribo, justo al final.

Las mejores cosas que me han pasado en la vida, me han pasado en bares. En uno de ellos (Bar Lambuzo en Madrid, embajada andaluza y coliseum de croquetas) me presentaron hace unos años a una pareja de unos cincuenta años que habían leído El Asesino de la regañá. Llamaban la atención por educados y elegantes. Hablamos de los libros y al poco seguimos cada uno con nuestras croquetas.

Un mes después, recibí una llamada de Luis, el dueño del bar y celestina de aquel encuentro: “Illo, ¿te acuerdas de la pareja que te presenté en el bar el otro día? Pues por lo visto ella es amiga de García Márquez y le ha dado tu libro”.

García Márquez estaba, en su casa de donde fuera, leyendo sobre montaditos de pata de mulo, cervecitas en El Salvador y Serva la Bari. Honestamente, me parecía tan marciano que no quise ni creérmelo. Sin embargo, la imagen de un premio Nobel escribiendo “Qué es regañá” en Google me volvía a la cabeza a menudo.

Al poco, Gabriel García Márquez falleció en México y a las pocas semanas volví a recibir una llamada de Luis. “Illo, me ha dicho Amalia, la de García Márquez, que ha estado en el funeral y tiene tu libro, que está subrayado por él”.

Ahí ya sí, ahí ya me puse nervioso.

“Luis, por tus castas, dile que si se lo puede llevar un día al bar, por lo menos para verlo”. La respuesta fue aún mejor: “Me ha dicho que está en Marbella ahora, que cuando suba a Madrid lo coge y que tiene claro que ese libro te hará mucha más ilusión a ti que a nadie, y que te lo quiere regalar”.

Hace una semana (desde que escribo esto), quedamos en la casa de Amalia, en plena Plaza de Ópera, que es la Puerta de Jerez de ellos. Tras un rato de conversación de sentimientos y de problemas que se resolverán, fue al salón, sacó un libro y me contó.

“Me encontré en Madrid a Mónica, la secretaria de Gabriel hace tiempo. Yo acababa de terminar tu libro, me había reído mucho y ella, después de contarme que Gabriel estaba malito, me preguntó qué estaba leyendo. Le conté sobre tu novela y le pareció divertida. “¿Me la dejas? No vuelvo a España en cuatro o cinco meses, pero igual le anima”. Total que se la di. A las semanas me llamó a mi casa de aquí y me dijo que Gabriel le había preguntado si podía subrayar “Con lapicero, claro” y yo le dije que sí”.

Entonces me entregó el libro, y pasé páginas parándome en aquellos subrayados. El libro tenía un encanto parecido al sombrero de un mago, como si por él hubieran pasado cosas especiales.

Lo tengo en casa, y me encanta mirar subrayados “de lapicero”. Sobre todo de la frase “Fuera hay silencio”, que ahora parece mucho mucho mejor que cuando la escribí.

Os cuento todo esto porque efectivamente para mí es importante, pero sobre todo por lo último que me dijo Amalia.

“En septiembre vendrá la secretaria de Gabriel a Madrid. Quedaremos, te vienes y que te cuente ella mejor. Me dijo que se lo leyó dos veces y por lo visto preguntó al final una cosa: Sevilla, la ciudad que cuenta… ¿es inventada no?”.

Cualquiera que haya leído La regañá sabe que casi nada de lo que sale es inventado, ni sitios, ni actitudes, ni rasgos. Solo nos queda felicitarnos, tenemos la suerte de ser de una ciudad que, para García Márquez, está justo al lado de Macondo.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>