Turismofobia

De entrada, no estaría mal reconocer que todos somos turistas incluso en nuestra propia ciudad. En segundo lugar, saber que las ciudades son seres vivos que mutan constantemente. Lo digo por la fobia que se ha puesto de moda contra todos aquellos que nos visitan y que al parecer degradan la vida natural de los cascos antiguos de las ciudades, que, por cierto, fueron abandonados desde hace mucho tiempo por los habitantes “naturales” de esos espacios. Primero fueron las clases más pudientes las que huyeron a sus alrededores; luego, se encarecieron los espacios más céntricos convirtiéndolos en oficinas o locales comerciales; y ahora, ante la visita de otros, las casas se han ido convirtiendo en apartamentos turísticos, que al parecer es lo peor de lo peor, el eje del mal… y no es cierto.

Una cosa es que necesiten una regulación urgente que proteja las rehabilitaciones de las viejas casas y otra muy distinta es demonizarlas. Nadie parece recordar cuando el centros de Sevilla, en concreto, se caía literalmente a pedazos y los “tradicionales” locales tuvieron que cerrar por falta de clientela. Nadie parece darse cuenta de que somos nosotros mismos, los sevillanos, quienes hemos destrozado nuestro hábitat natural. Muchos aún viven en la Arcadia ficticia de la fallida Exposición del 29 manejando textos que convertían a esta ciudad en pura nostalgia. Esa ciudad era tan falsa como la actual. Es cierto que en otras ciudades se ha intentado preservar el legado histórico de un modo menos especulativo que en la nuestra, pero no lo es menos que las facilidades para viajar ha producido un cambio radical en nuestras costumbres ya irreversible. Ni Florencia, ni Venecia, ni Estambul, por poner algunos ejemplos, son las mismas que las que conocí en los años 60 o 70, pero es algo que hay que admitir y la culpa no es de los apartamentos turísticos, es de la sociedad misma.

¿Que hay que impedir que Sevilla se convierta en Magaluf? Es algo evidente, lo que no lo es tanto es que el turismo se convierta en el enemigo a batir. Sevilla, en concreto,  ha sido ciudad de viajeros y foráneos, desde antes, desde el Siglo de Oro, y fue precisamente cuando el flujo de extranjeros desapareció que vino nuestra época más oscura. No fue hasta la llegada, a finales del XVIII, de escritores e intelectuales a Sevilla, cuando, inventándose una ciudad que se había perdido en el tiempo, volvió algo de riqueza a nuestras calles. Para ellos, Sevilla era tan sugestiva como Bagdad, solo que estaba más cercana y era más “civilizada”. Ahora seguimos vendiendo lo mismo, una ciudad exótica y amable, impregnada de un costumbrismo singular, pero que a la par ofrece todas las comodidades de cualquier urbe europea.

Hoy en día los sevillanos que viajan buscan en las redes apartamentos céntricos allí donde van, que ciertamente son más económicos, antes que hoteles, y son muchos de estos mismos ciudadanos los que se llevan las manos a la cabeza por el cambio de sus espacios más céntricos. A ver si nos enteramos de una vez que Sevilla, a día de hoy, vive por y para el turismo, para esos guiris que muchos desprecian. La pérdida de identidad es el precio a pagar, pero cuidado, esa globalización no es culpa de los foráneos, es culpa nuestra. ¿Que han desaparecido las casas de coloniales o las tabernas? Cierto, como lo es también que todos preferimos comprar en grandes superficies o ir a bares con tapas exóticas. Antes uno pedía un vino y lo que te daban era un honrado Valdepeñas, y para que te pusieran uno mejor había que decir “un rioja”; hoy casi te preguntan la añada y, por supuesto, la denominación de origen de lo que queremos beber. En apenas unos años nos hemos puesto todos en plan gourmet y lloramos porque La Punta del Diamante se ha convertido en Starbucks, cuando el legendario café tertuliano tuvo que cerrar porque no iban ni las moscas. Dejemos de ser hipócritas de una vez y pensemos que la autentica Sevilla costumbrista aún pervive, pero no en su centro, sino en los barrios, en aquellos donde precisamente desterramos a los habitantes del casco antiguo.

Honestamente, prefiero un casco antiguo correctamente rehabilitado a uno modernizado, y los apartamentos turísticos están poniendo en valor esta opción. Y si es una corriente, que ojalá no decaiga por el bien de nuestra economía, bienvenida sea. Olvidemos de una vez la ciudad soñada que nunca existió. Sevilla siempre fue un parque temático donde la miseria se ocultaba y se convertía en un atractivo pintoresco más. Cada vez añoro menos esa ciudad que viví y que hoy se ha convertido en el paradigma de lo auténtico, me gusta más la actual, prefiero la calle Alemanes como hervidero de foráneos, como lo fue en el XVI, que una calle vacía y abandonada. Sé que esto no es políticamente correcto pero es cierto para mí. Dejemos el pasado para los recuerdos… y cada uno crea en su propia memoria.

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