El turismo de los raros

Ahora que el turismo devora las cartografías quiero reivindicar los viajes de los mapas de lo invisible. Por ejemplo, elegir un destino porque allí nació Kafka y pensar que algo debe de quedar en el aire. O coger un avión, esperar colas, pasar controles de seguridad que anulan al individuo sólo para contemplar la pluma con la que Victor Hugo escribió Los miserables. Reivindico este turismo fetichista e incomprensible para la gran mayoría. Pero ¿realmente es más atractivo pasar las vacaciones junto a millones de bañistas horteras en un minúsculo trozo de playa en un litoral de aguas calientes y amedusadas que llorar de emoción tocando la estatua de Bach en Leipzig?

En esta época de modas y corrientes mayoritarias hay que reivindicar lo raro, lo insólito, lo extravagante. Pero no como una pose sino como algo auténtico y verdadero. Frente al besugo, el triunfo del salmón que nada a contracorriente. Hay que criar fuerza en el músculo que nos hace caminar en el lado contrario de la masa, de la multitud, del rebaño.

Un viajero raro es, por ejemplo, el escritor holandés Cees Noteboom. Un viajero maravillosamente raro. Uno de sus libros me parece una guía fascinante: Tumbas de poetas y pensadores. Junto a su esposa Simone Sassen, que fotografiaba las lápidas y memoriales, Noteboom recorrió el mundo buscando la última huella de los ilustres. El escritor narraba el lugar y cómo era la morada de Pablo Neruda, Julio Cortázar, Antonio Machado, Robert Louis Stevenson, Yasunari Kawabata, Thomas Mann, James Joyce o Elias Canetti. Había un hermoso diálogo con el difunto porque el mundo de la cultura permite la conversación con los grandes personajes del pasado. Noteboom habla, recuerda, reflexiona y rescata a Honoré de Balzac, Marcel Proust o Bertolt Brecht.

Confieso que en muchas ocasiones yo he hecho lo mismo. Me gusta pasear por los cementerios en busca de las tumbas de personajes ilustres. Cada vez que viajo a París no falta el paseo por Père Lachaise. Allí he buscado a los grandes, pero también a otros ilustres desconocidos. Un año busqué los memoriales de los españoles exiliados. Allí estaban los nombres de los que habían formado parte de la Resistencia y ayudado a la liberación de París de las tropas de Hitler. Aunque habría que matizar… Me emocionó ver esos nombres que España había olvidado. Hasta hace muy poco ese episodio de epopeya de nuestra Historia no ha sido recordado. Aquellos españoles, republicanos que habían perdido la Guerra Civil, se habían implicado en la lucha en la Segunda Guerra Mundial, pero al terminar el conflicto nadie reivindicó su odisea. La España de Franco se encargó de silenciar sus nombres, naturalmente. Y Francia, siempre tan hábil a la hora de construir el relato de su Historia, los apartó para subrayar la labor de la resistencia francesa y así eclipsar el lamentable episodio de colaboracionismo del gobierno de Vichy con los nazis.

En Père Lachaise también busqué a otro héroes, como los parisinos asesinados en el muro de los federados, el mur des Fédérés en el que fueron fusilados en 1871 los últimos defensores de la Comuna de París. Qué gran historia también olvidada. En ese cementerio tuvo lugar la última batalla de la Comuna, ese primer ensayo de lucha anarquista y obrera que terminó trágicamente.

Otra curiosa sala de profundis para viajar es el Zentralfriedhof, el camposanto de Viena. Allí me he topado con el epitafio de aquel poeta de café, Peter Altenberg: “Amó y vio”. En otro lugar se encuentran las tumbas de Adolf Loos y de Schönberg, que son dos cubos desnudos. Es curioso porque en estas dos tumbas he visto cierto parecido con la de Belmonte en el cementerio de San Fernando, también de un atrevido cubismo.

En Viena, el rincón maldito de sus camposantos está en el cementerio de los Sinnombre, donde eran sepultados los cadáveres recogidos en el Danubio. Aquellos cadáveres azules que habían escogido una muerte dulce de vals y fango y que yacen en tumbas anónimas, como ocurría en Sevilla con los ahogados que recogían los hermanos de la Santa Caridad.

Pero regresemos al turismo insólito que reivindico. Sí, no lo puedo evitar, me gusta pasear por lugares invisibles. Cuando recorro estos espacios de la memoria me emociono, fotografío cosas aparentemente absurdas, hablo a solas. Algún día definirán este turismo de locos extravagantes, de letraheridos y otras especies en peligro de extinción. En realidad, se podría recorrer el mundo en este viaje tan absurdo como emocionante. Citaba la pluma de Victor Hugo, pero también he recorrido París buscando el escritorio de Balzac. Y es fascinante descubrir los garabatos que pintaba en la madera de la mesa en los momentos de relajación. Igual que en Albi se pueden ver las caricaturas que Toulouse Lautrec hacía en sus tediosos ratos de estudiante: un profesor con largas orejas de burro, frases chistosas y deseos canallas. Qué delicia refugiarse en los momentos gamberros del genio…

Me apasiona ver la letrina en la casa de Rembrandt y me conmueve la tumba de Saskia en la Oude Kerk en Ámsterdam. Soy capaz de viajar a Amberes sólo para ver recreada la cocina en la que el servicio de Rubens preparaba las sopas de invierno. Me estremezco ante el Palacio Pitti de Florencia porque allí Dostoievski puso punto final a El jugador, tan lleno de retazos autobiográficos. Y en Londres, cuando vi la chimenea de la sala de estar de la casa de Dickens, tuve un extraño recuerdo de una vida que no pude vivir.

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