Topografías cervantinas

«Que yo me voy muriendo…». Estremece el prólogo de Cervantes en su última obra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Imaginemos que en su lecho de muerte Cervantes repasa su vida y, además de los felices días de Italia, la épica de Lepanto o el cautiverio de Argel, surge en su memoria de moribundo una ciudad en la que fue feliz y desdichado. Una ciudad agazapada en algunos de sus mejores textos.

Los generosos dioses de la literatura han permitido que Cervantes pueda dar un último paseo por Sevilla, pero no por la de su tiempo sino la de hoy que celebra —más o menos— el cuarto centenario de esa muerte que está a punto de ocurrir.

Ahora pasea por la calle Feria, citada en el Quijote: «Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen (…) dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bienintencionada, maleante y juguetona». ¿Queda algo de aquella gente cuatro siglos después?

Por estos mismos lugares estuvo rodando el realizador Basilio Martín Patino uno de los capítulos de la serie de televisión Cuentos y leyendas, el dedicado a Rinconete y Cortadillo, que reunió a un nutrido grupo de hampones de la Sevilla de finales de los sesenta. Con él vino como asesor, y hasta se calzó unos zaragüelles para actuar de figurante, Agustín García Calvo. Regresaba así el filósofo y poeta a la ciudad en la que había enseñado mitología comparada y de la que fue expulsado por sacrificar palomas en sus clases. El entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, que estaba de paso en Sevilla, fue informado de la presencia del filósofo hereje en una producción de RTVE y la policía suspendió el rodaje. Los hampones que hacían de pícaros vieron cómo la policía apresaba a los artistas mientras ellos quedaban libres.

Cervantes sonríe ante la anécdota delirante y piensa que sólo puede ocurrir en un «lugar tan acomodado a hallar aventura, que en cada esquina se ofrecen más que en otro alguno». Pero seguimos junto a él en la calle Feria donde ve tiendas que parecen de su época y otras de presunta modernidad con cakes de crema azul o ‘improvisada’ ropa grunge de pensadísimo diseño. Sería difícil definir el lugar, aunque el paisaje humano aún parece de «gente alegre, bienintencionada».

En el mercado de la calle Feria no resulta difícil imaginarnos en época de Cervantes. Cae la sombra del campanario mudéjar de Omnium Sanctorum con sus ladrillos de color canela sobre los puestos de carne, frutas y pescados. Huele a casa de gula, a bodegón barroco, a trampantojo de frutas pintadas, y en un mostrador se ven racimos de uvas blancas que parecen las que evocaba el personaje de Fray Antonio en El rufián dichoso desde el exilio conventual de México: «¡Oh uvas albarazadas,/ que en pago de Triana/ por la noche sois cortadas,/ y os halláis a la mañana/ tan frescas y aljofaradas,/ que no hay cosa más hermosa!».

También pasea Cervantes por esa Triana de Monipodio en la que habitaba, como diría el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, Bachiller de Osuna, «la flor y nata de la matonería andante». Y sólo necesitaría don Miguel leer la prensa del día para darse cuenta de que aquella «Roma triunfante en ánimo y grandeza», aquel paraíso para los que querían medrar, hacer fortuna y vivir del vicio, no ha cambiado demasiado…

En la calle Betis, donde se señala el lugar en el que debió de estar aquella casa en la que se reunía, siguiendo otra vez las palabras del Bachiller de Osuna, la «germanesca arrufada y garbeadora, espuma de lo burlesco», entra este Cervantes espiritado y allí descubre el banquete que se dan los rufianes. Hay jarras de tinto trasañejo de Cazalla y de Guadalcanal, y hay tajadas de bacalao frito, aceitunas del Aljarafe, camarones y cangrejos del río.

Otro banquete que aparece en sus páginas sevillanas es una comida campestre en el Alamillo, donde se pescaban albures, sollos y sábalos. Hoy también se emulan esas escenas de pesca de antaño aunque con modernísimos aparejos. Y en las orillas del Guadalquivir asoman ratas de río que parecen salidas de las atarjeas de aquellos tiempos.

Ahora Cervantes descansa en estas riberas confirmando lo poco que ha variado el color del río. Él se nota ya seco y avellanado como su hijo literario, y, aunque siente cercana la muerte, quiere evocar un poco más este paraíso infernal en el que probó los desengaños y pesares y que por eso mismo nutrió su literatura de verdad como ninguna otra tierra. «Que yo me voy muriendo aquí en esta Sevilla…».

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