Sweethearts from America

“Durante mucho tiempo, para mí la música fue una especie de hobby secreto, algo que hacía en el refugio de mi habitación”. Mientras vacía un botellín de cerveza, a la sombra de un patio en el barrio de Santa Cruz, Paco Campano recuerda que fue su hermana “la primera que me enseñó a tocar algunos acordes con una guitarra. Más tarde me agencié una grabadora de cuatro pistas y comencé a probar cosas nuevas: cogía cintas que hubiera por casa, sobre todo piezas de música clásica, las ponía al revés y luego tocaba por encima de ellas, intentando crear bases sonoras”. El afán por la experimentación y el gusto por el do it yourself han sido dos constantes en todas las bandas que ha ido montando a lo largo de los años. Bandas en las que siempre se repetía una tercera característica: el gusto por la parodia. “Tengo que reconocer que el punto paródico siempre ha tenido que ver con mi incapacidad técnica. Quiero decir, desde el principio he intentado tocar de manera parecida a las bandas que me gustaban, a gente como The Velvet Underground, Sonic Youth o Pavement. Y claro, entre mi falta de aptitudes y las expectativas tan altas a las que me enfrentaba, terminaba saliendo un esperpento con cierto punto paródico. Que a veces tenía su gracia y otras veces no”. –

Tu nuevo proyecto, Sweethearts From America, está construido alrededor de un personaje de ficción, Frank L. Cowbell. ¿Qué surgió antes, la banda o el personaje?

Definitivamente el personaje. Todo comenzó cuando me regalaron un ukelele y decidí inventarme un personaje para poder tocarlo. Al principio, mi intención era parodiar los discos de Robert Mitchum, esos que tienen toques caribeños tan divertidos, pero luego cogí la guitarra eléctrica y todo se salió de madre. A partir de ahí, la idea fue evolucionando y Frank L. Cow se transformó en un personaje terrible, en un gran chiste alrededor del concepto de América. Pero no de la América real, sino de esa que está mitificada y que reconocemos por las películas de los sesenta y setenta. Esa estética que cultivó Sam Peckinpah, aunque quizás con un toque mayor de elegancia.

¿Algo así como un villano de Serie B?

Frank L. Cowbell es un personaje misógino, misántropo y fascista, que intenta sobrevivir al mundo, pero que en el fondo también tiene corazón. Es como un Bertín Osborne de los Estados Unidos, un tipo que te caería simpático porque está tan hundido que, en realidad, no puedes odiarlo. Sus exabruptos son los mismos que soltaría cualquier borracho en una barra de bar.

¿Y cómo encuentra este tipo al resto de la banda?
Aquí es donde se mezclan el personaje de ficción con los personajes reales, que actualmente son Valentín García, Óscar Collado y Selu Baños, aunque por la banda han pasado muchas más personas. El caso es que se trata de los únicos que están dispuestos a acompañar al perdedor de Cowbell en su nueva aventura. Y todo porque ellos son a su vez pequeños perdedores, músicos que tocaron en bandas indies durante la década de los noventa, pero no llegaron a ninguna parte. Al juntarse todos, aunque Cowbell intenta hacer canciones de rock inspiradas en los sesenta, sale una cosa distinta, porque sus músicos no son capaces de tocar ese estilo.

La presencia de Cowbell aporta a Sweethearts From America una fuerte carga cinematográfica.

Es algo premeditado, claro. Con la diferencia de que, si intentas hacer una película todo cuesta muy caro y además necesitas trabajar con un equipo de gente muy grande, así que al final resulta complicado que tu película se llegue a materializar tal y como la habías imaginado al principio. Con una canción, en cambio, puedes ser mucho más fiel a esa primera idea, porque en apenas tres minutos puedes presentar a un personaje y construir una historia que tenga inicio, nudo y desenlace. Por otro lado, aunque yo siempre arranco desde la parodia, y aunque todas las letras comienzan como una pequeña broma, siempre intento cerrarlas de modo que transmitan un cierto sentimiento.

Una canción debería ser como un buen corto: debería ser capaz de provocar una emoción, de describir un ambiente en unos pocos minutos.

También es cierto que al rock siempre le ha interesado mucho esa visión de la narrativa. Esa idea tan propia de Raymond Carver de contar una historia cotidiana con apenas unas cuantas pinceladas, está muy presente en géneros como el country o la americana. Si te paras a pensarlo, una canción es siempre un relato que empieza in media res. Así que cuando intentas contar algo, sobre todo si es algo que te ha sucedido a ti, es muy importante escoger qué momento concreto de la historia te interesa congelar para poder tomar una cierta distancia. Porque si no tomas esa distancia provocarás dramatismos y subidones de épica que es mejor evitar (algo que, por cierto, también sucede con el cine). Incluso en los relatos cortos hay un proceso importante de edición: el ejemplo de Carver es interesante, porque su editora resultó fundamental para que sus cuentos fueran tan buenos. En el caso de una canción tienes tres minutos y lo que escribes cabe apenas en una cuartilla. ¿Cómo consigues la trascendencia con un material tan escueto? Eso es lo interesante.

Las canciones también parecen funcionar como capítulos distintos de una misma historia. ¿Existe una voluntad por construir una narrativa global en el disco, o es una consecuencia de ir definiendo las aristas del personaje?

Es algo hasta cierto punto casual, aunque sí es cierto que el concepto del perdedor impregna todas las canciones y las unifica. Desde Rock star, que trata sobre un rockero que canta delante del espejo de un cuarto de baño en un garito nocturno, a Sonic surf against fascism, en la que Cowbell intenta escribir una canción que llegue a los jóvenes de ahora de manera equivocada, mezclando melodías surf y una letra de izquierdas. O From father to daughter, en la que el padre se reencuentra con una hija a la que abandonó, y con la que sólo comparte la pérdida, porque a ninguno de los dos le queda nada. Al final, todas las canciones tratan sobre la pérdida, y eso les confiere una sensación de unidad.

¿Y hasta qué punto se puede sostener una banda con un personaje central tan fuerte, sin que el público llegue a cansarse?
Estoy convencido de que sobre un personaje interesante puedes construir todas las historias que te dé la gana. Pero claro, también es necesario meterse dentro de ese personaje a la hora de escribir la letra de una canción, y eso es algo que me resulta cada vez más complicado. Imagino que a partir del segundo disco Cowbell empezará a diluirse para que aparezcan historias de gente diferente.

¿Por qué cantas en inglés? ¿Es algo que va con el personaje?
Por un lado, tiene que ver con el género, pero también quería buscar una excusa para aprender a cantar de nuevo, y en ese sentido el inglés tiene una composición melódica que permite jugar de manera más sencilla con la voz. Por otro lado, para mí escribir en inglés es muy complicado, porque al no ser mi idioma tengo que trabajar mucho más las letras. A cambio, al hacer ese esfuerzo termino llegando a lugares a los que nunca me hubiera llevado el español. Y la fonética también me permite realizar unos giros peculiares con la voz que no me atrevería a probar en español.

¿Escribes tú todas las canciones?

Al principio sí, tenía unas veinte canciones escritas con el ukelele y a partir de ahí empezamos a trabajar. Pero cada vez más es una cuestión de equipo: Óscar o yo llegamos con alguna idea al local de ensayo y le damos forma entre todos. La verdad es que sólo me he puesto a componer en serio ahora que casi tenemos terminado el segundo disco, porque tenemos ocho temas y al ordenarlos para que exista una lógica interna, me he dado cuenta de que había algunos huecos en la historia que era necesario rellenar de algún modo. Al final, y a pesar del género que tocamos, somos mucho más de discos que de singles.

¿Y a nivel de sonido cómo van a evolucionar esos temas nuevos?
Te diría que hay una mayor unidad estilística. En el primer disco jugamos mucho a hacer parodias de géneros que nos gustaban: había un tema de surf, un baladón de los sesenta, había rocanrol… era como una especie de viaje por todos esos paisajes que tanto nos gustan. Pero ahora que estamos todos más implicados está empezando a surgir una línea mucho más oscura, que parece que se va a convertir en el auténtico sonido de Sweethearts From America. Algo más cercano a bandas como The Scientists o The Cramps y con menos juegos… aunque todavía estoy intentado recuperar algún género que se nos ha escapado. Por ejemplo, me gustaría intentar grabar el típico tema latino de Tom Waits a nuestra manera.

¿Te ves componiendo las bandas sonoras de tus propias películas en un futuro?
Ya he escrito alguna banda sonora para otros directores. En el caso de películas en los que estoy implicado de una manera más directa suelo tener tantas responsabilidades que difícilmente podría sacar tiempo o encontrar la perspectiva para hacer la banda sonora. Pero sí, ojalá un día dirija una película y tenga libertad suficiente como para hacer la banda sonora.

En plan John Carpenter.

Siempre me ha parecido increíble la fortaleza que ha demostrado John Carpenter. Pero volviendo a tu pregunta, el día que consiga dirigir de nuevo una película, no tengo claro si recuperaré ese tono paródico que tenía La furia de McKenzie, o si utilizaré otra perspectiva. Desde hace varios años estoy escribiendo guiones con Alberto Palma y estamos utilizando una perspectiva cercana al género fantástico, pero también “de autor” (aunque detesto esa expresión). Así que claro, me gustaría hacer la banda sonora de mi propia película, pero también creo que establecer una distancia es positivo. En una película es importante tener el punto de vista de otros profesionales: ya es bastante difícil enfrentarse al montaje, un proceso en el que resulta muy fácil perder la perspectiva porque estás encerrado en una sala con el montador, así que imagínate con el asunto de las bandas sonoras, que al final las haces tú sólo, encerrado en un estudio.

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