Sueños de verano

Un portalón verde con la hoja derecha siempre abierta. El mármol blanco fresco me recibe. A la izquierda un azulejo del mapa de Sevilla. Otra puerta, esta vez de madera con cristal translúcido antecede a la entrada de la casa majestuosa. La cruzo y ahí está. Una escalera empinada de piedra blanca con baranda de madera. El primer tramo es de treinta y dos escalones. Giro a la izquierda y se reducen a diez; luego otros diez. He dado una vuelta de 360 grados. Descansillo y tres puertas a izquierda, frente y derecha.

Sigo subiendo. Segunda planta. Llamo a la puerta de mi derecha. La madera de la puerta es de encina con relieves geométricos. Ha cambiado la mirilla. La que recuerdo es en forma de espiral y sin cristal. Me abre la puerta un muchacho americano. Mi acompañante se queda en la puerta. Entro al hall. A la izquierda veo un mueble viejo de madera oscura seguido de un reloj de pie de números romanos y segundero pendulante. A la derecha hay dos puertas. La primera, una pequeña sin ventanas. Pocos muebles. Nada más girar observo una especie de armario blanco con tiradores que parece más bien un mueble cama. Al salir, justo a la derecha otra habitación. Predomina el color marrón oscuro. Una cama de matrimonio menuda, vigilada por un crucifijo con cruz arbórea. Cuando salgo de nuevo al descansillo, viene hacia mí un perrillo chiquito blanco y negro con las pezuñas grises. No me ladra. Parece conocerme. Sigo paseando por la casa. Frente a la habitación y rodeando un brasero dorado, un pasillo estrecho con un cuarto de baño de posguerra a la izquierda y una cocina enana a la derecha. En el ángulo recto del pasillo se encuentra una habitación luminosa con una figura de un nazareno negro de pasta de unos 20 cms centrado en un buró de cajoneras grandes. Junto a este, un mueble art decó con una mini cadena Sony que proyecta en una limpia sintonía a las Azúcar Moreno. One, two, three… Cuando salgo de la habitación continúo por el pasillo de paredes de gotelé blanco y en el lado más corto del recto logro alcanzar el salón. A la izquierda un mueble-bar preside la sala con un televisor negro sin mando y un tocadiscos gris. No distingo la marca. Dos sillones orejeros a cada lado de la camilla y un sofá de sky centran el salón comedor. A la espalda del mismo, en la pared de techo altísimo, sendos retratos de dos antepasados a óleo.

Cuando termino el tour me llama Mateo, el comercial de la inmobiliaria que está junto al americano en el hall. Me pregunta por lo que me parece el piso. ¿Te has fijado en el climalix, las ventanas de PVC y todas las calidades?, me dice. “Me encanta Mateo, era el piso de mis abuelos y no hace falta que me expliques más. Acabo de verlo.” Hace veinticinco años que no piso este suelo y he sido capaz de paladear el sabor del jamón del mercado de la Encarnación y de oler el olor a cera quemada de los cirios de los nazarenos de la Macarena de aquellas madrugadas.

Ojalá existas Mateo y hagas realidad estos sueños de verano.

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