Sueños de Lúpulo

Dormir con cuarenta grados centígrados puede provocar sueños extraños, delirios oníricos en los que refugiarnos del calor sofocante. Confieso que no son pocas las ocasiones en las que saboreo cerveza mientras duermo. Alguna vez incluso he vuelto a una refrescante niñez imposible en la que una oronda nodriza de piel blanquísima me ofrecía un rosado pezón del que brotaban gotitas dulces de cerveza. Ay, cosas de la canícula.

En su Descripción de las caniculares de Sevilla, para defenderse de los rigores del verano el clérigo Juan de Salinas aconsejaba con humor poner toldos: “Izar trinquetes altos opuestos a las armas vencedoras de Apolo”, así como utilizar los tubos de estaño de los órganos como nevera, además de otros recipientes: “Tocar a todas horas órganos, tembladeras, cantimploras”. Pero se olvidó de la cerveza.

Si bien yo soy una fervorosa defensora de la cultura grecolatina y mediterránea, y rindo culto como es debido al vino in veritas, con el verano sufro una metamorfosis atroz y siempre acabo transformada en una bárbara teutona bebedora de ese fresco “Orín de rocín con tercianas”, como lo llamaba el divertido Panduro en una comedia de Lope de Vega. De modo que bebo cerveza hasta en sueños. Pero no crean que son sólo sueños dipsomaníacos. En mis sueños de verano jamás me emborracho. He aprendido a saborear el líquido espumoso describiendo las variedades de aromas que aportan maltas, cebadas, lúpulos y otros ingredientes que añaden a la bebida matizados detalles de frutas, de tuestes ahumados o de sabidurías centenarias.

Todo empezó en el duermevela de una noche especialmente febril en la que me visitó Zósimo de Panópolis, el alquimista griego que había escrito una receta en la que explicaba el arte de la fermentación de los panes de cebada. A partir de entonces, mis sueños se convirtieron en refrescantes viajes por la historia de la cerveza. He soñado que bebía cerveza a la hora de laudes en abadías medievales, entre muros centenarios y cantos de antífonas. Para atemperar el espantoso calor del Sur, en sueños he peregrinado al monasterio de St. Gallen en Geisingen, en la ribera del Danubio, donde se sitúa la primera fabricación de cerveza allá por el siglo VIII. Y he conocido a Gambrinus, aquel héroe de vida legendaria salvado de un mal de amor gracias al don para hacer cerveza. En mis ensoñaciones he peregrinado en torno a una cartografía dominada por los caprichos rubios de la cerveza. Una noche recorrí Flandes para disfrutar de los aromas inconfundibles de las cebadas flamencas. En un extenso cultivo recorrí campos de guerras antiguas, y hasta dediqué un homenaje al paisaje de una batalla singular que tuvo lugar en aquellos campos de Flandes en los que crecían cebadas y lúpulos y, cómo no, inquietantes y hermosas amapolas que se nutrían de los cadáveres de la Gran Guerra. Qué espanto pensar en que las amapolas eran el retorno de aquellos soldados difuntos. Mientras bebía para refrescarme pensé que el lúpulo amarguísimo que daba un toque tan especial a las cervezas flamencas también estaba regado por la sangre de aquellos difuntos. Creo que esa noche charlé con un soldado alemán sobre las terribles guardias nocturnas en las trincheras. Brindé con él por la vida y el soldado espectral desapareció dejando un curioso aroma a lúpulos en maduración.

También he viajado por Bohemia con el fin de aprender a distinguir las sutilísimas y delicadas diferencias de los lúpulos de aquel reino de la cerveza. Visité las cosechas de Pilsen, saboreé su adorado líquido en viejas tabernas praguenses en las que habían quedado atrapadas las almas de los bebedores de cerveza y brindé con ellos. Aunque también desprecié con toda mi alma un paraíso que se había convertido en un infame escenario para turistas: la famosa cervecería U Fleku. Cómo me impactó ver transformado aquel templo que desde hacía siglos había fabricado una cerveza negra particularísima con un ligero sabor a regaliz. Yo bebía mientras contemplaba los amplios salones atestados de turistas bobos que tarareaban estúpidas canciones al ritmo de acordeones a sueldo. Pero sabía cómo conjurar aquel mal: tenía que dirigirme hacia el silo que en las orillas del Moldava había servido para guardar el agua sagrada con la que se hacía la cerveza. Allí rezaría y pediría por todos aquellos pecadores, antiguos alquimistas de la cerveza que se habían rendido ante el oro de los forasteros. Llegué al gran silo coronado por un bulbo dieciochesco para implorar perdón, porque no saben lo que hacen…

Esa noche reconozco que me emborraché. Sí, porque debo asumir que por culpa del calor me he convertido en una adoradora onírica de la cerveza capaz de inmolarme para salvar a los paganos que han olvidado la espumosa fe verdadera. De hecho, no es el único sueño en el que he sucumbido a la degradación etílica. Dije antes que mis sueños de verano no son sueños dipsomaníacos, pero mentí. Al menos en parte, porque cuando la atmósfera de mi dormitorio se vuelve irrespirable sueño que sobre Sevilla cae una lluvia de color ambarino con sabor a lúpulo. Y yo entonces salgo a la calle y bebo tanta cerveza que acabo adentrándome en el territorio de la locura. Hoy mismo, cuando sueño que escribo estas páginas bebiendo la lluvia munífica, he decidido quedarme a vivir soñando lo que dure el verano dentro de un barril lleno de cerveza. A partir de ahora seré un remedo cervecero de Diógenes el Cínico.

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