Stendhal 92

No soporto la nostalgia de la Exposición Universal de 1992. Para mí fue una contranostalgia. Veinticinco años después siento un recuerdo dulce de algo que entonces fue desagradable, tedioso, insoportable. Dicen que fue un sueño, pero para mí fue una pesadilla. Y no sé por qué diablos tuvo que suceder así.

Recapitulo… Cuando se inauguró la Expo yo estudiaba Periodismo y conseguí en el recinto mi primer trabajo, así que todo apuntaba a que iban a ser seis maravillosos meses. Lo que falló es que mi trabajo no tenía nada que ver con mi vocación de periodista porque yo no era aún ni una aprendiz. Mi participación en el gran acontecimiento se limitó a ser vendedora en una tienda de recuerdos del Quinto Centenario a tiempo parcial. Allí vendía absurdas miniaturas de los Reyes Católicos y otros souvenirs que ni siquiera tenían relación con el lema de la Expo: la Era de los Descubrimientos. Aún puedo recordar el olor de unas maderas aromadas con forma de fruta que no sé por qué razón tenían muchísimo éxito. Un olor que terminé odiando, naturalmente.

Yo me empeñaba en que el público de la tienda comprara alguno de los libros que formaban parte de una estupenda colección dedicada a los viajeros del Descubrimiento, pero no conseguí convencer a casi nadie. También fracasé con mis compañeras. Aunque les decía que lo más adecuado como banda sonora de una tienda dedicada al Quinto Centenario era la música del Cancionero de la Colombina, ellas preferían tener puesto todo el día el hilo musical de los 40 principales.

Acudir todos los días a trabajar a la Isla de la Cartuja era para mí un martirio, un desencanto, un aburrimiento. Como trabajadora yo tenía la tarjeta de acceso para ver todos los pabellones, y, sin embargo, ¿qué vi?, ¿qué recuerdo? Recapitulo otra vez en el fondo triste de mi memoria: recuerdo el calcetín de Tàpies en el pabellón de Cataluña, el hielo del de Chile (en el que ni siquiera entré) y la equis gigante del Pabellón de México. Ah, sí entré una vez en el pabellón de Arabia Saudí (cosa que tampoco entiendo muy bien, puesto que es un país que me provoca una grandísima antipatía), y hasta compré un saquito de incienso. Pero no pude quemarlo porque esa misma tarde me robaron el bolso. Dramático colofón para una sombría jornada laboral.

En fin, que debido al poco vocacional trabajo que tenía, limité mi asistencia exclusivamente a la tienda de recuerdos. No me interesaba nada, pasé muchísimo calor con el espantoso uniforme que llevaba y sentía un profundo odio por lo que ocurría allí. En esa truncada época de mi vida todo el mundo se divertía mientras yo vagaba con amargura y desaliento en medio de un calor sofocante.

Como una patética versión sevillana de Fabrizio del Dongo, el personaje de La Cartuja de Parma, de Stendhal, que participa en la batalla de Waterloo sin enterarse de que ha vivido un momento histórico, yo podría haber protagonizado otra novela: La Cartuja de Sevilla. Pasé por la Expo 92, pero sin vivirla.

Y no fue en ese momento sino en los años siguientes cuando me di cuenta de lo que me había perdido y de que pertenezco a la maldita generación periodística que no vivió aquellos fastos universales; que no los contó en las radios ni en las televisiones ni en los periódicos. No hice entrevistas a los grandes personajes que vinieron; no cubrí el estreno de Fuenteovejuna de la Royal National Theatre ni El Barbero de Sevilla de la Comédie Française; no hice crónicas de las actuación de Vittorio Gassman en Ulises y la ballena blanca ni presencié el maravilloso día en el que el Piccolo de Milán representó Le baruffe chiozotte de Goldoni, dirigida por el maestro Giorgio Strehler; no me dio por ir a ver la Traviata de la Scala de Milán ni tampoco Don Giovanni montado por la  Staatsoper de Viena; y no escuché a Bob Dylan, Jack Bruce o Keith Richards. Y lo peor es que he tenido que aguantar todos estos años los recuerdos deliciosamente nostálgicos de mis compañeros mayores del periodismo cultural contando sus crónicas, reportajes y entrevistas de aquellos días. Durante seis meses fueron periodistas culturales de una Sevilla que parecía Londres, París o Nueva York. Y yo, mientras tanto, con mi ridículo uniforme vendiendo a Isabel y Fernando en tronitos y recorriendo enfadada el recinto.

Me molestaba esa gente que salía corriendo para llegar antes a la cola del pabellón de España. Los despreciaba por su ridiculez, por su fiebre absurda. Cegada por el hartazgo, no vi la exposición de Tesoros de España con obras de El Greco o El Bosco. Sólo deseaba salir pronto de aquella galera, nada más.

Odiaba tanto a Curro que hasta lo veía en blanco y negro, pero ahora lo recuerdo con maldita nostalgia y sonrío cuando lo veo en algún documental moviendo con gracia sus alas. Y me da mucha pena cuando descubro alguna maquinita infantil con su imagen multicolor en algún sórdido bar del centro.

También recuerdo el sabor del café del Pabellón de Colombia que me sentaba mal porque lo tomaba airada. ¡Ni siquiera fui a ver a García Márquez cuando pasó por allí! Y puedo evocar a la perfección el olor a agua de naranjos que expulsaban las carrozas de la Cabalgata al atardecer. Y, maldita sea, cómo me acuerdo ahora del espectáculo del lago, que yo nunca veía porque salía corriendo. A veces incluso se me ha aparecido en sueños el perfil de aquellos pabellones ahora demolidos que, no sé por qué, pero aún resisten en pie en un lugar escondido de mi memoria.

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