Soldado Picasso

Transcurría la primera semana de enero de 1937 cuando Picasso recibió en su apartamento de la calle de la Boëtie, en París, a una delegación de políticos y artistas afines a la República. Le propusieron la realización de un gran mural para el pabellón de España en la Exposición Universal de París. En aquel grupo que abordó al artista estaban los arquitectos Josep Lluís Sert y Luis Lacasa, los escritores José Bergamín y Max Aub, el poeta Juan Larrea y el cartelista Josep Renal. Picasso se adscribía así al sueño torcido de la República.

Días después, en una fiebre de ira, comenzó una de las más salvajes críticas, hecha aguafuerte, a la figura de aquel generalito peleón y torticero, bajo el título Sueño y mentira de Franco. La vida del genio giró de golpe. Hasta entonces no parecía haber prestado una especial atención a la política, hasta el punto de que alguna vez había dejado creer al galerista Kahnweiler que era monárquico por la sencilla razón de haber nacido en España.

En el estudio del número 7 de la Rue de Grands-Agustins, un viejo granero a dos pasos del Sena, por el que el Gobierno español pagó entonces un millón de francos, Picasso levantó a pulso el Guernica, en 1937, en seis meses de brochazos coléricos, con Dora Maar detrás de los visillos con su sexo profundo y su locura con pecas. Él la retrató en las cuatro mujeres que gritan, y huyen, y lloran en el lienzo. Ella registró en fotografías cada paso del pintor, del acierto al arrepentimiento. Es cierto que el Guernica es un cuadro extraño. Hace huésped a quien lo mira entre el blanco y el negro, entre el grito y el toro.

Tiene razón el pintor y escritor surrealista Georges Ribémont: “Nada de lo que se pueda decir de Picasso es cierto”. Su vida es un delirio de devociones y leyendas, una mitología incunable, un fervor insospechado. Atraído por la ideología anarquista, acusado en ocasiones de tibieza política, el golpe militar de 1936 lanza al artista al compromiso con la República. Es nombrado director del Museo del Prado, si bien nunca tomará posesión efectiva del cargo, ya que, a causa de la contienda bélica, las colecciones son trasladadas a Valencia y, luego, a Suiza.

En mayo de 1937 Picasso firma la Declaración contra la posición fascista de los rebeldes franquistas, que publicará dos meses después en EE. UU. en respuesta a las voces que lo presentaban como favorable al alzamiento del general Franco. Proclama en este texto su horror ante la casta militar que había empujado a España a la tragedia de la Guerra Civil. Se distancia, asimismo, de sus amigos André Salmon y Max Jacob, que se habían pronunciado públicamente a favor de los insurgentes.

Por esta época, Picasso remite al American Artist´s Congress un texto –publicado después en The New York Times- donde recalca su compromiso con la República y defiende que los artistas no deben permanecer indiferentes ante un conflicto que pone en juego los más altos valores de la civilización y la humanidad. “El arte no está para decorar casas, sino que constituye un arma de lucha política”, proclamará en alguna ocasión.

Fruto de las investigaciones realizadas por el nieto del artista, Olivier, hijo de Maya Picasso, se conoce que el artista realizó distintas donaciones de dinero a la República durante la contienda a través del Comité de Ayuda a España. Para hacer efectivas estas aportaciones, Picasso no dudó en vender algunas de sus obras. Como detalla su amigo y biógrafo, Pierre Daix, colaboró también en la organización de dos centros infantiles en Madrid y Barcelona y realizó diversas contribuciones para el sostenimiento de los refugiados que llegaban a Francia.

Es conocida también la anécdota que le ocurrió durante el régimen de la ocupación nazi en Francia. Al ser interrogado por unos oficiales de la Kommandatur sobre la autoría del Guernica, Picasso no dudó en responder que la autoría del cuadro se debía a los propios soldados alemanes. Calificado por el régimen de Hitler como un artista “bolchevique, degenerado y subversivo”, sufrió obstáculos y penalidades derivados de su decisión de permanecer en París durante el periodo de la Ocupación.

De una forma u otra, el compromiso político de Picasso es inseparable del devenir del Guernica, la feroz rebelión de un artista contra la atrocidad de una guerra salvaje cuyo desagüe fue una dictadura. Desde la conclusión de aquella Exposición Universal de París de sístole republicana, el cuadro, convertido en un símbolo, guarda una historia con ingredientes de novela negra, amores, pasiones y odios, tal como desvela el arquitecto e historiador Gijs van Hensbergen en el libro Guernica. La historia de un icono del siglo XX, publicado por la editorial Debate.

“Todos sabemos que es una obra que ha viajado mucho, pero posiblemente es hoy más poderosa que nunca. Puede conmover hasta la lágrima”, ha afirmado este autor, quien en su estudio no se ciñe a los misterios e intensidades plásticas de la obra, sino que rastrea su peripecia, su extravagante vida. Porque aquel 27 de abril de 1937, cuando docenas de aviones alemanes de la Legión Cóndor arrasaron Guernica, comenzó una aventura que tiene muy distintos puertos: París, Inglaterra, Nueva York y Madrid, definitivamente.

El cuadro pasó por Inglaterra recaudando fondos para la República: Oxford, Leeds, un concesionario de coches en Manchester y la galería Whitechapel de Londres fueron algunos de los espacios que ocupó. Pasos previos a la decisión de Picasso, ante la fractura total del Gobierno legítimo de la República, en 1939, para que el cuadro fuese definitivamente a EE. UU.

El Guernica durmió entonces en las bodegas del transatlántico Normandie. Lo acompañaba el primer ministro en el exilio, Juan Negrín. Iba para unos meses y se quedó allí más de 30 años, salvo algún traslado a Brasil y Europa –visitó Milán, París, Munich, Colonia, Hamburgo o Bruselas, entre otras ciudades-. Después, la obra quedó en Nueva York, para mayor gloria del MoMA. Iba para unos meses y quedó allí algo más de 30 años.

Picasso jamás le perdió la pista, pero tampoco la volvió a ver, pues le fue denegada la solicitud de visado que cursó en 1950 para entrar en EE. UU.  “Sucedió cuando el artista, junto a otros doce delegados del Congreso Mundial de Partidarios de la Paz, solicitó permiso para viajar a Washington con el fin de persuadir al presidente Truman para que prohibiese la bomba atómica”, relata Gijs van Hensbergen. “En vista de su reputación por todo el mundo –continúa el historiador-, negar el visado a Picasso, sin duda, causaría comentarios desfavorables, especialmente en círculos intelectuales y progresistas”.

Hacia 1969, cuenta Gijs Van Hensbergen, se dieron una serie de tímidos movimientos por parte de los burócratas de la dictadura para acercarse a Picasso. El artista siempre los despreció. Pero, desde aquel momento, se puso en marcha una maquinaria incesante que tenía como meta el regreso del cuadro, con los recelos de los herederos del pintor como dique, las tensiones con EE. UU. como socavón y las voces que lo reclamaban en el País Vasco como zumbido.

La posibilidad de recuperar el Guernica se convirtió, como recuerda Van Hensbergen, en un asunto de Estado durante la Transición. Por aquellos días de 1976, Felipe González y Santiago Carrillo acudieron al MoMA a visitar la obra. Francisco Fernández Ordóñez se convirtió en 1978 en el primer ministro español fotografiado delante de la obra. Y en ese mismo año, Paloma, la hija de Picasso, exigía al entonces ministro de Cultura, Pío Cabanillas, el indulto de su amigo Albert Boadella y de todos los componentes de Els Joglars si quería que ella aceptase la devolución del lienzo.

Si las conversaciones y contactos eran difíciles de por sí, faltaba el crespón del 23-F, “que podía haber sido catastrófico”, explica Van Hensbergen. “Pero el 9 de septiembre de 1981, Íñigo Cavero confirmó que él y la viuda de Nelson Rockefeller, Blanchette, habían formalizado ya los documentos oficiales que autorizaban la entrega y transporte de la obra maestra de Picasso”.

Cuentan los protagonistas que descolgarlo del MoMA fue una liturgia. “A la una de la madrugada, estaba listo para iniciar su largo viaje”, explica el historiador. Un avión de Iberia, el Lope de Vega, calentaba motores en el aeropuerto John F. Kennedy. Subieron Íñigo Cavero, Javier Tusell, entonces director general de Bellas Artes; un puñado de periodistas y varios detectives de paisano. Quedaban siete horas por delante. A las ocho y media de la tarde del jueves 10 de septiembre, aterrizaba en Barajas el jumbo IB-952, procedente de Nueva York, con el Guernica en su panza. Hubo champán.

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