Sobre el arte introspectivo

Quería pensar en voz alta, desde este rincón que me brinda La Muy, sobre el hermetismo en el arte contemporáneo. Es triste notar la frustración del público en general en relación a las obras de arte actuales. Ocurre cada vez más a menudo que el arte crea un estímulo estéril en el público, que se traduce en indiferencia, rechazo y negación.

Esta indiferencia a veces se achaca a la falta de interés o incluso a la falta de educación artística del espectador. Pero me parece injusto que se justifique esta falta de comunicación sólo con la ignorancia. Está bien que las obras de arte no sean literales, y está bien que produzcan interrogantes, pues no hay mayor estímulo que crear el misterio necesario para ahondar en la cultura y en la sensibilidad de uno mismo para lograr interactuar con la obra. Y creo que es una relación que puede ser muy fructífera, la de preguntarse a uno mismo. Pero a veces se echa de menos que entre tanto artificio intelectual no exista una mayor evocación a los sentidos. Da la impresión que el proceso creativo actual va por derroteros tan intelectuales o tan introspectivos que ha perdido esa capacidad de conectar con el público. Así, parece que en la mayoría de los casos los artistas actuales han obviado el poder que el arte tiene sobre las sensaciones y los sentimientos, y, en lugar de apelar a ellos buscando un lenguaje más común a todos, se vuelcan en ejercicios de investigación tan personales que precisan libro de instrucciones para su correcta lectura.

Marcel DuchampEcho de menos esas obras universales que hacen mella sin necesidad que un galerista o artista haga una introducción. La Historia del Arte, que acaba ayer mismo, está llena de ejemplos eficaces. Estas obras son universales, obras que comunican un sinfín de sensaciones inequívocas, desde las más abstractas a las más sensoriales, tanto a los más ilustrados como a las personas más simples. No cabe duda de que grandes obras maestras de la historia siguen impresionando y emocionando con sus armas ocultas a un público general, en ocasiones poco formado, pero que se siente atraído y conmovido por ellas a pesar de que no pueda entenderla en toda su complejidad y magnitud.

Concepto, composición, trasfondo, etc… son palabras que les valen a eruditos y a amateurs entendidos, pero a veces extraño que una obra logre “enganchar” sin más.

Cuando tenía veinte años y era un joven con grandes aspiraciones culturales y mucho tiempo que dedicar a dichas aspiraciones, era un asiduo abonado a los ciclos de música contemporánea del Teatro Central de Sevilla, y no faltaba a ninguna de las conferencias previas sobre los conciertos que íbamos a escuchar. No olvidaré, entre las maravillas que descubrí en aquellos completos ciclos, un concierto que me marcaría de por vida: Concierto para mujer percutida. En él, tres hombres sostenían sobre sus regazos a una mujer y le tiraban de las orejas, o le hacían cosquillas en los pies… la música que surgía de este “instrumento” eran grititos, quejidos, risas, etc… Este experimento musical, en su momento, me hizo dudar de mi propia inteligencia… ¿Me estaban tomando el pelo? ¿Quizás no soy lo suficientemente inteligente para entenderla? ¿He de quedarme callado como en un concierto de Mozart, o he de reírme que es lo que realmente me apetece? Hoy, en la distancia, veo esta obra musical como un experimento conceptual más que otra cosa. Recuerdo las reacciones variopintas del público: la mayor parte reía, probablemente era la reacción más natural y expandida y, personalmente, creo que la menos equívoca. Otros espectadores, muy respetuosos ante tal obra, mandaban callar con indignación a los demás para concentrarse en este ir y venir de ruiditos que emanaban de este  nuevo instrumento. La escena no  dejaba de ser muy grotesca. Por un lado, la idea de tres hombres usando una mujer como instrumento era ya de por sí desagradable, pero además el hecho de que hiciera reír, era aún más desagradable. Por otro lado, asistir a dicho espectáculo en el marco de un teatro que de alguna manera “valida” la obra representada te hacer caer momentáneamente en una gran duda intelectual sobre el equívoco de tu propia reacción. Y por último, ver que otro gran número de espectadores tomaba en serio la escena y pretendía “escuchar”, era asimismo casi lamentable.

¿Era música esa obra? Para mí no. Para mí  fue un ejercicio intelectual. Me resulta tan jocoso el experimento en sí como las personas que frustradamente mandaban callar a la mayoría. Es cierto que como obra no me dejó indiferente, pues de lo contrario esta anécdota no formaría parte de mi imaginario tras veinte años. En ese sentido podría incluso afirmar que me marcó. Sin embargo, para mí, este tipo de espectáculos no representan un campo fértil sobre el que cultivar nuevas obras. Para mí, son un principio y un final en sí mismos. Me ha marcado sin duda y es una obra conceptual con contenido, pero jamás volveré a comprar una entrada para verla de nuevo. Como jamás volvería a hacer una cola en un museo para ver el urinario de Duchamp.

Una vez creada la idea, estos ejercicios intelectuales se convierten en manifiestos filosóficos de mayor o menor contenido que se han materializado en algo concreto. Pero una vez asumidos, con mayor o menor profundidad, con mayor o menor relevancia, no vuelven a despertar ninguno de mis sentidos. Es por eso que no vuelven a tener relevancia para mí, una vez resuelto el dilema. Sin embargo, otras piezas musicales, por mucho que se analicen bajo parámetros estéticos y conceptuales, por mucho que se desvelen sus misterios compositivos, de simetrías, elección de tiempos, trasfondos, motivos que la llevaron a realizar… a pesar de todo eso, quieres volver a escucharlas, porque te evocan cosas que solo sientes a través de ella, y no a través de una explicación. Eso es lo que echo de menos en gran parte del arte contemporáneo. Esa desconexión casi absoluta con los sentidos.

Existen muchas definiciones de arte muy evocadoras, de los propios artistas, de filósofos, de grandes pensadores de estética, en fin, de los que lo deben definir. Y es extraña la definición en que no se haga referencia a la capacidad de evocación del arte. Porque al final el arte es un vehículo.

Me quedo con la definición de Albert Einstein, profano en la materia, pero con la suficiente inteligencia como para señalar que «El arte es la expresión de los más profundos pensamientos por el camino más sencillo».

Hagámoslo todo, pues, un poco más fácil.

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