Silencio, campo de concentración

Lo “normal”, lo convencional en nuestro ideario, es que los campos de concentración sean cosas de nazis y de películas para llorar y enfurecerse ante tanta injusticia. A etiquetas no nos gana nadie y si no hay rapados, uniformes con esvásticas y pastores alemanes rabiosos enseñando colmillos, eso no es un campo de concentración ni es nada. Pues bien, en Sevilla hubo, y bastantes, pero no de esos.

Además de que una gran parte de la población sevillana desconoce la existencia de los mismos, otro ingente número de personas se refiere a estos sitios como “colonias”. Un eufemismo que el franquismo supo inculcar en las mentes y barnizar así una realidad más dura con una palabra que bien podría evocar un alegre campamento de verano y no largas horas de trabajo al sol construyendo el Canal del Bajo Guadalquivir ante la mirada amenazante de un militar, por ejemplo.

En el área metropolitana de Sevilla hubo hasta nueve campos de concentración. De todos ellos, resaltan cuatro que por cercanía fueron más relevantes en la vida de la capital y la población vecina de Dos Hermanas. El Colector, único situado en Sevilla, La Corchuela, El Arenoso y Los Merinales son algunos de los enclaves donde los presos políticos estuvieron conmutando la pena de prisión a cambio de trabajo.

“Uno de los sistemas para redimir la pena va a ser el trabajo forzado: cada día de trabajo será equivalente a uno o dos días de prisión”, detalla el historiador José Luis Gutiérrez Molina. La Guerra Civil no había terminado cuando el ejército franquista ya organizaba a los prisioneros de las ciudades ocupadas en campos de concentración. Tanto es así que la Inspección Central de Campos de Concentración se crea en el 1937 y un poco después se pone en marcha el Patronato de Redención de Penas por el Trabajo. Por lo tanto, antes de finalizar la guerra, el futuro gobierno franquista ya tenía preparada la forma de reconstruir el país a través de una mano de obra barata proveniente de sus prisiones. Además, como apunta Gutiérrez Molina, se incluye en los campos un elemento novedoso que es la reeducación social. “Al preso no sólo se le quiere explotar sino que se le quiere realizar una tarea de lavado de cerebro para convertirlo en un buen ciudadano de la nueva España que los golpistas decían que estaban construyendo”, afirma el historiador. De hecho, uno de los autores intelectuales de que el franquismo se animara a crear campos de trabajo forzados es un jesuita llamado Juan Pérez del Pulgar. Por tanto, la Iglesia católica fue la que se adjudicó esa labor de “reeducación” como garante de los valores del nacionalcatolicismo. Los sacerdotes llegaban en camiones a los campos de La Corchuela, Los Merinales, entre otros, para oficiar misas y buscar confesiones que después servirían para hacer delatar a los presos; todos los campos tenían su propia capilla, cuya cruz trasera servía como lugar de castigo para el preso rebelde.

Pero volviendo al caso concreto de los campos sevillanos, el primero que se construyó fue El Colector en 1937 ante las necesidades de higienizar el barrio de Heliópolis. Un enclave realizado por los propios presos a la vera del muelle, frente a Los Bermejales, donde hoy se ubica la empresa Acciona, cuya precursora es Entrecanales y Távora, que se encargó de realizar la obra de El Colector. Pues otra de las características de las intervenciones públicas de la etapa es que tanto organismos públicos como empresas privadas se nutrían de los prisioneros. El Colector fue necesario ya que las aguas residuales de Heliópolis iban a parar a una dársena del muelle donde se concentraban los fluidos fecales, creando así desagradables olores. “Para paliar esto sacan a 250 presos de la cárcel y estos se construyen su propio campo de concentración para hacer una tubería de desagüe con que mandar las aguas residuales fuera de la dársena”, explica Cecilio Gordillo, coordinador del grupo de trabajo de memoria histórica de la Confederación General de Trabajadores (CGT) en Andalucía. Tras terminarse esa gran tubería en 1939, El Colector se reutilizó un tiempo como cárcel anexa a la Prisión Provincial de Ranilla hasta 1941 y se le llamó prisión habilitada de Heliópolis. “En este campo de concentración que se diseñó para 250 presos más 50 personas de vigilancia, llegaron a meter a 900 personas. La mayoría, reos catalanes y de la zona del Levante», sostiene Gordillo.

Los campos de concentración del área metropolitana de Sevilla apenas coincidieron en el tiempo. No pueden entenderse estos lugares sin su ligazón al Canal de los Presos, ya que los tres existentes en Dos Hermanas fueron levantados por esta razón. Las instalaciones se realizaban ex profeso o se aprovechaban edificaciones preexistentes. La Corchuela, El Arenoso y Los Merinales apenas estuvieron funcionando a la vez, aunque todos actuaron en el llamado tramo sexto del conducto. De los tres, el que más duró abierto fue Los Merinales, el campo de los campos por excelencia, que albergó a presos comunes una vez concluyeron las actuaciones en el canal y fue el último de España en cerrar en 1962. Los Merinales tuvo vida más allá de los prisioneros. Cuando dejó de ser colonia, fue refugio durante las riadas de Sevilla de 1963 y los antiguos barracones de los prisioneros acogieron a los sevillanos que se quedaron sin hogar.

La obra del Canal del Bajo Guadalquivir era un proyecto de finales del siglo XVIII que se repensó con Primo de Rivera y se recuperó ya en la II República. No obstante, será el franquismo el que ejecute este plan que convirtió unas 60.000 hectáreas de secano en regadío. El Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas, creado en 1939, es según Cecilio Gordillo y José Luis Gutiérrez Molina el ente que se encargará de acometer las principales obras hidráulicas en todo el país. En su haber contaba con miles de reclusos como mano de obra barata e incluso varios de ellos eran contratados una vez quedaban libres. En palabras de Gutiérrez Molina y Gordillo, el preso prefería ir a los campos de concentración que a la prisión para evitar morir de hambre, donde las dietas mejoraron en calorías tras las muertes de los primeros años.

Los trabajos en la zona sur de Sevilla para este conducto de 159 kilómetros empezaron en 1939 con la creación de La Corchuela y con el “reciclaje” del cortijo de El Arenoso. Transitar hoy por el parque periurbano de La Corchuela con la intención de buscar huellas es un imposible, nada queda de las estructuras de chapa en las que un día dormitaron los presos. Sin embargo, a unos escasos metros de allí, el cortijo de El Arenoso permanece intacto y hoy es una hacienda envidiable que un día hizo de base para que los presos obreros construyeran el imponente acueducto, uno de los muchos que tiene el canal, que esta finca tiene justo al lado.

Según el historiador Gutiérrez Molina, se calcula que participaron en el Canal de los Presos entre 6.000 y 8.000 reos. En estas tareas se dieron al menos más de un centenar de fugas, aunque la mayoría acababan siendo capturados y devueltos a la Prisión Provincial o al lugar de reclusión previo a la evasión. Así consta, por ejemplo, en el expediente consultado de Manuel Morales Carrascosa, quien intentó huir de Los Merinales el 28 de junio de 1944 y fue sorprendido a unos 150 metros de su lugar de trabajo cuando pretendía burlar a sus captores.

Pero la escapada que acabó en un suceso triste, y quizás la tragedia más importante que se conoce en nuestros días relativa a los campos sevillanos, ocurrió en La Corchuela. Pisar el suelo de lo que un día fue el epicentro de una de las máximas expresiones tangibles de la maldad humana sugiere un fundido a negro con poco que decir, con poco que añadir si no se ha vivido nada similar. En ese ingenuo y familiar lugar de recreo dominguero murieron fusilados dos reos tras darse a la fuga. “En La Corchuela se fusila directamente allí a dos presos que eran los supervivientes de una escapada de seis. Un pelotón de fusilamiento los mata en público con todos los presos presentes y se les obliga a desfilar delante de los cadáveres. Fue una forma de dar un toque de atención y de que todos supieran lo que pasaba. Realmente no les interesaba que se creara un clima de tensión, eran muchos”, relata Cecilio Gordillo. Estos prisioneros lograron escapar durante una noche en la que volvían de Dos Hermanas a La Corchuela. Tres fueron abatidos en la persecución, dos fueron fusilados en el episodio mencionado y uno de ellos apodado El Curita se convirtió en un legendario prófugo del régimen franquista, ya que se escabulló hasta en dos ocasiones.

No fue El Curita el único que se negaba a hincar la rodilla ante la crudeza de la realidad que tuvieron que soportar los cautivos. Enrique Rodríguez Rodríguez El Cubero también hizo trabajos forzados y participó en la confección de la magna obra por la que hoy fluye el agua igual de rápido que el tiempo que se ha tardado en olvidar cómo y quiénes construyeron el canal. Su historia la cuenta Paqui Maqueda, presidenta de la asociación Nuestra Memoria y cuyo tío abuelo fue El Cubero, natural de Carmona. “Estuvo condenado hasta el 46 tras pasar por la prisión de Ranilla y trabajar en las obras del canal, aunque no se sabe en qué campo estuvo recluido. Cuando salió se le dijo que se calmara, pues era una persona conflictiva según el Consejo de Guerra y además era anarquista”, aduce su sobrina Paqui Maqueda. El Cubero nunca aceptó su derrota y se negó a reintegrarse en la sociedad que le esperaba tras su cautiverio.

De todos los campos de concentración, el de Los Merinales fue el más espectacular por su capacidad aproximada de 2.000 personas. Transitar por lo que un día fue la extensa infraestructura de 59.000 metros cuadrados de Los Merinales es darse de bruces con el desconcierto. Creer que Los Merinales existió es otro ejercicio de fe. Las huellas del tiempo no han favorecido mucho que hoy se pueda reconocer el lugar y apenas queda algo de la cimentación de los barracones, los abrevaderos de los animales y el lavadero. En la actualidad es poco más que un vertedero y un sugerente sitio para parejas. Esa es la historia de todos los campos de Sevilla, nadie sabe decir dónde están o, mejor dicho, dónde estuvieron.

El acceso a Los Merinales estaba situado justo por donde hoy pasa la N-IV. Este campo de concentración recibía las visitas de cientos de familias los fines de semana a través del tren y provocó todo un movimiento de migración hacia el sur. Barrios sevillanos como Bellavista o Torreblanca guardan una estrecha relación con los campos de concentración, pues fueron creciendo y formándose a medida que las familias se asentaban y los presos salían en libertad. Concretamente, en Los Merinales se hizo el sifón del canal, posiblemente una de las intervenciones más difíciles de todas las que se hicieron, pues por esta zona el conducto pasa por debajo de la tierra.

“Mi padre y mi hermano estuvieron en la colonia del Canal de los Presos redimiendo penas por el trabajo”, recuerda Enriqueta Adame, quien tenía diez años cuando visitaba Los Merinales. Tal como rememora esta batalladora anciana de ochenta y cuatro años, los Adame eran diez hermanos y nacieron en la aldea cordobesa de Fuente Palmera y la guerra les desplazó del sitio donde la mayoría les repudiaba “por ser rojos”. Cuando su padre y su hermano fueron trasladados a Los Merinales, Enriqueta junto a su madre y sus hermanos también fueron a Dos Hermanas. A base de esfuerzo, poco a poco pudieron construir una choza a la orilla del canal para estar cerca de sus familiares. Su padre fue cocinero en Los Merinales, antes del golpe había sido un guardia civil. “Los pobres no lo querían porque había sido guardia civil y los ricos tampoco por abandonar el cuerpo. En la casa del pueblo lo repudiaban y cuando estalló la guerra aceptó unirse a los republicanos”, narra Enriqueta. Pese a las vejaciones sufridas por los prisioneros en este y otros muchos lugares, pues en ocasiones tuvieron que pagarse la ropa y la comida, Enriqueta no retiene malas experiencias de quienes vigilaban día y noche a su padre y su hermano. “Me iba con mi padre y le ayudaba a fregar los platos. Los funcionarios se portaban bien con nosotros. Nos dejaban entrar y les arreglábamos la ropa a los funcionarios y así estuvimos hasta que mi padre cumplió la condena y salió en libertad”, recuerda Enriqueta Adame.

La anciana se refiere a la amistad que alcanzó desde su posición de niña con algunos presos e incluso oficiales cuando iba a la colonia penitenciaria. “Había un leñador de Bilbao. Un día me dio un anillo que era de su madre y me dijo que me iba a hacer uno para mí, que tenía que tomar medidas. Al día siguiente me dijo que se lo diese y que ya me cogería las medidas. Al otro día cuando fui por la mañana mi padre me dijo que el leñador se había escapado. Al que cogían sí le daban leña, pero al leñador no lo encontraron”.

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