Sevilla, nido de espías durante la Gran Guerra

Autor: Cristobal Villalobos.
Cuando Gavrilo Princip disparó contra el archiduque Francisco Fernando y su esposa, nada hacía presagiar que un conflicto en la remota Serbia podría inundar de espías la ciudad de Sevilla. Corría el verano de 1914 y los disparos del magnicidio, que acabarían con el heredero del Imperio Austrohúngaro, encendían la mecha que incendiaría toda Europa. Austria invadía Serbia tras un ultimátum para dar con los responsables del atentado y, en ese mismo momento, el débil equilibrio de alianzas entre los grandes imperios saltaba por los aires y el mundo se partía en dos bandos: los aliados y los imperios centrales.

La conocida desde entonces como “Gran Guerra”, ningún conflicto anterior tuvo la magnitud de éste, segaría la vida de más de diez millones de personas, mientras toda una generación de jóvenes quedaría marcada para siempre por las secuelas del conflicto,  haciendo de trágico preludio a una contienda aún más devastadora: la Segunda Guerra Mundial.

Pronto España, debido a la neutralidad a la que se acogió nuestro Gobierno, dividida la sociedad en germanófilos y aliadófilos, pasó a ser una casilla del tablero en el que los espionajes de las potencias en lucha se jugaban la victoria. Sevilla se convirtió en centro neurálgico del trabajo de muchos servicios de información, debido a la situación geográfica estratégica y a los intereses comerciales que las potencias tenían en Andalucía.

Las famosas minas de Riotinto, de donde se extraía cobre, eran explotadas por empresas escocesas e inglesas, mientras que el plomo de las minas de Jaén y Córdoba era extraído por franceses. Cobre y plomo que, junto al azufre y el mercurio, eran indispensables para la fabricación de proyectiles y cuyas mayores reservas en Europa se encontraban en aquellos momentos en nuestra región.

La exportación de estas materias primas, así como nuestra privilegiada situación controlando la entrada en el Mediterráneo, provocó que en las costas andaluzas, y sobre todo en torno a Gibraltar, Sevilla y Málaga, se concentraran rápidamente un gran número de espías, que formaron amplias redes de informadores en colaboración con multitud de habitantes locales.

Las redes de espionaje andaluzas

Alemanes y austriacos fueron los primeros en poner a punto su maquinaria de propaganda e información, ya desde los inicios del conflicto, mientras que los ingleses no tenían que instalarse: actuaban desde Gibraltar. Algo más tarde llegarían franceses e italianos.

Todos los servicios secretos actuaban de una manera parecida. Con dirección en las embajadas en Madrid, a partir de los agregados navales y militares, dividieron el resto del país en sectores con un responsable que tejía un entramado de colaboradores sobre el territorio. De todos estos sectores, Andalucía fue uno de los principales. Las materias primas antes mencionadas, el paso de la marina mercante por el Estrecho, la presencia de submarinos entorpeciendo ese tráfico, la cercanía con el norte de África, donde los alemanes armaban y facilitaban dinero al rebelde Abd El Malek en su lucha contra Francia en Marruecos o el paso de transatlánticos en ruta de América a Europa, con el trasiego de espías que cruzaban el océano, marcaron la actividad de estos servicios.

En Sevilla residían los jefes del sector andaluz de todos los servicios de espionaje y de contraespionaje, girando buena parte de la actividad en redes creadas alrededor de los consulados. Los agentes respondían a personajes de catadura diversa, que se encargaban de la vigilancia de los puertos, las aduanas, los hoteles y pensiones, los locales de moda y garitos de mala prensa, pero también estaban presentes en las fábricas, las minas, los partidos políticos y hasta en los ambientes más distinguidos.

Se  podían diferenciar dos tipos de agentes: por un lado, aquellos que cobraban por sus servicios, ya sea a través de una nómina mensual fija, los menos, o de cantidades concretas por un trabajo específico, y aquellos que colaboraban de forma altruista y voluntaria. Todos los servicios de información dotaban a sus colaboradores de un número en clave, o de un alias en el caso de los italianos.

Por ejemplo, para los franceses trabajaba “SE3”, encargándose de reclutar informadores entre las tripulaciones de los barcos con el fin de controlar los productos que se embarcaban y desembarcaban. Un marinero de Sevilla (Pureza, 131) “SE4”, estaba contratado por cinco pesetas al día más gastos para contactar con las tripulaciones de los barcos que llegasen al puerto. Los franceses tenían también a sueldo a policías, obreros de las Minas de Cala, en San Juan de Aznalfarache, cuya misión era la vigilancia de los barcos alemanes Riga y Néstor o al arqueólogo Jorge Bónsor. En la vigilancia de hoteles, destacaba François Bertrand Auban Gasquet, propietario de una tienda de óptica y gramófonos en calle Sierpes y que, por sus  negocios, tenía buenos contactos en toda la ciudad.

Vicente Maestre, del Cuerpo de Sanidad Marítima, trabajaba para los alemanes inspeccionando buques, Pascual Wert, presidente de la Unión Comercial, era otro de los sospechosos de colaborar con Alemania. Como el torero Antonio Moreno, Moreno de Alcalá, que prestaba su taberna de Alcalá de Guadaíra para las reservadas reuniones organizadas por los servicios alemanes, o Ramón Ramírez, cuya misión, sin éxito, fue la de organizar una huelga entre los trabajadores de las minas de Riotinto.

Mientras la guerra, ante la bonanza económica producida por ésta, traía a Andalucía la incorporación de forma masiva de la mujer al mundo laboral, algunas acabarían también por involucrarse en las redes de espionaje, pues eran poco sospechosas a la hora de actuar como correos para transportar órdenes, documentos o dinero, teniendo en cuenta que las comunicaciones estaban intervenidas.

Para los alemanes trabajaba la artista de varietés María Antonio Rabell, conocida como María, la cubana, que desde Sevilla viajaba con frecuencia a Marruecos presuntamente para llevar al rebelde Abd El Malek correspondencia y dinero desde el consulado alemán. Diversas señoras de la alta sociedad hacían trabajos parecidos para las diferentes potencias, mientras que señoritas de poca reputación frecuentaban “establecimientos nocturnos de placer” de Sevilla con el objetivo de obtener información, como es el caso de Berthe Jacobson, que trabajaba para los franceses.

España permaneció durante toda la guerra invadida por servicios secretos extranjeros, según García Sanz, autor del libro España en la Gran Guerra. Espías, diplomáticos y traficantes, siendo Andalucía el lugar con más presencia de éstos tras Madrid y Barcelona. García Sanz ofrece un dato llamativo: cuando los italianos pretenden abrir una oficina en Sevilla, recurren en busca de ayuda a los ingleses, quienes les ofrecen una lista de 200 residentes en la ciudad que trabajan para los alemanes y a los que hay que evitar para no caer en la trampa de los agentes dobles.

La guerra en el mar

Las redes de espías se extendían desde los consulados hasta las costas, donde se perseguía controlar el tráfico marítimo a través del Estrecho. Los alemanes cubrían con sus informadores toda la costa desde Portugal a Almería, ofreciendo noticias a sus submarinos de los movimientos de la marina mercante. Más de 80 barcos españoles, que llevaban mercancías y materias primas para los aliados, fueron hundidos por submarinos o minas alemanas, habiendo otros hundimientos y naufragios cuya autoría no ha podido atribuírsele a los alemanes.

Mientras, los británicos, ante los hundimientos germanos, tuvieron que organizar desde Gibraltar un sistema de convoyes para proteger a los barcos mercantes y una flotilla de patrulleras inglesas interceptaban y registraban todos los buques sospechosos de llevar mercancías a sus enemigos. Algunos barcos españoles fueron abordados por este motivo o conducidos a la colonia británica.

Otros barcos, alemanes o austriacos, se quedaron en los puertos españoles cuando estalló la guerra, convirtiéndose en centros de información con sus radios y equipos: sólo en el caso de Andalucía, había un barco alemán en Algeciras, dos en Almería, nueve en Cádiz (cinco alemanes y cuatro austríacos), cuatro en Huelva (dos alemanes y dos austríacos), tres en Málaga y dos en Sevilla, que llegaron a ser minados para ser hundidos por su propia tripulación en el caso de que las autoridades españolas intentasen requisarlos.

Con una gran cantidad de barcos mercantes, buques de guerra y submarinos navegando en aguas andaluzas, junto con una gran red de espías de todos los bandos en nuestros puertos, no resulta extraño que los incidentes fueran numerosos.

La revista Andalucía en la Historia publicó por el centenario de esta guerra un dossier con artículos de Carolina García Sanz, Anne Rosebusch o del ya citado Fernando García Sanz, de los que obtenemos buena parte de los datos para redactar este  reportaje, que recupera algunos incidentes más o menos curiosos que resultan representativos de la situación del momento.

Como el misterioso caso de Adolf Klauss Kindt, detenido por dos carabineros tras desembarcar en una playa, en abril de 1918, con una pistola, un cuchillo, un paquete con correspondencia y un extraño aparato que nunca se llegó a saber qué era. Hijo del cónsul alemán en Huelva, sale en libertad dos meses después bajo fianza de 5.000 pesetas y tras declarar haber desembarcado de un submarino alemán para entregar una correspondencia que ninguna autoridad española se atrevió a abrir

O el récord de hundimientos del oficial germano Lothar von Arnauld: 195 buques,  equivalentes a unas cuatrocientas cincuenta mil toneladas, hundidos entre el Mediterráneo Occidental y el Golfo de Cádiz al mando de los submarinos alemanas U-35 y U-139.  Para hundirlos usó muy pocos torpedos, ya que su procedimiento habitual era usar el cañón de la cubierta del submarino, dando la oportunidad a las tripulaciones de ponerse a salvo primero. En una ocasión, pese a la neutralidad española, llegó a entrar con su sumergible en el puerto de Cartagena en busca de presas, provocando las protestas de los aliados frente al gobierno español.

Algo más tarde volvería con su submarino a las costas murcianas, esta vez sin provocar tanto alboroto, para recoger en la playa al joven teniente del servicio de información de la marina alemana, Wilhelm Canaris, para devolverlo a Alemania. Canaris se convertiría en el jefe del espionaje de su país durante la Segunda Guerra Mundial y sería condenado a muerte por Hitler acusado de conspirar contra él.

Un caso similar del ocurrido en Cartagena parece que sucedió también en Málaga, puerto en el que en 1916, año de máxima efervescencia bélica en nuestras costas, el submarino alemán U-27 penetró en el puerto para torpedear al vapor danés Frida. En el archivo de ABC se conserva un montaje realizado para narrar este hecho. Sin embargo, dicho montaje no se publicó, ni hubo referencias a este hecho en la prensa local y nacional ¿Quizás no ocurrió? ¿Silenciaron las autoridades el incidente? Un tiempo después, el gobierno de concentración de Antonio Maura publicaría la Ley de censura contra el espionaje de 4 de julio de 1918, que impedía a los medios de comunicación publicar noticias que pudiesen poner en peligro la neutralidad española y que condenaba a todos los incidentes bélicos producidos en nuestro país al olvido.

Meses antes, en enero de 1916,  aparecieron por casualidad en el puerto de Málaga unos bloques de cemento, en teoría destinados a la construcción, que contenían, en realidad,  cuatro mil fusiles Mauser de fabricación alemana destinados al norte de África.

La noticia corrió como la pólvora por la ciudad, extendiéndose el rumor de que, posiblemente, algunos adinerados malagueños estuvieran vendiendo armas a los rifeños que luchaban contra las tropas españolas en el Protectorado. Hoy surge una nueva hipótesis. Como aventura García Sanz en Andalucía en la Historia, los alemanes intentaron proporcionar armas a los rifeños, pero para que se enfrentasen a Francia. Todos los frentes eran buenos durante la Gran Guerra y el de Andalucía no dejó durante toda la contienda de tener su protagonismo.

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