Sevilla y la cuarta revolución industrial

Cómo nos gusta recordar a los sevillanos la Sevilla que se fue! Cuando fuimos la capital del mundo, con su edad dorada del comercio internacional, sus literatos, sus pícaros, sus aventureros, sus conventos, sus fuentes, sus esquinas. ¡Qué ciudad para vivir! Lean y disfruten de los textos de Francisco Morales Padrón, Enriqueta Vila o Antonio Domínguez Ortiz para saborear cada detalle de nuestra historia, cada personaje nacido o formado en aquella metrópolis, con su orto y ocaso indiano. Pero ese mundo se acabó. Amanece un nuevo periodo histórico que, en una década, transformará el empleo, la industria y la actividad económica. Y Sevilla tiene que prepararse para la nueva oleada tecnológica.

Porque la innovación no consiste en manejar con soltura un perfil en redes sociales, sino en la comprensión de la dinámica y el alcance de la transformación digital. En la producción industrial, el Internet de las Cosas cambiará el urbanismo y la vida de las ciudades mediante redes sensoriales. Esta suerte de tercera piel permitirá que todos los dispositivos de nuestro entorno se comuniquen entre sí, con nosotros y con Internet. Cualquier actividad pasa a la nube, donde los desarrollos de la inteligencia artificial mejorarán la domótica, el consumo de energía ¡y hasta las plazas de aparcamiento! Estos sensores reducen los costes y permiten compartir, una de las palabras fundamentales para entender la innovación que viene. Sea economía del compartir, economía colaborativa o capitalismo de plataformas de cooperación, lo que observamos es la llegada de nuevos modelos de gestión y administración de bienes y servicios. En el turismo, el transporte de viajeros o mercancías, la restauración, el ocio, la fuerza del cambio es imparable. La finanzas compartidas asustan a la banca, aún cuando solo representan el 1% de los ingresos en el área de consumo. Pero la tendencia es reveladora. En 5 años, las compañías fintech han capturado 19.000 millones de dólares para el desarrollo de ideas de negocio, aplicaciones y servicios financieros. Y el número de usuarios no para de crecer. Sin otra frontera que un teléfono móvil, la banca será algo radicalmente distinto para nuestros hijos.

“Es imposible o no será tan pronto”, me dijo un alto directivo de la industria audiovisual cuando le entrevisté en 1999. Si entonces Yahoo! o MixMail nos parecían disruptivos, qué habríamos pensado de los Google, Apple o Amazon actuales. Pues apliquen el cuento a su sector. De hecho, uno de los datos que más me impactan es la tasa de nacimiento y mortalidad empresarial. Se estima que una empresa creada en la posguerra tendría una vida media de 60 años o más, dos o tres generaciones. En cambio hoy, la media se ha reducido a los 15 o 20 años. Esta transformación tiene consecuencias en las inversiones, las amortizaciones de equipos y en las decisiones empresariales.

Los cambios en el empleo son aún más evidentes. Cualquier proceso puede optimizarse con tecnología, de modo que se eliminan los trabajos que aportan poco al resultado final. Ya lo vemos en las gasolineras, en las máquinas de vending, en la autoventa de los supermercados, en el click-and-collect de los grandes almacenes o en las tareas administrativas. Esa masa laboral desaparecerá, al tiempo que crecerá –de hecho, es lo único que crece ya– la demanda de profesionales vinculados a la informática, las matemáticas, las ciencias y la ingeniería, así como aquellos que sepan mezclar saberes para inventar su propio puesto de trabajo. Veremos más y más emprendedores decididos a crear su oportunidad.

Y mientras tanto, Sevilla. Hace falta creerse esta cuarta revolución industrial y apostar ya por sectores, actividades y especialidades que contribuyan a diseñar el futuro. La transformación urbana no es una ciencia exacta, pero sí podemos reclamar a las instituciones públicas que favorezcan determinadas iniciativas. Londres, Boston, Tel Aviv o Estocolmo tienen en común que han sabido seducir a un grupo concreto de profesionales que deciden instalarse en la ciudad. El clima y la calidad de vida importan, pero hay que invertir en la atracción del talento internacional (idioma, religión, colegios, comunicación intercultural), diseñar estructuras de bajo coste (alquileres competitivos, oficinas bien dotadas y conectadas ya con 5G, buena comunicación con tren y aeropuerto, instalaciones escalables) y apoyar al capital riesgo que apueste por nuevos proyectos, economía del conocimiento, patentes, biotecnología, soluciones financieras, empleo de calidad y empresas internacionalizables. Las ciudades como Sevilla, cuyo capital simbólico es ganador, tienen una oportunidad real para subirse al tren de la cuarta revolución. Es el momento de abandonar viejos hábitos de enriquecimiento explosivo –aka, pelotazo– para apostar por la economía del conocimiento, el empleo intensivo en tecnologías y la adaptación a la innovación como estilo de vida. No pidamos milagros macroeconómicos, sino acciones concretas que alienten la microeconomía y la economía real, la de las empresas que mejoran nuestra calidad de vida. Es nuestro momento.

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