Selfies ante espejos de época

¿Se puede viajar a través de los espejos? ¿Es posible sumergirse en el azogue para aparecer en otra época? Desde hace algún tiempo tengo una manía: hacerme fotografías delante de espejos históricos o que se encuentran en lugares del pasado. Muchos podrían pensar que es algo absurdo, pero en este tiempo tan lleno de frivolidades y de elogio de la estulticia, donde las redes sociales se llenan de selfies orgullosos junto a famosetes ridículos, esta extravagancia mía de hacerme fotografías ante espejos que poseen la dignidad del tiempo se me antoja un acto rebelde de reivindicación culturalista. Sí, me hago fotografías delante de espejos de época, ¿y qué?

Estos selfies del pasado comienzan con una visita a Versalles en la que recorrí el Salón de los Espejos rodeada de bobos turistas que disparaban fotos sin seleccionar, compulsivamente, como si quisieran fusilar la belleza del lugar. Ya venía molesta del Louvre, donde la masa turista increpaba al visitante que osara permanecer medio minuto delante de la Venus de Milo. Yo lo hice para admirar los detalles de la hermosa escultura, pero mi goce estético de la antigüedad perjudicaba sus idiotas afanes de fotografiarse ellos ante la obra de arte. Estaba consumiendo el tiempo de mi “fotografía” en algo tan estrafalario como extasiarme ante esa joya de la cultura grecolatina. Sin embargo, en eso parece consistir cierto turismo “cultural”, en confirmar con la prueba de una fotografía que se ha estado allí, aunque no se sepa nada de lo que esa Venus ha significado en la Historia del Arte, y hasta se ignore quién diablos era esa diosa. Da igual, lo importante es salir en la foto.

Así que, después de esa experiencia y de visitar un Versalles atestado de borregos que consumían su “fotografía” testimonial, decidí hacerme mi propia fotografía: yo estuve allí, reflejada en un mar de tontos en un minuto concreto de un siglo imbécil que miraba sin ver. Incluso llegué a fabular, como cuando era niña y leía novelas de viajes en el tiempo, con la posibilidad de aparecer en otro siglo, lejos de aquella pandilla de onanistas fotográficos.

Así que mi primer selfie del pasado fue en el Salón de los Espejos de Versalles. Me fascinaba retratarme en un lugar en el que quizás las sombras de otro tiempo seguían reflejándose en el azogue herido de las lunas. Pensé que a lo mejor tenía suerte y captaba el perfil de algún sirviente de la corte de Luis XIV, el rostro de pánico de María Antonieta huyendo de la revolución o los diplomáticos alemanes derrotados que firmaron la paz de Versalles que cerró falsamente la herida purulenta de la Gran Guerra.

Mi afición por autorretratarme en los azogues tiene también algo macabro. Veo mi figura líquida en el espejo del aposento en el que murió el almirante Churruca que se guarda en el Museo de las Cortes de Cádiz, o reflejada en las esquinas de un espejo en Ca Rezzonico, el Museo del Settecento veneciano, y siento que tanto uno como otro enmarcan las líneas del espectro que seré. Porque a lo largo de esta experiencia de fotografías sobre lunas de espejo he desarrollado una extraña habilidad para interpretar los dibujos ojerosos del tiempo, esas marcas del azogue deteriorado que en realidad señalan la biografía de los espejos, las líneas que dibujan lo que alguna vez se reflejó en esa superficie.

Tengo una amplia colección de autorretratos en el Carnavalet de París, ese fabuloso museo del Marais que rescata trozos del París de otro tiempo, objetos recuperados de derribos de mansiones de la ciudad. Siempre he pensado que ese lugar es como un barco que navega por el océano del tiempo recogiendo fragmentos de otras épocas: un letrero de una taberna del XVII, la puerta de una casa del siglo XVI, una cama con dosel del XVIII, un escritorio en el que alguien escribió una carta de suicidio antes de morir una tarde de tormenta de 1871…

Mis foto-espejos favoritas -porque son del todo embromadas- son las que tomé en el Victoria and Albert Museum de Londres. Hay allí una estancia que nos fascina a los viajeros del tiempo porque está permitido disfrazarse con trajes de época. Todo tiene un aire de juego. Yo aparezco con una crinolina reflejada en un espejo de lunas victorianas. La imagen está desenfocada porque no pude parar de reír mientras intentaba hacerme el selfie especular.

Tengo autorretratos extrañísimos y deformados en el Castillo de Sant Angelo en Roma, cuya fama de embrujado creo poder confirmar por la niebla que rodea mi imagen, y también en superficies que no son exactamente espejos. Por ejemplo, mi reflejo en un braserillo del Palacio Pitti de Florencia, en un bronce bruñido en el Castillo de Chillon en Montreaux, o en la vitrina donde se muestran los cuadernos escolares llenos de caricaturas de Toulouse Lautrec en Albi.

Y es que entre mis instantáneas favoritas están las tomadas en las casas de artistas: la de Rubens en Amberes, la de Dickens en Londres, la de Rembrandt en Ámsterdam, las de Balzac y Victor Hugo en París o en la de Monet en Giverny. En el espejo de Monet aparezco con el fondo del fabuloso jardín de nenúfares como si yo fuera parte de un cuadro que quizás imaginó alguna vez el artista. Quién sabe qué es lo que se esconde en el otro lado de los espejos y si yo no soy más que la figura huida de algún cuadro de pasado inquieto.

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