Savia cosmopolita de la cultura en Sevilla

La cultura es per se un crisol de ideas, experiencias, itinerarios, influencias, pasiones, estilos, conflictos, materiales, encuentros. Una ciudad que se precie de vitalidad cultural lo es en buena medida por el porcentaje de población cosmopolita que en ella habite, y por la alquimia resultante si la coexistencia propicia la fertilidad creativa, la inspiración recíproca. Tanto en la iniciativa efímera como en la actividad persistente. En Sevilla hay más savia cosmopolita de lo que el común presupone (por falta de información) y hay menos cosmopolitismo de lo que su potencial predispone (por falta de vocación). Esta es una panorámica sobre sevillanos de la cultura con pasaporte extranjero. En solitario valen mucho. Juntos podrían aportar un valor añadido: realzar la identidad cosmopolita.

Los sevillanos que ejercen con más firmeza el mecenazgo cultural en favor de la Sinfónica de Sevilla son… la canadiense Victoria Stapells y el mexicano Richard Johnson. El ciudadano sevillano que aporta más dinero como micromecenas a la gran orquesta de la ciudad es… el británico Bernard Arthur Evans. La sevillana pionera en sistematizar los cursos de enseñanza del flamenco es… la norteamericana Cristina Heeren. El empresario sevillano que ha invertido para recuperar y gestionar como centro cultural muy moderno el cine-auditorio con más éxito de la Expo’92 (la Sala Imax del Pabellón de Canadá) es… el suizo Darío Regattieri. El librero sevillano que marcó una época como “embajador” de las letras universales fue… el francés André Duval desde su Librería Montparnasse. Son algunos de los ejemplos que cabe destacar de los extranjeros que se integran en el paisaje y el paisanaje de la ciudad. Lo revitalizan, le aportan su savia. Con disimulo, con inteligencia. Lo hacen de veras, sin darse golpes de pecho. Por sus obras los conoceréis. Hora es ya de que dentro y fuera de Sevilla se perciba su existencia y se valore su aportación.

La enorme inercia decimonónica puso en marcha el estereotipo del viajero romántico desde Inglaterra, Francia y Alemania hacia regiones del sur de Europa con vitola de “exóticas” y “pintorescas”. Se fue popularizando esa dinámica entre las clases ilustradas y adineradas con el desarrollo del Grand Tour como experiencia pionera del turismo hacia ciudades y comarcas cargadas de historia, de vestigios y de mitos. Hasta el punto de institucionalizarse que enclaves como Sevilla sean identificados desde dentro y desde fuera como destinos… de paso. Como ciudad con encanto digna de ser conocida con el fin de vivirla unos pocos días como fuente de experiencias intensas pero pasajeras. Como sociedad de “nativos” vista por “forasteros”, sin que esas identidades puedan intercambiarse, o imbricarse en una sola.

Acuñada esa perspectiva como el pensamiento único, se ignora que la vitalidad cultural de Sevilla a lo largo de su historia, y muchos de sus hitos e iconos, a los que se atribuye la aureola simbólica e identitaria, fueron creados por extranjeros que se asentaron en Sevilla. Las maravillosas esculturas policromadas para dos de los pórticos de la Catedral hispalense, del siglo XV, son obra de Lorenzo Mercadante, de Bretaña. La extraordinaria talla dedicada a San Jerónimo, que marcó tendencia estilística en Andalucía, es de Pietro Torrigiano, de Florencia, afincado en la ciudad tras dejar atrás nada menos que la corte de los Médici. Las apasionantes pinturas del retablo de la Iglesia de Santa Ana, en Triana, que son una joya del Renacimiento, fueron ideadas y realizadas por Pieter Kempeneer, de Bruselas, que castellanizó su nombre al establecerse en Sevilla, y se convirtió en Pedro de Campaña. Y la primera gran imprenta en España, que convirtió a Sevilla en la ciudad principal de la edición de libros, fue el mérito de la familia Cromberger, procedentes de Nuremberg, y cuya saga echó raíces hasta convertirse en la “Sevilla editorial” que, además, exportó las primeras imprentas que hubo en América. Dario Regattieri en el Auditorio Box Sevilla

Ayer, hoy y siempre, es mucho más importante lo permanente que lo efímero. El candil en el patio, mejor que los fuegos artificiales. Por ejemplo, en la urdimbre de la música clásica, con artistas extranjeros que sienten y padecen la ciudad/provincia donde han decidido vivir. La creadora del Festival Internacional de Música de Cámara Joaquín Turina es una sevillana de Noruega, la pianista Benedicte Palko. El británico Michael Thomas es el director de orquesta que más ha enseñado a jóvenes instrumentistas para encarrilar técnica y profesionalmente su camino como músicos. Primero lo hizo al frente de la Orquesta Joven de Andalucía y ahora insufla aliento a la Orquesta Bética de Cámara. La Sevilla cosmopolita de la música clásica no solo tiene como base la formidable concentración de talento en las diecinueve nacionalidades representadas en la plantilla de la Real Orquesta Sinfónica, que han multiplicado de modo exponencial las capacidades artísticas de jóvenes con vocación musical. También hay que señalar a magníficos pianistas como Tommaso Cogato y Natalia Kuchaeva, o a la violinista Mariarosario D’Aprile.

El festival más longevo de las artes escénicas y musicales de Sevilla es el del Títere. Internacional y de calidad. Mérito sobre todo de la argentina Guadalupe Tempestini Gnecchi, que, además, ha dirigido el Teatro Alameda durante veinticinco años. Llegó a Sevilla en los años setenta, cuando tantos compatriotas suyos tuvieron que huir a Europa para no ser masacrados por la dictadura militar encabezada por Videla.

La danza contemporánea en Sevilla, en su desarrollo y vertebración, ha dado lugar a un certamen muy notable como el festival Mes de Danza, impulsado por la francesa María González y por el brasileño Fernando Lima. En 2016 cumple su XXIII edición. Y en Sevilla tiene su domicilio uno de los mejores coreógrafos europeos, el sueco Johan Inger, que ha sido director artístico del famoso Cullberg Ballet (Estocolmo) y también está muy vinculado al no menos destacado Nederlands Dans Theater (Amsterdam). Sevilla tiene en su mano aprovechar más el talento de Inger para dar un salto cualitativo a la cantera del ballet y de la danza. Michael Thomas dirigiendo a la Orquesta Bética de Cámara

Otro de los animadores de la vida cultural de Sevilla, sobre todo la literaria, es el mexicano Iván Vergara. Con su venturoso afán de darle conocimiento y respetabilidad al mestizaje cultural chilango, mediante la poesía, la edición de libros y la organización de actividades.

Escritores como el peruano Fernando Iwasaki y el boliviano Edmundo Paz Soldán. Editores como el francés Philippe Sol, que crea y coordina desde Sevilla la revista de filosofía Temps para los círculos intelectuales de Francia. Creadores de artes plásticas como la sueca Ana Jonsson y el taiwanés Ming Yi Chou. Fotógrafos como el alemán Michael Zapke y la italiana Stefania Scamardi. Anticuarios como el británico Laurence Shand, especializado en grabados y mapas antiguos. Cuenteros y organizadores de certámenes de narración oral como el colombiano Jhon Ardila. Son algunos de los vecinos de la Sevilla cosmopolita que le inyectan su savia. Ellos no la miran como un Ken Follett que llega para documentarse y ambientar una de sus novelas. Ni como George Lucas reutilizando la Plaza de España para dotar de exotismo intergaláctico unos pocos planos de la película Star Wars: El ataque de los clones.

Por el rango conferido, y por su talante proactivo, el norteamericano John Axelrod, nombrado director titular y artístico de la Sinfónica de Sevilla, va a tener la oportunidad de resituar, intramuros y extramuros, que la identidad cultural de la ciudad engloba de modo natural muchos acentos.

Juan Luis Pavón
Juan Luis Pavón

Fundador y director de Sevilla World

Comentarios
  1. Típico baboseo crónico con todo lo foráneo. Sevilla está sobrada de artistas iguales y mejores que los mencionados, a ver cuando superamos ése complejo de inferioridad y de paso se lo hacemos saber a las administraciones.

  2. Los españoles sentimos un complejo de inferioridad endémico desde hace muchos años. Parece que si no viene alguien de fuera a decir que algo autóctono es bueno no tiene suficiente valor para nosotros.
    Damos solo importancia a los valores extranjeros, que los hay (aunque no lo son todos los citados) y como siempre nos olvidamos de los muchísimos valores locales.
    Somos aún muy catetos.

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