Salvador Távora

Cada vez que pisa el cementerio se estremece ante aquella figura absolutamente muerta. La carne sin vida del príncipe de los toreros se dibuja en blanco mármol. Lo cubre un capote en bronce mientras es llevado por gente humilde y aristocráticamente triste: gitanos, mayorales, niños, mujeres. Pueblo portando a un héroe popular. Ahí están los atributos de la vida de Salvador Távora: el metal de la soldadura, el capote del toreo, el dolor del cante y la comunicación mágica del teatro. “Es un monumento entre la vida y la muerte”, confiesa. La escena le sobrecoge, quizá porque este mausoleo resume su vida y la muerte que ya presiente cercana.

Salvador nos cita en su teatro, que ocupa una de las antiguas naves de Hytasa. Como un sherpa con coleta, nos guía hacia el sancta sanctorum del escenario. Nos engulle una oscuridad sacra. Crujen las tablas. “¿Sientes ese crujido? Donde se hace teatro tiene que ser un lugar sagrado. La magia del teatro es mucho más del más allá que del más acá”. Se sienta en el centro del escenario. Si la dignidad tuviera forma, sería la de este octogenario enhiesto sobre una silla verde de enea. Se ha transfigurado. Está iniciando una liturgia, habla despacio, casi susurra…

La infancia de Machado son recuerdos de un patio donde madura el limonero, ¿y la suya?

Son recuerdos de un arroyo, el Tamarguillo, y del matadero. Hay mucho contraste con la de Machado, son dos formas muy distintas de empezar la vida.

¿Cómo era el Cerro del Águila de su infancia?

Su gente se había dejado la vida haciendo la Exposición del 29. Al terminar, se quedaron sin trabajo y construyeron poco a poco este barrio. Por esa manipulación que hay en todas las ciudades, parecía un barrio de delincuentes. Y no era así. Era, y es, un barrio que muestra la capacidad de superación del hombre, sin tener medios. Es un monumento a la dignidad y a la comprensión ante la marginación.

¿Fue un niño triste?

Triste, no. Me veía raro, pero al leer a Unamuno me entendí a mí mismo. Yo también nací con un sentimiento trágico de la vida, pero en El Cerro.

¿Cómo era su madre?

Por mi madre veía a las demás madres del barrio. Eran mujeres con gran protagonismo, que luego quisieron machacar y ocultar. Tenían un sentimiento común de la solidaridad: si un niño se ponía malo en El Cerro, se ponía malo para las madres de todos. La solidaridad florece en los momentos tristes y malos.

Tiene sangre gitana y paya, ¿cómo lo ha llevado?

Las dos partes nunca se han enfrentado en mí, han convivido sin ninguna dificultad.

¿Quién fue el Bizco Amate?

Para los niños del barrio, una especie de extraño profesor de política y literatura. Era cantaor y tenía un ojo de cristal. Ante un vaso de vino, donde echaba el ojo de cristal, y con los nudillos sobre el mostrador, cantaba fandangos que inventaba según la situación que veía en el barrio, que era muy dura. Cantaba una melodía que ningún músico culto podría alcanzar. De él aprendí muchas cosas, era un hombre dado a expresar exclusivamente sus sentimientos, no le importaba para nada el estómago. El Bizco fue mi profesor universitario y de canto.

Y un mal día, se lo llevó la sopera

Murió tuberculoso debajo del puente del matadero. Llegó la sopera, que era un coche que recogía a los pobres que se morían en la calle. Esa imagen me persigue en la vida. Marcó el final de mi infancia.

¿Qué queda de aquel soldador de Hytasa?06-Tavora

Todo. Aquí trabajé, luego me sirvió para el teatro porque introduje la soldadura eléctrica en el escenario y las posibilidades de comunicación de las herramientas. En Hytasa conocí la dignificación del trabajo. Teníamos un oficinista, Armando Astolfi, que daba clase gratis de enseñanza superior a los aprendices. Por él, me situé casi a nivel universitario. Otro, Emilio El Pajarito, que se vino huyendo de la represión en Asturias, vivía en una habitación alquilada en Ciudad Jardín y debajo de la cama tenía libros que en aquel tiempo eran motivo de detención. Nos dejaba esos libros, que leíamos clandestinamente. Allí leí a Marx y Lenin. Lo que la universidad no enseñaba, lo aprendíamos en el barrio.

¿Cómo decide ser torero?

De una manera natural. La proximidad del matadero me hizo convivir desde niño con los toros. Nuestro juego era saltar las tapias y torear. Era algo más de mi vida. Y cuando llegó el momento de torear, pues toreé de una forma muy natural. Igual de natural que cuando lo incorporé a mis espectáculos.

¿Qué significó en su carrera taurina Rafael Gómez El Gallo?

Fue mi padrino taurino. Le decía a los empresarios que presidía la corrida a cambio de que me pusieran en el cartel. Tomaba café en Los Corales con Juan Belmonte… podían llevarse horas en silencio, sin hablarse, luego se despedían hasta el día siguiente. La forma de vida de Rafael me causaba una extrañeza enorme, era un hombre lento, pausado, no tenía un duro, pero sí una capacidad de contar las cosas extraordinaria. Poseía una inteligencia natural bárbara y se guardaba las cosas, jamás decía algo porque sí. Un ser genial. Un andaluz alejado del tópico. Creo que no hay ninguna foto suya sonriendo, para él la risa no era expresión de alegría. Era aristocráticamente triste.

¿Qué es el toreo?

Una comunión con la muerte. La muerte ronda por allí, pero no se piensa en la posibilidad de morir, se comulga con ella. El espíritu del torero está impulsado por un deseo de encontrarse con el arte. Cuando lo consigue, se olvida del peligro y se crea una comunión, que causa emoción en el público. Es un arte único, puede creerse totalmente porque juega con la muerte. Hace de ella un oficio… no hay cosa más grandiosa que un arte que no espera que la muerte llegue, sino que sale a buscarla. Aún hoy, no sé vivir sin ese riesgo.

¿Es un arte entonces?

Távora toreroEs una de los artes populares sin discusión porque nace de la gente del pueblo. Es una revolución popular, que eleva a categoría de héroe a gente humilde y sencilla. Era un arte que no se podía enseñar, solo podía aprenderse en el matadero y poniéndote delante de toros. Si hay algún arte que en Andalucía pueda llamarse popular, es el flamenco y las corridas de toros.

¿Qué piensa del movimiento antitaurino?

Entre taurinos y antitaurinos no hay diálogo, y eso es un desconocimiento de la historia del toreo. En momentos difíciles, ambas partes cedieron parcelas que han hecho posible la continuidad de la fiesta. Los antitaurinos incluso han mejorado en ocasiones el toreo. Hay elementos para la discusión y el diálogo, pero ni los taurinos ni los antitaurinos quieren dialogar.

En Cataluña le prohibieron lidiar un toro en Carmen, ¿cómo lo vivió?

Con mucha angustia. Aquella prohibición, vista desde hoy, era un anticipo de lo que está pasando. Una determinada clase política asociaba las corridas al españolismo, cuando son peninsulares y latinoamericanas. El Tribunal Superior de Cataluña finalmente dio la razón a La Cuadra.

¿Qué opina de la situación actual en Cataluña?

Es muy confusa y poco ejemplar. Cataluña, como Andalucía, el País Vasco y otros pueblos, tiene su personalidad. Una cosa es los enfrentamientos políticos y otra la particularidad de los pueblos. Mis amigos catalanes están confusos. Creo que todo vendrá a su sitio con el tiempo. Cataluña será Cataluña y los pueblos tendrán el sitio que les corresponde en un lugar llamado España sin perder sus particularidades ni sus formas económicas de plantearse la vida. Si todos arreglamos nuestros pequeños lugares, arreglaremos el conjunto.

Volvamos a su vida. Deja los toros y se convierte en cantaor. ¿Qué es el flamenco?

La crónica oscura de la realidad popular andaluza. Junto a los toros, es un arte popular donde no hace falta el alfabeto, ni saber leer ni escribir, sobra la universidad y las cosas enseñadas. Hay que escucharlo en los pueblos, donde hay esa tradición oral; no vale escribir el flamenco. Lo que no se puede escribir y emociona, es un arte popular.

¿Y el cante?Távora cantaor

Es un sentimiento y un misterio. El día que pensemos enseñar el cante y descubrir su misterio, es como si le quitásemos un velo a algo que nos parecía magnifico. Vamos a dejarlo tras del velo, de ese velo negro y misterioso que lo cubre y lo hace grande. Como intentemos academizarlo, lo perderemos. Hay un misterio que si lo descubres, lo pierdes… pues dejémoslo ahí.

¿Dónde más está ese velo?

En el misterio de tomar café en Andalucía. Es un rito. Aquí, cuando le dices a un amigo “vamos a tomarnos un café”, le estás diciendo vamos a hablar de ciertas cosas. En esas pequeñas cosas está la esencia de los pueblos.

¿Qué tipo de cantaor era?

Anárquico y anarquista. Siempre he sido un rebelde, y en el cante no podía ser menos. Empezaba por soleá y terminaba por bulerías, o cogía una alegría y la acababa por siguiriyas. Otras veces era un grito solo, porque un grito dice tantas cosas…

Cambió la indumentaria típica del cantaor para “unificar la vida y el arte”, ¿qué significaba eso?

 Cuando un cantaor adquiría cierto prestigio, se convertía en un evadido social, alguien que por ganar dinero tenía que vestir de otra manera, con gemelos y pulseras de oro, las camisas rizadas… Vestía como un señor que nada tenía que ver con el cante que estaba cantando. Había una separación. El arte debe tener una afinidad con la persona que lo hace para que sea creíble. Si no, se pierde la verdad y la pureza del cante.

¿El flamenco era la voz de una Andalucía muda?

El arte siempre ha ido por delante de los cambios sociales. Ha sido mucho más atrevido que la conciencia social y la política. Cuando andábamos queriendo una Andalucía seria, fuerte y justa, el flamenco anduvo por delante. En los 60 los cantaores y el llamado teatro independiente recorríamos los pueblos diciendo cosas que solo se podían decir cantando. ¿Por qué en las tabernas había un cartel que decía Se prohíbe el cante? Porque era la única forma de decir lo que no se podía decir. El flamenco, como otras artes, tuvo mucho que ver en conseguir la democracia que tenemos.

¿Qué figura histórica hubiera sido un buen cantaor?

Simón Bolívar hubiera sido un buen flamenco.

¿Cómo llega al teatro? Távora capote

De manera intuitiva, sin academia ni estudiar teatro. Eso ha hecho que lo nuestro sea una cosa muy particular, no porque fuéramos geniales, sino porque desconocíamos la historia anterior del teatro. Los espectáculos de La Cuadra no tenían nada que ver con la historia literaria y burguesa del teatro, porque en El Cerro no éramos burgueses ni íbamos al instituto.

¿Qué halló en el escenario?

Verdad, como en el toro y el flamenco. El cine y los medios de comunicación se van llenando de medios técnicos; el teatro no. Debe ser de piel a piel, de persona a persona. Hay que oler hasta el sudor de quien canta y actúa, ver las lágrimas, y eso no se logra con la técnica.

Quejío, su primer espectáculo, supuso una conmoción teatral a nivel mundial.

Fue una ruptura total con las formas teatrales. En aquel tiempo los espectáculos necesitaban mucho dinero y nosotros con tres cantaores, un guitarrista y un bailaor conseguimos transmitir lo que hacía falta muchos libros y espectáculos para contar: el dolor de Andalucía ante una marginación y cómo vivíamos aquí de verdad. Manipularon para mostrar a Andalucía fuera como un paraíso del vivir sin contar las condiciones reales que había aquí. Rompimos esa tarjeta postal turística y aparecieron candiles y oscuridades. Quejío nos llevó por todo el mundo.

¿Andalucía necesito hoy otro Quejío?

Sin duda. Los vemos en las cifras del paro, de educación, de pobreza… Sería un Quejío más lúcido quizá, consciente y, creo, que más perseguido que el nuestro.

Andalucía amarga trataba el drama de la inmigración andaluza, ¿qué siente al ver marcharse a los jóvenes andaluces en busca de trabajo?

Ese espectáculo hoy nos volvería a hacer llorar. Se dan las mismas circunstancias. Eran dos escenarios enfrentados, el de Andalucía y el de Europa, y cuando a las madres se les iban sus hijos, no hacía falta discursos, se te caían las lágrimas. Hoy sería igual.

En Los Palos introducía una enorme parrilla que aplastaba al público, ¿qué parrillas nos aplastan hoy en día?

La parrilla que nos aplasta es esa que forman la economía, los bancos y otras muchas cosas que menguan al hombre. Hay que levantarla entre todos.

Fue pionero en utilizar animales en sus obras…

Los animales en el teatro aportan un elemento no habitual y una sorpresa, también la posibilidad de verlos con la misma disciplina que un actor. Cuando he metido un animal estaba justificado, era preciso. Además tienen la ventaja de que no cobran dietas ni sueldos a final de mes (apunta una sonrisa).

También es el primero en incorporar la música cofrade al teatro. ¿Qué aportaba?

La Semana Santa de Sevilla es un acto teatral en todos los sentidos. El olor, el ritmo de las mecidas, el arte… y el riesgo, siempre presente, al meter un paso por un hueco que no sabes cómo puede entrar. Sin música, sería como un cocido sin su morcilla y su tocino. La música para mí es fundamental porque marca el ritmo, deleita los oídos y resalta el dramatismo… y todas estas cosas las tiene la música cofrade.

Siempre el riesgo presente…

Así es en todo el arte andaluz. Siempre buscamos una especie de riesgo en el arte. ¿O no arriesgó Picasso? Porque era andaluz, andaluz. Para mí, no hay cuadro más andaluz que El Guernica, ahí están el candil, el toro, el caballo, el flamenco, la tragedia…

¿Qué tipo de andaluz es usted?

Un andaluz atípico, pero me consuelo al pensar que también lo serían entonces Machado, Lorca, Juan Ramón, Alberti, Picasso, Cernuda… eran andaluces tristes. Soy un andaluz normal, o como creo que se debe ser.

¿Qué es el tópico?

Una verdad deformada. Debajo de cada tópico hay una verdad importante, lo que ocurre es que se deforma. Un torero y un toro de cartón en una zarzuela es un tópico; un torero jugándose la vida en el ruedo no, es una verdad. La mujer con matón de manila en Sevilla no es un tópico; lo es cuando se pone uno de papel en un teatro. Para enterrar la verdad siempre hay quien piensa que lo mejor es echarle un tópico encima. Todo lo que tiene una verdad detrás asusta. Sevilla está llena de tópicos porque está llena de verdades.

¿Dónde permanece esa verdad en la Sevilla actual?

El sus barrios, es lo auténtico. Sevilla es una ciudad de barrios, como las grandes ciudades del mundo.

¿Se considera justamente tratado por su ciudad?

 La verdad es que nunca lo he considerado. Sevilla es una ciudad muy difícil para entrar. El día que me hicieron Hijo Predilecto, pensé “qué cosa más sorprendente, yo que antes era un hijo maldito ahora soy un hijo predilecto”. Fue consecuencia del trabajo. Es la distinción que más me ha enriquecido.

¿Por qué tantos hijos ilustres del Sur se marcharon?

Nunca hay una ida voluntaria del Sur. Yo podría estar en cualquier otro lugar trabajando, pero quiero hacerlo en mi barrio. Siempre he intentado dignificar nuestras cosas, por eso decidimos hacer este teatro en El Cerro. Esto tiene una enorme rentabilidad cultural, pero no económica. A duras penas hemos resistido estos años, estamos haciendo esfuerzos para que la gente de El Cerro y Sevilla tengan un teatro de barrio, como en Nueva York, Berlín… eso las hace grandes ciudades. Creo que lo conseguiremos.

¿Su Semana Santa?

La vivo muy espiritualmente y con los barrios. Es muy intimista y llena de misterio. Intento ver pequeñas cosas en cada lugar. Me apasiona del respiradero para abajo, es un mundo de misterios. Respeto la divinidad, pero abajo encuentro el ritmo y muchas cosas que pasan desapercibidas para quienes no miran más que la cara de la Virgen.

¿Es un valor para esta ciudad?

Indudablemente, un valor popular por el que se nos conoce en el mundo. Ver cómo se mueven esos pasos, cómo se mezcla el olor de la masa frita con el incienso, y todas esas cosas que vive tu cuerpo y tu imaginación no pueden enseñarse en una escuela. Cada pueblo tiene su particularidad. Una Semana Santa, actuando en Murcia, un nazareno me dio una lechuga; yo estaba acostumbrado a que me dieran un caramelo y, por mucho que quisiera, no me entraba en la cabeza. Hay diversidad, es lo que yo llamo expresiones populares espontáneas.

¿Y la Feria?

No la conozco. Fui una sola vez para recoger una distinción a la caseta de la Asociación de la Prensa sevillana. No me gusta donde haya mucho gentío.

¿Le resulta incómoda la vida del artisteo?

 Me he acostumbrado a una vida íntima. Se me ve poco en cenas y actos oficiales. En esos lugares no estoy comunicativo, me siento fuera de lugar. En la vida debe haber un poco más de naturalidad. Quizá por eso me identifique con el movimiento hippie, porque era un apreciar lo inapreciable, vivir lejos de la materialidad, pensando en el espíritu.

De todos los personajes que conoció, ¿cuál le ha impresionado más?

García Márquez. Por su sencillez, por su manera de entender la vida y por su imaginación. Lo conocí en Méjico en el estreno de mi versión de Crónica de una muerte anunciada y me dijo: “Para escribirla me tuve que separar intelectualmente de mi amigo muerto –lo escondió tras el personaje de Santiago Nasar- y hoy lo he vuelto a ver. Es la hora y veinticinco minutos más corta de mi vida”.

¿El arte tiene ideología?

Aunque no la quiera. No hay arte sin ideología, es inevitable.

Si le quedaran los últimos 20 euros, ¿qué haría con ellos?

Se los daría al primero que no los tuviera. Le daría diez, para estar iguales.

¿Por qué se cortaría la coleta?

Me la cortaría por que la muerte no fuera un misterio.

¿Qué haría si fuera alcalde de Sevilla?

Lo último sería arreglar mi barrio, porque entonces sería prevaricar. Fomentaría andar más y coger menos el coche.

¿A qué placer nunca renunciaría?

Al del amor, al de querer a tu gente y amigos.

¿Su comida preferida?

 El potaje de garbanzos con bacalao.

¿El momento que prefiere del día?

El despertar. Lo primero que intento es tomarme mi tostadita con aceite y el café.

¿Qué es lo último que hace antes de dormirse?

Pensar en muchos amigos y familiares.

¿Ha rezado?

Casi siempre he rezado cantando, el rezo hecho cante.

¿Y en qué le gustaría creer?

En que la palabra paz fuera una realidad.

¿Qué cante resumiría su vida?

El martinete. Es la lentitud, las ondulaciones y la ausencia de cualquier ayuda para cantarlo. Nada más que la voz.

¿Cómo quieren que le recuerden?

Como un andaluz que quiso hacer cosas.

¿Tiene pensado su epitafio?

No. Salvador Távora, y ya está.

 ¿Está retirado?

 No. Desde hace tiempo me ronda la idea de hacer un espectáculo sobre Marinaleda.

¿Dónde está la esperanza para el futuro?

En el diálogo.

¿Algo que añadir?

Quisiera que esta entrevista sirviera para adivinar aquello que no digo…

¿Con qué música leería esta entrevista?

Con el Réquiem de Mozart.

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