Romanticismo

Hemos venido otras veces a la playa a lo largo de los años, pero nunca con amigos. Llevamos compartiendo apartamento un día y ya echo de menos nuestra intimidad habitual. No le puedo coger el culo ni darle tortitas en la cara ni decirle que la quiero a todas horas como acostumbro.

ilustracion la 69Mientras los demás retozan en sus toallas nos estamos bañando por nuestra cuenta. Ella lleva un bikini blanco. Apenas se transparenta, pero sé lo que hay debajo y es como si pudiera verlo todo a través de la tela mojada. Se revuelca y ríe entre las olas como los niños pequeños y yo me mantengo al margen porque no soy tan valiente. El agua me llega por la cintura. Está reponiéndose a unos metros y me ofrece una espalda brillante. Se da la vuelta y se acerca contenta, salpicando. Se encarama en un abrazo simiesco. Siento el vientre caliente, los muslos, las rodillas. Está meando sobre mí mientras los amigos nos saludan conmovidos desde la arena porque no saben lo que pasa. Supongo que la escena resulta tierna desde allí. Les digo hola con la mano. Ella baja y va en busca de una ola en formación pero se arrepiente y regresa apresuradamente. Me agarra la rodilla y se la incrusta en la entrepierna aprovechando la censura opaca del mar.

-Me quedaba un chorrito.

El chorrito es corto e intenso. Me quema la piel fina, me quema hasta la rótula por dentro. El líquido permanece templado a mi alrededor unos segundos antes de difuminarse.

-¡Ya!

Ahora sí que se ha ido. Pero mis huesos están regados para lo que queda de semana.

 

 

 

 

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