Rocío Márquez

Entre la Lámpara Minera y un doctorado universitario cabe toda la coherencia y compromiso de esta cantaora. Sorprende tanta lucidez en un mundo, el del flamenco, a veces tan en tinieblas por cerril. Gratifica un alma tan libre como la suya, capaz de romper las cadenas de las clasificaciones para experimentar en constante búsqueda de aquello que le hace feliz. Es Rocío Márquez (Huelva, 1985), la mujer que pone en jaque todos los tópicos del cante jondo a fuerza de inteligencia, conocimiento y tenacidad.  

¿Cómo empiezas en el flamenco?

Desde que me recuerdo, me recuerdo vinculada al cante, que me interesaba y formaba parte de mi vida. La primera vez que me subí a un escenario fue a los nueve años en la peña flamenca de Palos. Ya había entrado en la peña flamenca de Huelva, donde empecé con todos los estilos de fandangos. Nos ponían en una pizarra todos los estilos y lugares de Huelva; yo conocí la geografía de Huelva por los fandangos. Hay muchas cosas de la vida que las he aprendido antes por las letras que por la experiencia.

¿Y luego?

Todo fue de una manera muy natural. Fui a la peña, nos enseñaban y luego nos decían si queríamos cantar en cruces de mayo, en intercambios de peñas y después el mundo de los concursos.

¿Cómo fue la experiencia de los concursos de cante?

Hay muchísima competencia, porque eso condiciona mucho lo que tú haces después. Al final buscas el efecto fácil, eso casi que va en contra del arte, pero te aporta cosa positivas como que aprendes muchos estilos que si no no aprenderías, coges tablas y aprendes a aguantar presión. Yo tenía claro que esa época sería corta para mí.

Y entonces ganas la Lámpara Minera de La Unión.

Cuando la gané, me quité de los concursos y empecé a desarrollar mi carrera basándome en mis necesidades de cada momento. Noté que la actitud de la gente era diferente, me sirvió para arriesgarme a hacer otro tipo de cosas más abiertas que, sin la Lámpara, no se me permitirían.

¿El flamenco es machista?

El flamenco es un mundo de hombres como la sociedad es un mundo de hombres. Vivimos en un sistema heteropatriarcal, y el flamenco no es menos, es un reflejo; ahora, dado que es un mundo muy endógeno y cerrado, hay veces que se intensifican todos los elementos que forman parte de este sistema.

¿Has encontrado obstáculos en el flamenco por ser mujer?

He tenido que cuidar muchas cosas por ser mujer. Fijate, cosas que tenemos tan asumidas como que si nosotros unimos varias galas, no es lo mismo que un hombre se quede de fiesta que una mujer, los comentarios de los compañeros no son iguales: el hombre es un campeón y la mujer es una puta.

¿Y cómo luchas contra eso?

De esto he tomado conciencia hace poco. Me ayudó mucho un curso que hice en la Universidad. El primer día de clase dije “Esta mujer -por la profesora-, qué ganas de buscarle tres pies al gato”. Le dije “Mira yo no tengo la sensación de lo que tú cuentas”. Me dijo “Te entiendo, pero te invito a que continúes viniendo”. Seguí yendo y conforme pasaban las clases me iba dando cuenta y me revolvía. Uno de los ejercicios consistía en subrayar los adjetivos de las críticas de prensa de artistas flamencos hombres y mujeres: a las mujeres siempre se adjetivaba como sensual, pasional, frágil y todo este rollo; y al hombre como la fuerza, la solemnidad, la pureza y el conocimiento. Ahí empecé a darme cuenta. Un día salí de esas clases y fui con mi guitarrista a una peña, donde antes del recital había una conferencia. Acabé antes de tiempo de arreglarme. El presidente de la peña me dijo “Si ya estás arreglada, por qué no te subes en la conferencia y mientras hablamos adornas el escenario”. En ese momento me sentí tan mal, que le dije que si subía era para dar mi opinión, no para adornar. Lo que más pena me dio ese día es que si me lo dicen antes de esa asignatura, subo.

¿Existen códigos en el flamenco?

Estrictos. Las partes del código que me gustan las respeto, y las que no, no las hago. Y entiendo que eso tiene unas consecuencias: habrá actuaciones que se caerán porque no formo parte de ese perfil que buscan, pero es que yo tampoco quiero estar ahí. Hay que ser coherente con uno mismo.

¿Cantaora o cantante?

Con mi último disco Firmamento algunos críticos tradicionalistas dicen que soy cantante y no cantaora, como el mayor insulto. Para mí, no lo es. Es totalmente compatible, me siento más cantaora únicamente porque son los códigos desde los que he partido y desde donde empiezo a crear, luego me voy a donde sea y me da igual que eso se considere flamenco o no. Desde donde yo siento, mi centro sí está en el ora más que en el ante.

¿Se ha superado la dicotomía pureza-fusión?

(Risas) Ni está superado ni lo va a estar nunca. A primeros del siglo XX Siverio Franconetti saca el cante de los cuartos y lo profesionaliza en los cafés cantantes; y Demófilo dice que se va a perder la pureza por culpa de Silverio. Y fíjate que esa falta de pureza que consideraba Demófilo es lo que hoy consideramos la esencia del cante, que es la Niña de los Peines, Chacón… Es necesario que exista, los más abiertos necesitan a los tradicionalistas, y al revés.

¿Qué frontera no estás dispuesta a traspasar?

Solo hay una cosa que no me permito: cantar lo que no sienta.

¿Te siguen gustando las peñas?

Soy superfan y disfruto como una mona. Es una de las guerras que he tenido con algún mánager, que me decía que no podía hacer peñas después de llenar un auditorio con 2.000 personas, y además gratis. No le hacía caso. Es que lo necesito porque si no tienes tierra, te vas para el aire.

¿Qué tipo de espectadora eres?

He tenido un cambio últimamente. Antes me encantaba todo lo que a nivel vocal e instrumental fuera virtuoso y efectista, me flipaba. Y ahora me interesa poco eso, me motivan espectáculos que en el momento no te dan ese placer pero te quedas tres días maquinando. La primera vez me pasó fue con Enrique Morente: a mí me flipa, pero de chica decía por qué veneran tanto a este hombre… Cabeza y sonidos como él, en el flamenco pocos. Soy tan fan de Enrique. Como de Israel Galván, Rocío Molina o Andrés Marín en la danza.

¿Tienes un itinerario de tus próximos discos?

Los discos son reflejo del momento en que se graban. Me parece honesto hacerlo así. No puedo tener itinerario porque no sé cómo voy a estar dentro de un año, ni cómo voy a sentir.

¿Cómo concibes tus discos?

No sé hacer discos que sean pistas sueltas, tengo un disco en la cabeza como un todo. Voy a verte y te cuento el proyecto, te llevo algo que haya grabado, te cuento cómo lo siento, de dónde nace y dónde quiero que vaya y cuál es el sentido que tiene para mí. Me gusta ver el proyecto de manera amplia y global, y es una suerte contar con gente que te apoya a nivel de producción.

Eres devota de Pepe Marchena, ¿por qué? 

Oh, ahí pierdo pie. Para mí, Pepe Marchena es la libertad. Conocía perfectamente lo tradicional y el canon, y después hacía lo que le daba la gana. Me flipa cuando decía “Yo he sido quien ha vestido el flamenco de limpio”, cómo te quedas. Eso lleva mucho implícito: que siempre el señorito sea quien contrate al artista, y él dice no, espérate que yo me visto mejor que nadie. Tenía ese punto de arrogancia que me parece muy atractivo y su visión de la estética y los comportamientos. Dicen que estaba en una taberna y un señorito le pidió un fandango. “Hombre, es que un fandango mío vale tanto”, un dineral. Coge el señorito y se lo paga. Le canta el fandango, le paga; y Marchena llama a un limpiabotas, le limpia las botas y le da el dinero. Ese mensaje de vamos a colocarnos todos en el mismo sitio, somos personas, limpies botas, seas señorito o cantes.

¿Y el cante de Marchena?

¡Cómo arriesgaba! Pasa también con Pastora, la Niña de los Peines, escuchas el cante que sea en distintas grabaciones y lo modifican tanto… tienen una facilidad tan de creadores que eso a veces en el flamenco se ha perdido. Hemos intentado tipificar tanto los cantes, encuandrarlos, ponerles tantas etiquetas, clasificar de tal manera, que no nos permitimos la creatividad. Hasta qué punto tenemos que ponerle cadenas al cante, por qué. Si me apetece tirar para arriba lo hago, y si me apetece un ay lo hago. Yo no quiero cantar dándome al play, si no siento lo que estoy haciendo y si no hay un mínimo riesgo que te ponga la barriga a temblar porque no sabes para dónde vas a tirar.

¿Ese riesgo es el duende? 

En ese riesgo hay probabilidad de que aparezca, pero puedes hacer una cagada como un camión. Eso es si de verdad te tiras a la piscina. Muy pocas veces nos tiramos a la piscina del todo; te tiras un día de estos que te coge inspirado y puede salir bien, o no. Alguna vez lo he hecho, a veces ha salido muy bien y han sido momentos de duende geniales, y otros de cagarla tanto que el guitarrista ha tenido que ir a buscarme porque yo no sabía dónde estaba en el cante. Pero son los momentos que merecen la pena.

¿Solo los que arriesgan pueden llegar al duende? 

Hay veces que reproduciendo se puede llegar a ese duende que todos dicen. El duende mítico de Lorca me hace mucha gracia; es poner otras palabras diferentes a algo que ya existe, que es el poder de transmisión, lo que se busca siempre en el arte y que tan pocas veces se encuentra. Es muy difícil esa conexión, que haya un momento en que los pelos hagan así (imita con la mano los vellos erizados). Me ha pasado como espectadora, de estar viendo a Mayte Martín con los pelos así y llorando como una magdalena, y el hombre de al lado se levantó y dijo “Esta tía es una frigorífico”. Cuando hablan de duende y de que cuando se transmite, se transmite, pues no, porque todo el público no tiene los mismos códigos. En un peña todos te dicen el ole en el mismo sitio porque comparten el mismo código; vete a Japón y verás lo que pasa.

¿Por qué el flamenco no está en la escuela? 

Es una asignatura pendiente, aún queda mucho. Sobre todo teniendo en cuenta que hace poco ha empezado a estar en los conservatorios y en la universidad. Vamos lento, tuvo que venir Cristina Heeren, una extranjera, a montar aquí una escuela privada de cante flamenco porque no la había. Que no esté metido en los colegios como parte de nuestra cultura es una locura.

¿Quizás se deba a que aún soporta muchos sambenitos?

Hay que darle visibilidad. Porque el flamenco cuanto más lo saboreas y conoces, más te engancha. Es verdad que si lo ves como algo lejano, de personas mayores, facha… claro, es que lo tiene todo para echar a un montón de gente para atrás. Tenemos muchos prejuicios con este arte y permitir que se conozca es quitárselos.

¿Puede ser que las letras hablen de una realidad ya inexistente? 

Es verdad que hay letras en el flamenco que las veo como un cuadro romántico: si hago ciertos cantes, intento contar una historia de otra época, sería como el costumbrismo pictórico. Y puede ser muy bello, pero yo, como artista, no puedo aguantar un recital entero en esa línea. Hay quien lo hace y le queda genial porque va en la coherencia del artista. A mí, como pincelada me parece interesante, porque siempre una mirada para atrás me parece bien, pero una para atrás y otra para adelante; no me voy a quedar todo el tiempo mirando para atrás.

Acabas de doctorarte en técnica vocal, ¿qué has descubierto con tu tesis?

Somos una caja de música andante, todos, pero no lo desarrollamos.

¿Qué convierte a un cantaor en genial?

Son muchos factores, pero un cantaor para ser genial tiene que conocer de verdad la tradición. Luego, las cualidades que tengas y la cabeza. José de la Tomasa me decía “Roci, 50 y 50” (señala la cabeza y el corazón). Cuando voy a ver un cantaor, lo que me sorprende es que yo sepa dónde acaba el cante y que esté yendo para otro lado, y de pronto vuelve porque sabe dónde está, y de repente se va de nuevo. Entonces tú dices es un fenómeno, para mí esa es la genialidad. El Pele, por decir uno vivo.

¿De qué peca el cante actual?

Me preocupa las ganas que tenemos hoy en día de éxito. Que te motive eso en vez del conocimiento, el hacerse, el rodar, el saborear las cosas, el ir pasito a paso, notando cómo vas creciendo, sintiendo, ¿no? En lugar de eso, estamos todo el tiempo de cara a la galería. Es verdad que es a lo que la sociedad invita, a hacer producto y a ponerle imagen.

¿Te interesa la realidad social actual?

Mucho. Intento en la medida que puedo implicarme. Con los refugiados fuimos a Alepo y Lesbos, y fue muy fuerte para mí. Pero tengo una mosca detrás de la oreja tanto con estos temas sociales como con el género: hasta qué punto el sistema no se ha dado cuenta de que ahora el tema del feminismo está de moda y es imparable y se lo está intentando llevar a su terreno para que al final sea el feminismo que quiere este sistema heteropatriarcal. Yo seguiré yendo, pero creo que me la están metiendo por la escuadra.

¿Existe una ausencia de pensamiento crítico?

Falta una prensa libre, al menos no te la facilitan. Cuando estás en Lesbos y ves la noticia que dan, estás en Cataluña estos días y ves las informaciones… Y piensas qué locura, que nos lo estemos comiendo con papas y muchos sepamos que no es verdad. Es el control. El sistema tiene subversivos que ellos controlan y les interesa. A veces me da miedo formar parte de ese grupo.

¿Cómo te ves dentro de veinte años?

Quiero ser feliz. Ahora mismo estoy superfeliz con lo que hago y solo quiero que dentro de veinte años esté feliz con lo que esté haciendo, sea lo que sea.

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