Richard Sapper – La eternidad y el pitido de una tetera

Autor de piezas emblemáticas como la luminaria Tizio, una de las primeras lámparas halógenas para escritorio, o la Kettle 9091 de Alessi, el diseño es para Richard Sapper una apuesta vital, un trabajo meticuloso y profundo, que tiene una cualidad moral. “Creo que no es necesario explicar mi trabajo, espero que en la posteridad mis objetivos se vean a través  de mis diseños”, decía este monje del diseño, uno de los más influyentes diseñadores del siglo XX que, entre otras cosas, será recordado como el diseñador que le dijo “no” a Steve Jobs.

Nacido en 1932 en Múnich, estudió filosofía, anatomía e ingeniería antes de licenciarse en Ciencias Económicas. Su tesis versó sobre algo tan novedoso en 1956 como El Diseño, algo que lo llevó a trabajar para la potente Mercedes Benz, diseñando retrovisores y guardabarros. “Tenía veinte años y no sabía qué hacer. Decidí investigar qué era aquello del diseño, y los siete únicos diseñadores que existían en Alemania me recomendaron que no escogiera esta profesión, que sólo daba problemas y se ganaba poco dinero. A pesar de ello, recuerdo cómo mi profesor de Teología me hablaba siempre del placer que le proporcionaba contemplar su vaso de Bernini cada vez que lo guardaba, una sensación que, sin duda, se debía a su buen diseño. Fue también en esa época cuando acudí a la fiesta de inauguración de la Escuela de Diseño de Ulm, donde pude comprobar que había muchas chicas bonitas. Así que no lo dudé, y decidí seguir este camino”.

En 1957, Sapper viajó a Italia, donde trabajaría primero con Gio Ponti y después en el estudio de Marco Zanuso, con quien permanecería hasta 1977. A pesar de su origen, fue uno de los creadores de lo que se conoce como diseño italiano. Su fichaje se produjo por la necesidad que tenían las empresas italianas de competir con los alemanes y los japoneses en la creación de productos sofisticados dentro del ámbito de la tecnología. Sapper puso su capacidad racional e innovadora al servicio de dichos diseños, pero también los llenó de poesía y espiritualidad; ahí están para demostrarlo algunos trabajos de esta primera época, como el televisor Doney 14 (1965), la radio plegable TS502 (1964) o el teléfono Grillo (1965).

Para Sapper, el diseño industrial tiene unos requerimientos superiores de exigencia. Entendía que existe una división entre “los objetos privados, que uno escoge, y los destinados a la vida profesional y pública, que son escogidos por otros”. Estos últimos necesitan de mayor ergonomía, precisión y durabilidad, pues hay que usarlos constantemente y los primeros sólo deben “dar explicaciones a uno mismo”. Opinaba también que “el diseño no es una actividad que tenga que pasar rápidamente en el tiempo”, ya que en realidad la necesidad formal de cambio viene provocada por la presión del marketing y el mercado, que piensan que modificando las formas es posible vender más. “Si un diseñador hace su trabajo con criterio -decía-, debe optar por la mejor solución que pueda encontrar. La profesión consiste realmente en esto. Si al cabo de un año de hacer un diseño lo tiene que cambiar, significa que se ha equivocado, que no sabe lo que quiere o que lo hace así para engañar a su cliente”.

Según Sapper, el diseñador es un personaje que debe ocuparse del futuro, a diferencia de todo el entramado comercial de las empresas, que suelen poner el énfasis en los productos del pasado. “El buen diseñador -sostenía- debe estar atento al marketing, pero no ser esclavo del mismo, porque su trabajo tardará un tiempo en ser aceptado. Por tanto, deberá escoger entre repetir lo que está de moda, o crear algo diferente que incidirá en el mañana”. Sin embargo, no puede decirse de su obra que sea teórica porque siempre demostró una gran inquietud por introducir nuevos materiales y por investigar las tecnologías más modernas de su época. Su trabajo se podría definir como neofuncionalista. Eso sí, aunque él aceptó que le definieran “de esta manera, no me interesa nada esa moda de clasificar las cosas”.

Incidía también en la necesidad de incorporar el diálogo al proceso creativo, ya que “para ser realmente creativo es importante ser tolerante. En el mundo del diseño hay que discutir con mucha gente que interviene en el proceso; no se posee la libertad del artista, que en cada momento hace sólo lo que él quiere”. En este sentido, y a pesar de su estilo funcionalista y high-tech, afirmaba de manera contundente que “no hay ninguna diferencia entre función y estética. Nunca he visto a un cliente que aceptase fabricar algún producto que no le gustase”. Claro que a él nunca le faltaron ofertas de trabajo interesantes: se sentía tan a gusto viviendo en Milán que, cuando Steve Jobs quiso ficharlo para Apple, declinó la oferta porque le daba pereza mudarse a California. Al final, confesaría haberse arrepentido de aquella decisión.

Sapper no dudaba en comparar el trabajo de un diseñador con el orgullo de un buen panadero de pueblo, ”que no fabrica el pan sólo por conseguir su sustento, sino para poder decir que su pan es el mejor pan del pueblo. Un buen diseñador no debe trabajar para vender más o ganar más dinero, sino para buscar el mejor resultado, el objeto más útil o el más bello”. De la minuciosidad de su trabajo da fe una anécdota: en 1980, cuando estaba preparando el diseño de una tetera para Alessi, le preguntó a un primo suyo, que era restaurador de órganos antiguos, cómo podría reproducir el sonido de una locomotora clásica norteamericana que le interesaba de manera especial. Su primo le habló de una doble tubería y Sapper acabó encontrando una empresa de Baviera que se la podía construir. El productor del objeto, Alberto Alessi, explicaba lo cabezota que llegó a ser el diseñador hasta conseguir producir exactamente la nota musical de silbido que debía emitir el artilugio. Además de perfecto en su volumetría de cúpula, su asa que no se calentaba y su ingenioso sistema de apertura, era vital para Sapper que el sonido fuese armónico. Si no, se negaba a dejar fabricarlo. El resultado de todo aquel proceso es la famosa hervidora 9091.

Fallecido en 2016, Sapper consiguió unir en su obra espiritualidad y una gran capacidad para la innovación técnica, pero también dotar de una elegancia casi inmortal a sus objetos; una elegancia que proviene de su estricta simplicidad. Actualmente hay al menos quince de sus creaciones en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Victoria And Albert de Londres. En su carrera, recibió diez premios Compasso d´Oro, el primero en 1959 por su reloj de mesa Static, que todavía se fabrica. Ahora que sus objetos han pasado a la historia del diseño, se podrá confirmar la evidencia que encierra una de sus máximas: “El tiempo es una de las pocas cosas que pueden definir la calidad de un objeto”.

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