Regreso al final de los tiempos

Esta es una frase que aparece varias veces en los textos bíblicos y curiosamente es como llaman al futuro en algunas tribus amazónicas. No cabe duda que tiene un carácter apocalíptico, es una especie de bucle sentimental en el que todos nos vemos envueltos; aquí, en nuestra ciudad, yo diría que tiene un sentido mucho más cercano y particular, es una preafirmación de que nada debe cambiar y, si lo hace, debería volver a su origen, que a su vez es su final.

Los ritos de primavera en Sevilla son el ejemplo perfecto de esta especial idiosincrasia. De forma consciente o inconsciente estamos en un perpetuo déjà vu. Ya nada tiene que ver ni la Semana Santa ni la Feria con lo que fueron en sus orígenes, quizás de los toros quede algo, pero tampoco, básicamente porque el punto de vista del espectador ha cambiado. A pesar de esa falta o pérdida de autenticidad, poco se ha implantado como la forma genuina de manifestación de una ciudad que ha perdido el norte.

Para nosotros, el final de los tiempos es volver a su pasado más emblemático, pero no a la Sevilla del XVI, que es su culmen, sino a la regionalista de 1929, que no es sino un pastiche de la auténtica. Lo que en los últimos años, más concretamente desde la guerra de 1936, se ha convertido en el ideal morubiano, ha ido degenerando hacia una visión excesiva de lo no vivido y que posiblemente nunca existió, pero que pesa, y pesará, como una losa de mármol negro sobre todo lo que surja en el mundo de la cultura y su desarrollo. Es cierto que existen otras sevillas, pero son marginales y llenas de francotiradores que terminan realizando una labor estéril, aunque sean necesarios.

El sevillano de a pie y el mundo político-social que marca las reglas sólo aspiran a la llegada del fin de los tiempos que supuestamente nos restituirá al pasado deseado. Lo peor de Sevilla, siempre lo he mantenido, está en esa falsa autocomplacencia que todo lo paraliza, que todo lo perpetúa, sin saber descubrir nuevos horizontes que permitan cierta evolución. Nos sentimos estúpidamente orgullosos de nuestras inseguridades y cada vez más el casco antiguo, por ejemplo, es más ciudad y los barrios menos barrio. Creo que no hemos aprendido nada de la universalidad que en su día significó Sevilla para encerrarnos en unas murallas inexistentes que, curiosamente, son más evidentes con el paso del tiempo.

Ya no sólo tenemos cuaresma, sino, como exponía Antonio Burgos, nos hemos inventado la precuaresma para rellenar ese tiempo muerto entre navidades y las fiestas primaverales, como si el resto del calendario no existiese. Lo mismo ocurre con otra ciudades andaluzas, véase Cádiz, que solo es carnaval, atrás quedó su glorioso pasado liberal, germen sin duda de parte del pensamiento político y social de la España contemporánea. Una lástima, estamos estancados en lo que nosotros creemos que es nuestro pasado y resulta que es nuestro futuro. Una perversión más que nos conduce a la nada.

Actualmente gran parte de nuestras energías se consumen en esta práctica onanista, muy a gusto de los foráneos que vienen como se va al zoo a ver animales en extinción, aunque de camino deterioren el medio ambiente. Los alrededores de la catedral ya son un parque temático que cada día se deteriora más y más. Lo peor es que nos gusta, que no necesitamos más para vivir, sólo esperamos el regreso final de los tiempos ya pasados. Cada cual lucha por sus mundos interiores y dejamos la esfera de lo social en manos de indocumentados celosos guardianes de las verdades eternas. ¿Pesimismo? No lo creo, es entupida vanagloria de lo que se supone que tenemos que ser y que en realidad no somos.

Cada día veo más distancia entre la Sevilla contemporánea y la que simulamos ser. Una pena, esta y no otra será la Sevilla que heredarán nuestros hijos y nietos, la Sevilla deformada por su propia imagen.

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