Recuerdos de bambú

El rechinar del tren de aterrizaje sobre la pista confirmaba al escritor que acababa de iniciar su última visita a Sevilla. Aquel caluroso domingo 23 de septiembre de 1984 el avión de Jorge Luis Borges no aterrizaba en una ciudad, sino en el suelo de su pasado, sobre el piso de su juventud. La excusa era inaugurar el curso de literatura fantástica organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en colaboración con la editorial Siruela. Por la manera en que me aferraba, yo sabía que esa no era la causa verdadera de aquel viaje. Apoyado en mí, Borges se disponía a cerrar un círculo vital sesenta y cinco años después, volvía al punto de partida de sus obsesivos laberintos como un cíclope literario ciego. Posiblemente no sabrán quién soy, ni siquiera creerán que tenga la capacidad de comunicarme, pero sí puedo hacerlo. Nací de un bambú chino y el maestro me dedicó un poema: soy el bastón de Borges.

AEROPUERTO

Eran las 18:30 horas. En cuanto el comandante informó al pasaje de que pronto aterrizaríamos en Sevilla sentí su mano asirme con mayor fuerza. Bajamos de la aeronave y por fin toqué el suelo de aquella ciudad tan amada por Borges. Ardía, septiembre estaba siendo muy caluroso. Nos acompañaba María Kodama, su inseparable secretaria y quien me compró en el barrio neoyorquino de Chinatown. A pie de pista nos esperaban Santiago Roldán y Pedro Romero de Solís, responsables de la UIMP, y Jacobo Siruela, propietario de la editorial del mismo apellido. Noté rebajar la tensión de los músculos de su mano sobre mí en cuanto una leve y cálida brisa le despeinó; creo que en ese momento el aire de Sevilla y él se reconocieron tras tantos años sin tratarse.

HOTEL DOÑA MARIA

Recuerdo el tacto de la calle del hotel donde nos alojamos. Duro e irregular, de adoquines. Calle Don Remondo, Hotel Doña María, cuyo suelo era un alivio de mármoles y alfombras. Aún le veo con su cabeza inclinada para apresar el sonido de las campanas de la Giralda, a escasos metros de su habitación. La terraza era espectacular. En aquel suelo de pequeñas losetas de barro conocí a un ilustre congénere. Sin quererlo, él y yo fuimos el motivo de la histórica fotografía de Juantxu Rodríguez. La imagen que propiciamos simbolizó aquel curso de literatura fantástica: Borges y Torrente Ballester, ambos ciegos, conversaban amigablemente sobre sus respectivos bastones. Nos intercambiaron. Sobre mí se apoyó la mano huesuda de Torrente Ballester, mientras Borges jugueteaba con el suyo. Justo ahí sonó el clic de la cámara. Luego supe que allí faltó Italo Calvino, que prefirió mezclarse en el gentío del cortejo fúnebre de Paquirri.

LOS VENERABLES 2

Un dédalo de brillantes adoquines llevaba a la sede del curso, Los Venerables. Borges recorría el corto trayecto desde el hotel ayudado por María y por mí. Aquella manera de apretar mi cuerpo de bambú evidenciaba su reencuentro con sensaciones del pasado. Le sobresaltó el creciente estruendo a medida que nos acercábamos. Le aguardaban más de quinientas personas, que aplaudieron nada más verlo. Sala abarrotada. Estaba a gusto, su mano así lo transmitía, a pesar del abrumador calor. Sonreía y bromeaba. Cada vez más relajado, me acariciaba. Soltó alguna de sus boutades: “Ah, ¿pero Manuel (Machado) tenía un hermano?”. Aseguró que su maestro, Cansinos Assens, era uno de los tres escritores geniales que había conocido y calificó a Fernando Quiñones –entre el público- como el mejor escritor español junto al sevillano. Y una confesión: “Me siento tan a gusto aquí que me despierto en cualquier momento”. Dos horas inolvidables.

PLAZA DEL LUCERO

El bonaerense era imprevisible, mucho más con aquella edad y siendo una leyenda literaria viva. Desestimó la oficialidad y prefirió la oficiosidad asistiendo al espectáculo Lo que es Cádiz de la III Bienal de Arte Flamenco en lugar de a un recital de Shakespeare por Agustín García Calvo en el Teatro Lope de Vega. Mi tacón de goma conoció un suelo nuevo de la ciudad, popular y auténtico, donde resonaba el compás de los cantaores y tocaores flamencos traídos desde Cádiz por José Luis Ortiz Nuevo, el director de la Bienal. Borges coincidió de nuevo allí con Carmen Romero, que asistió a su conferencia. Se le acercó una periodista para preguntarle si le gustaba el flamenco. Borges se asió a mí con pulso sagaz y respondió: “Estaría loco si no me gustara”. Y creo que en realidad era así…

LAS TERESAS

Suelo ser bastón discreto. Antes no desvelé el verdadero apellido de Jacobo Siruela, ese mismo que nos abrió el palacio de Las Dueñas para que Borges, y yo, pisáramos el albero del patio donde eternamente madura el limonero de Antonio Machado. Pasaba sensualmente sus dedos sobre mí, denotando una exacerbación de sus sentidos en aquel ambiente denso de olores septembrinos. Su manera de estar allí evidenciaba la admiración por el poeta enterrado en Colliure y era la penitencia ante la frivolidad cometida en la conferencia. A pesar de sus travesuras dialécticas, Borges sabía bien qué significaba Antonio en las letras hispanas.

 

Abandonamos Sevilla. El cíclope ciego ya nunca más volvió a agarrarme con tal fuerza. Sabía que estaba llegando al fin del laberinto. De regreso, en el avión, con aire absorto murmuraba: “El mundo está lleno de misterios hermosos; lo único que no hay en él, es el olvido”.

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