Rafael Laureano. Entre Venecia y Sevilla

La humildad de la persona combina con la grandiosidad de su obra equilibrando de manera inusual a este sevillano que no rompe tópicos, sino que los reconstruye utilizando las reminiscencias del arte clásico y la vanguardia contemporánea. Artista inteligente que sabe mamar de la loba que más y mejor leche tiene, fue uno de los pintores becados por la multidisciplinar Fundación Antonio Gala. Un Gala arrugado que lo mira con curiosidad desde la pared de su estudio mientras prepara otra reinterpretación de un tópico primaveral: el lunar. Su lado italiano le viene en el nombre: Raffaello Laureano.

¿La etapa en la Fundación Antonio Gala supuso una revolución?

Sí, porque ten en cuenta que me aprueban la solicitud el último año de la carrera. Antes de entrar me debía a los trabajos académicos y, aunque tenía obra propia, en Córdoba es donde comienzo a desarrollarme. Durante veinticuatro horas al día estaba pintando y elaborando el proyecto pictórico propio. Esa vomitera artística del estudiante recién salido de Bellas Artes, en la que quieres hacer realmente lo que te da la gana, la tuve en la Fundación. Hay un salto entre lo que hacía allí y lo que hago ahora, pero sin esa experiencia no sé qué hubiera sido de mí.

Escritores, pintores, escultores, músicos… Muchas disciplinas artísticas juntas y países de todo el mundo. ¿Cómo se digiere todo eso?

Fue una experiencia muy enriquecedora. Sobre todo, me di cuenta de que los procesos creativos, las dificultades, de todas las disciplinas artísticas son iguales. Durante la fecundación cruzada nos reuníamos y planteábamos nuestros problemas, dudas y avances en cuanto a los proyectos. Rubén Jordán, músico de mi promoción, me decía “Pintas de la misma manera que yo compongo: pintas una base y vas incorporando capas, aunque en ocasiones dejas esa primera base al igual que yo que voy componiendo una base musical y a partir de ahí añado melodías”.

¿Eras de los niños que pintaban dientes picados a los famosos en las revistas?

No. Yo era de los que hacía pasitos y pintaba sobre las estampas de las imágenes de Semana Santa, las carátulas de las películas de Disney… En el colegio pensaba que no sabía dibujar porque mis compañeros pintaban narices rojas planas cuando yo dejaba huecos sin colorear y mezclaba tonos. Al tiempo me di cuenta de que intentaba dar textura y brillo a esa nariz de payaso.

¿Tus padres no te dijeron aquello de escoge algo que tenga salida?

Mi padre solo me dijo: “La única herencia que te voy a dejar es la de que seas lo que tú quieras y te apoyaré hasta el final.”

¿Don o talento?

Para desarrollarte en una disciplina artística necesitas tres cosas: trabajo, trabajo y trabajo. Ninguna obra mía es fruto de una inspiración divina, sino de echarle horas, leer mucho.

¿Cómo vive un figurativo en un mundo de abstracciones artísticas?

Dentro de las artes plásticas contemporáneas en Sevilla hay dos ramas: los que pintan carteles y los que hacen arte contemporáneo, y no comulgo con esa tendencia separatista. Por ejemplo, me gusta mucho la Semana Santa y creo que se pueden añadir determinados elementos contemporáneos a la cartelería cofrade. ¿Por qué no hacerlo? Al fin y al cabo el arte es una forma de comunicación y ese canal es muy potente.

¿Cómo llegas a hacer tu primer cartel? 

Empecé aquí en Benacazón y pronto me encargaron el cartel de las Glorias de Sevilla. Que por cierto me costó un disgusto con la fundación Antonio Gala porque no querían que aceptase ningún encargo externo. Lo hice medio a escondidas y durante los fines de semana. Llamó mucho la atención al ser horizontal y estar cortado.

¿Se hacen buenos carteles?

Si hablamos de los de la Semana Santa, hay que todo. Hay de todo. Cuando doy los workshops sobre cartelería, siempre digo que hay dos tipos de carteles: los tipo ensalada que siempre tienen una figura principal que suele ser un Cristo, luego una secundaria que es un paso de palio, una de las puerta de la catedral o la Giralda y como aliño lleva el elemento que une todas las piezas sueltas que es el incienso. El otro tipo es el autobiográfico en el que aparecen sus devociones, familia e hijos.

¿Mediocridad? 

Hay cosas buenas y otras muy, muy mediocres. Suelen ser herencias del realismo mágico y un batiburrillo que se encuadra en lo “clásico”. En los cuarenta, cincuenta y sesenta se estilaban los carteles alargados como la cartelería de cine y eso no se considera clásico ahora. ¡Qué incongruencia!

¿Y si hablamos de la cartelería general?

Es similar y sigue las tendencias de lo que se hace en el resto del mundo. Es cierto que no todo lo moderno o lo que dice ser moderno me gusta. Hay carteles de autores muy reputados en la pinacoteca de la Maestranza que todos sabemos el tiempo que han dedicarlo a hacerlo. Lo que no me entra en la cabeza es cómo encargan a un artista un cartel, conociendo su bagaje pictórico y artístico, y se sorprenden al ver la obra final. En ocasiones me han hecho peticiones de obras tan concretas que he declinado. Si quieres un Rafael Laureano, quieres un Rafael Laureano con mi estilo y mis características y forma de hacer las cosas.

¿Qué tiene que tener un buen cartel?

Debe tener colores planos, debe ser figuralista o realista, una tipografía incluida en el cartel. Es fundamental el carácter publicitario de este tipo de obras. La manera de leer ese cuadro es diferente a la de la obra que vas a colocar en el salón de tu casa. Otro tema a explorar y que en mi caso creo que ha servido para dar más vida a un cartel es el de hacer merchandising.

¿Cómo es el proceso creativo de Rafael Laureano?

Empiezo leyendo mucho sobre lo que se me encarga y analizo justo lo que no quiero hacer. Desde que empiezo hasta que acabo la obra sufre evoluciones y no se parece en nada a lo que contemplé. Soy más lento de concepción que de ejecución. También dedico mucho tiempo al montaje y enmarcado de la obra.

Dicen que las obras no se terminan, se interrumpen, ¿no?

Así es. Suelo tener bastante claro cuando acabar una obra. Parece que me lo dice.

¿Se te quedan pequeños los lienzos?

Si lo dices porque pinto los marcos, no. Es simplemente por llevar la contraria. Me gusta que la obra se integre en el lugar donde la colocas.

¿Cuál es tu inspiración a la hora de crear esas composiciones tan complejas?

Por ejemplo, en la obra de la Esperanza de Triana, parto claramente de las cerámicas renacentistas de forma redonda que consistía en una madonna rodeada con una orla en relieve. Posteriormente viene el barroco y Rubens hace lo mismo pero pintando flores sin relieve. Eso lo llevo al siglo XXI. Realmente no invento nada. Me interesa aprender de lo pasado y adaptar al presente.

Cualquier tiempo pasado fue mejor.

En la pintura soy de los que piensa que sí.

¿Qué época artística te hubiera gustado vivir?

Al principio de mi carrera me sentía muy atraído por el Impresionismo. Posteriormente el Barroco, pero ahora me encanta el estilo Gótico. Me parece uno de los estilos más elegantes. Me aporta ideas caducas que me parecen geniales. Me atrae esa manera de estructurar la obra con una figura principal enmarcada por un tapiz sujeto por ángeles dejando siempre semi oculto un paisaje al fondo. Me aporta elementos que puedo utilizar para hacer un retrato.

¿Qué elementos contemporáneos son fetiches para ti?

Me gusta ayudarme de materiales que antes no existían como el metacrilato o las flores preservadas.

¿A qué artistas contemporáneos sigues? 

Me gusta mucho la obra escultórica del artista Jaume Plensa, la arquitecta Jenny Sabin, el pintor inglés Justin Mortimer, el belga Michaël Borremans…

¿Alguna obra te ha quitado el sueño?

Muchas obras, porque al final adquiero una responsabilidad que no me deja dormir. También me sucede cuando empiezo a trabajar un cuadro y no logro dar con la tecla que me haga avanzar. Eso me genera ansiedad.

¿Pintas para los demás? 

Al principio sí. Ahora pinto para mí mismo, para que me guste a mí. Estoy tan seguro de mi trabajo, del proceso previo y de que lo que presento al cliente es lo que yo quería hacer, que me importa poco la opinión de los demás.

¿Qué relación tienes con Venecia?

Una relación de amor. Cuanto más voy más me enamoro. Todo empezó con una conversación por Facebook a través de la cual una persona se puso en contacto conmigo para comprar un cuadro del Alcázar. A partir de ahí comenzamos a tener más relación y empecé a exponer en galerías venecianas.

¿Te has planteado salir de Sevilla?

¿Por qué no? Quizá Venecia si el día de mañana empiezo a tener un volumen muy alto de trabajo allí.

¿No crees que gastamos más dinero en lo materialmente efímero?

Evidentemente. Gastamos miles de euros en coches que pierden su valor al salir del concesionario o en iPhones que al año se quedan obsoletos. Sin embargo no estamos educados en gastarnos mil euros en una obra que posiblemente el año que viene valga el doble.

¿Sueñas vender un cuadro por un millón de euros?

Nunca me he planteado eso. El ascenso de tu tarifa debe ser de manera natural. El precio lo pone el comprador y el vendedor. Es un acuerdo. Yo puedo estar de acuerdo en desprenderme de esa obra por una cantidad y el cliente en adquirirla por la misma. De todas formas hay mucho bluf en el arte contemporáneo pero como lo hay en todos los ámbitos. Hay quien se vende muy bien, otros que tienen padrino y otros que no tienen nada de eso.

¿Crees que es necesario creer en una imagen para representarla?

En el caso de la pintura no tiene por qué, si hablamos de carteles cuya función es publicitaria. Sin embargo, sí creo que aporta valor añadido a una obra de carácter devocional, como pinturas para capillas o en el caso de la imaginería.

¿Cómo pintarías tu paraíso? 

Utilizaría colores suaves. El paraíso es un lugar de descanso.

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