QUINARIO HETERODOXO

Primer día de Quinario.
La Semana Santa de las cigarreras. 

Es un día cualquiera de abril de 1892. En las naves de la Fábrica de Tabacos de Sevilla se improvisa una mascarada en víspera de la salida de las cofradías. Las cigarreras dejan sus tareas y sacan de baúles, arcones y farsa de guardarropía disfraces para recrear la fiesta que en pocos días tendrá lugar en la ciudad. Es la Semana Santa de las Cigarreras.

Ya en 1835 y en 1875 habían protagonizado sus primeras huelgas y lo de ahora es un capítulo más en su leyenda de heterodoxias. Ajenas a la seriedad grave de las cofradías, las operarias improvisan una procesión de Semana Santa con Virgen, Cristo, Reina Regente y niño pelón Alfonso XIII, además de travestidas de Cánovas y Sagasta con tupé, peluca blanca y quevedos. 1º DIA QUINARIO. Vieja cigarrera de luto. HORST MUNZID

Los detalles de esta celebración están recogidos el 9 de abril de 1892 en El Tribuno. El cronista identifica a Carmen la Babuchera vestida con túnica y manto para recrear a la Virgen. Otra cigarrera llamada Alegría interpretaba a Cristo. Ese año, sin cruz. “Abría la marcha buen número de cigarreras vestidas de municipales y vigilantes”, narra el cronista.

Las deslenguadas cigarreras improvisaban también toda una burla a la escena política nacional. Además de las dos obreras travestidas de los políticos del turnismo de la Restauración –Cánovas y Sagasta– aparecían concejales, cónsules y hasta señores cesantes con levita y castora, como el que interpretó una cigarrera a la que apodaban La Coja.

Uno de los personajes más curiosos era el de una operaria llamada Sención, que era la Regente María Cristina, y que llevaba de la mano a su hijo en el papel del niño rey Alfonso XIII. En cada escena, no faltaba los detalles burlescos: “Llevaba la cola de la Regente una operaria vestida de maestrante”, explica la crónica de El Tribuno.

Además de la parodia nacional y procesional, las cigarreras aprovechaban para cambiar las jerarquías sociales. Cuenta el divertido relato de El Tribuno que el director de la Fábrica de Tabacos se dirigía a los talleres para que las operarias desistieran de su propósito. Desde lo alto de una mesa, una cigarrera vestida de municipal advertía que nadie “le tocaría al jefe ni un pelo de la ropa”.

Entre las blusas abiertas y los tobillos al aire el resto de operarias improvisan. Unas van vestidas con túnicas de las cofradías de “Montserrat, la O o la Macarena”. “La Velasco conducía la cera y en la confusión perdió al zagalejo. Figuraba en la procesión un lujosísimo simpecado. Vestidas de armados otras cuantas operarias, entre ellas una muy guapa llamada Esperanza”.

Naturalmente, la procesión terminó en tumulto. Fue La Coja –la que vestía de señor cesante– la que ingresó “como el año pasado, por escandalosa, en la casilla, así como otras que promovieron tumultos, carreras y sustos”. Finaliza el relato describiendo un curioso epílogo: “Hubo un hundimiento. Rompiéronse las patas de una mesa, donde estaban subidas muchas operarias. Ni el jefe ni los empleados presenciaron esta procesión”.

TEXTO: JOSÉ MARÍA RONDÓN  

Segundo día de Quinario.
Oído en Sevilla.

En abril de 1927, el filósofo, poeta y novelista hispano-estadounidense, Jorge Santayana, publicó un texto en la trascendental revista modernista The Dial, con el título Overheard in Seville.

Allí Santayana desarrollaba tres instantáneas dialogadas, llenas de viveza y supuesto aire liviano, ocurridas en la Semana Santa de 1914. En la primera refleja un caos simultáneo de vendedores ambulantes que vocean crías de pollos de pelea, historietas a color de la Pasión, el último elixir para batir cualquier resistencia femenina “en media hora”… mientras un “joven mecánico” apura su colilla y se lanza a cantar inopinadamente una saeta, que Santayana traduce como puede… y una madraza, tan cariñosa como empecinada, logra parar una cofradía para componer el hábito de su hijo, y entra en cólera cuando descubre que éste ha dado una calada a un cigarrillo “en presencia de la Santa Virgen”. La segunda escena relata un encuentro de celos en el que “él” adivina quién es el nazareno al que mira “ella”. La tercera es un largo desencuentro entre un lacónico caballero sevillano y varios turistas que no entienden nada, ni la falta de cronología de los “pasos”, ni esa extraña adaptación de unos cantos que la guía turística indicaba de origen árabe, ni por qué se habla tanto de las joyas regaladas por un torero a una virgen. “Ustedes mezclan su religión con cualquier cosa”, protesta una larguirucha dama inglesa. 2º DIA QUINARIO. Portada del Boletín Overhead in Seville

Santayana insistía por carta a su enlace con la prestigiosa publicación, la poetisa Marianne Moore, de que no había invención en lo reflejado, eran algo realmente oído “durante las procesiones del Jueves Santo de 1914”. A la luz de su correspondencia, cayó entonces presa de una fuerte sugestión de sensualismo moderno que le estaba produciendo la ciudad y su fiesta. A finales de 1913 ya confesaba: “Voy a una vieja ciudad romántica y estrafalaria llamada Sevilla, a ver si puedo (ya cumplidos los cincuenta) escribir poesía y enamorarme”. El Domingo de Ramos le escribía desde el hotel La Peninsular a su editor: “Sevilla es un refugio ideal para mí”. Esta “Roma provinciana”, con su mezcla de tres personalidades, “la mora, la española y la moderna”, le impedía rematar proyectos intelectuales y le obligaba a salir a la calle a buscar un espectáculo inaudito, complejo, que modificaba algunas de sus percepciones sobre el fenómeno religioso, materia en la que venía haciendo una de las más profundas reflexiones de su siglo. De alguna manera, entre Roma, su último refugio, y esta fuerte impresión sevillana, el agnóstico filósofo construyó su último y confesado disfraz de “católico estético”.

Desde 1983, y hasta hoy día, la Santayana Society, alojada en la Universidad de Indiana, publica anualmente su boletín de estudios bajo el título de Overheard in Seville. Una prueba más de la extraña singularidad y peso de lo oído en la Semana Santa sevillana.

TEXTO: DAVID G. ROMERO 

Tercer día de Quinario.
La cofradía del apache.

En 1928 visitó la Semana Santa sevillana un “apache”. El escritor y chansonnier francés Francis Carco quiso sacar partido a la expectación generada por la Exposición Universal de 1929 y publicó ese año dos libros, Huit jours a Séville y Primavera de España, en el cual incluía sus ochos días sevillanos. Como bien se temía Manuel Chaves Nogales, a Carco “no le interesa más que el hampa”. Era ya conocido en España por su afición al mundo de los “apaches”, denominación que se ganaron los chulescos y pendencieros pandilleros de la Belle Époque parisina. Y los ambientes marginales y golfos le facilitaban una próspera carrera de literato antiburgués en Francia.

Hay dos claves en este libro: el desengaño y denuncia de Carco frente a la idea sobre lo español que la literatura francesa anterior había dejado marcada a fuego, que resume aludiendo al “efecto Gautier”; y la inevitable y temida inmersión en ese submundo del callejón. Todos sus días españoles, preñados de visitas a monumentos, museos, fiestas populares como la Semana Santa o los toros, acaban en auténticas noches españolas de cafés-cantante, cabarés y prostíbulo, cuando no en el peor antro imaginable. Todo ello sujeto a su natural camaradería con cicerones tramposos, bailaoras, prostitutas de la más baja estofa, proxenetas, el mundo oculto del homosexual y los travestidos… Y sus ocho días sevillanos coincidieron, cómo no, con la Semana Santa. Frontispicio de la 1ª edición de Huit jours à Séville.

No rehúye Carco de la emoción y el patetismo de cristos y vírgenes, pero le interesa más el mundo paralelo de los cafés turbios, registrar que las prostitutas tienes precios especiales de Semana Santa, y que, por supuesto, descansan el jueves y el viernes: “Estas damas van a ver procesiones”. Se fija más de una vez en la “vida alegre” de nazarenos y armaos que, “levantado el antifaz”, beben, cantan, miran de soslayo a las muchachas o, dejando “las lanzas y los escudos apilados en un rincón”, acuden a la juerga de un señorito.

Tras una visita a un burdel sevillano, su amigo Antonio le señala que en lo alto de la escalera estaba el retrato de la Virgen y que a lo mejor Carco “habría podido creer que esta imagen tan santa estaba allí fuera de lugar”. Antonio, de origen francés, al principio de su estancia en España también se sorprendió de todas esas cosas, pero pronto se percató de esas sonrisas compasivas de sus amigos nativos, que realmente venían a explicarle que “por muy arriesgado que fuera, tal vez fuera en aquellas casas donde mejor se les rezaba”.

Al tocar estos extremos, este escritor de lo canalla parece llegar a una conclusión sobre el carácter de lo español, como algo consagrado a un contraste continuo, tan arrebatado y extremo como lleno de ligerezas y desprendimiento.

TEXTO: DAVID G. ROMERO 

Cuarto día de Quinario.
Besamanos underground.

Sevilla, década de los setenta. Calle Joaquín Costa número 15. En el antiguo local del Teatro Real se improvisa un besamanos underground. Quinientas pesetas –funciones sábado y domingo– con derecho a una consumición de champán Rondel. El poeta Vicente Tortajada observa la escena. Acaban de descorrer una cortina de terciopelo rojo y, ante el público, aparece la Macarena.

La Macarena es un actor con saya verde de papel metálico y un rostrillo de tul comprado en el mercadillo de El Jueves, probablemente “de cualquier vestido de novia muerta u olvidada”, anota Tortajada en el libro Azahar y vitriolo, donde evoca este episodio como “la aventura teatral más tierna y más dura y más imposible de la Sevilla de la Transición”.

Mientras, el actor-Macarena seguía en su místico papel, el público iba acercándose al besamanos ilustrando así de forma total la catarsis aristotélica. “Otro de los cómicos, con un pañuelo de hierbas, iba limpiando una mano exquisita entre brocados de imposible materia. Sobre la escena, la luz cenital se azafranaba de candilejas e incienso”, desvela el poeta sevillano.

Lo increíble es que aquel escenario se convertía realmente en altar de la Macarena. Y aquellos sevillanos, un poco ácratas y surrealistas, conseguían hacer suya –porque también lo es– un símbolo de la ciudad, completamente ajenos a las conspiraciones de capilla y las intrigas reaccionarias de la iglesia.

Dolorosa sevillana escondida en un cajón durante los altercados previos a la Guerra CivilEsta performance cuaresmal tenía el clímax en el momento del besamanos, que relata Vicente Tortajada: “Tras besar la mano de la Macarena –porque era Ella–: yo había visto los tréboles del Gallo, las lágrimas de cristal cabrilleando a la luz de cirios, la sonrisa perfecta de la gubia, su mirada –no eran los ojos del actor– perdida ante la muchedumbre”.

Juan Antonio González, el actor-Macarena, lograba tal compenetración con su personaje -quizás el incienso lograba más sugestión que el método de Stanislavsky- que Vicente Tortajada elaboró una teoría que se le ocurrió al comprobar que la mirada del teatrero tenía el mismo misterio que la de la Virgen de San Gil. “Yo no sé qué se echaba en los ojos, porque la verdad es que era un mamarracho, pero la realidad es que estábamos viendo a la Macarena”.

Y, ¿por qué? Tortajada lo resume de forma hilarante: “A la Macarena le pasa lo mismo que a Marilyn Monroe, que decían que era muy sensual, pero lo que le pasaba es que era miope. Pues eso, que la Macarena también es miope. No hay más que verla cuando da la vuelta en la calle Alcázares y le da el sol de espaldas desde la calle Gerona”.

TEXTO: JOSÉ MARÍA RONDÓN  

Quinto día de Quinario.
Versos a una Virgen quemada. 

“Ayer, sobre las tres y media de la tarde, se descubrió un fuego en la capilla del Patrocinio,

iniciado en el altar mayor, que estaba dispuesto para la celebración del quinario.

La bellísima imagen de Nuestra Señora del Patrocinio quedó reducida a cenizas».

ABC de Sevilla. 27 de febrero de 1973

 

“Vírgenes sevillanas de altos hornos se hacinan a las ascuas”. En Triana huele a ceniza de lirios, a brasero de madera sagrada, a madrugada tostada. Una chispa rebelde provoca el incendio de la iglesia del Patrocinio. El Cachorro se salva. No así la Virgen, una talla atribuida al círculo de Cristóbal Ramos, que es arrasada por las llamas. Apenas queda de ella “un montón de brasas y tizones”.

Sobre estos restos de la Virgen del Patrocinio, los poetas Rafael Pérez Estrada, José Luis Ortiz de Lanzagorta y Alfonso Canales realizan un soberbio ejercicio literario recogido en el libro Funerales para una Virgen (Propuesta de texto a tres voces). Se trata de una insólita y genial propuesta de poesía barroca y ultraísta que atrapa toda la tragedia del suceso entre imágenes surrealistas.

El libro se escribió en unos días y se publicó al mes siguiente. Los poemas y prosas delirantes parecen escritos a pie de llama. Así, Ortiz de Lanzagorta anota en su pieza titulada Rigor Mortis: “¿Qué te han hecho, querida niñita? (…) Las caras y los cuerpos quemados no estuvieron hechos de materia de pensamiento, sino de vida. Orden dentro, al fin”.

A Alfonso Canales la visión apocalíptica le sirve para recordar tiempos antiguos: “Era un olor a guerra/ civil, a delirante/ pira de odios. (Fuera postulan por un fénix/ tal vez posible.) Acaso, si una vena de frío/ irrumpe en las cenizas, huela a cartas quemadas,/ a episodio marchito, a fe que se corrompe,/ a sábanas manchadas por un quehacer infame”. Dibujo de Rafael Pérez Estrada

Desde la sala De Profundis hace su entrada Pérez Estrada, que se presenta un Apócrifo Introito. Hay olor a “cera asesinada de un golpe”. Y, sugestionado quizás por los humores de la madera, divaga deliciosamente entre el imaginario sagrado. “De alguna manera, lépori, vergüenza ajena o propia: bandeja teñida al caracol en baba de ágata (la santa), a dos (que más no hay) pechos cercenados: claxonante bocina de pezón y areola”.

Así, se van sucediendo escenas de la Sevilla nunca escrita. Suena al final un martinete de dolor. “Torre, Breva, Caracol y Chacón/ entonan misereres peteneras,/ a la par que empabilan la rosa/ jericó asesinada, y se oculta/ a puertas ya selladas, de fuera/ adentro, el agua./ Exuda el leño,/ manantial de mangueras anegadas”.

TEXTO: JOSÉ MARÍA RONDÓN  

Función Principal.
Ese gran pájaro morado. 

Es posible que Antonio Núñez de Herrera no escribiera el mejor libro sobre la Semana Santa de Sevilla, pero sí escribió el mejor libro de Semana Santa de Sevilla. Su renuncia a “la espuerta general” de lo razonable, para extraerle “sus zumos secretos” a la fiesta sevillana, le convirtió en un Beethoven sordo que oía en los papeles, como aquellos parroquianos de su libro, que no necesitan salir del ambiente de la taberna para ver la Semana Santa, porque la Semana Santa estaba precisamente en su ambiente.

Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa (1934), y otros muchos de sus escritos, encierran un “génesis” que va desde el “A ésta es” al “Ahí quedó”. Encierran un “mandamiento” como el del guardia municipal que súbitamente canta su saeta desde la barra de una taberna. “Mientras la copla surtía iban desapareciendo los botones, las insignias, los bigotes del guardia”, “afuera los redobles del tambor acompasaban el resuello de tantos entusiastas” y “por una rendija de la puerta entró una cuchilla de cirios encendidos: un latigazo de luces amarillas”.

Cabe preguntarse hasta dónde llegó la sorpresa de este librito en el momento de su aparición. No nos han quedado muchas pistas, pero tuvo que suponer un pequeño shock modernista. La Semana Santa había dado cabida a la antropología y la política, al humor y la prosa vanguardista, a la autoinspección del autor, a un resumen de lo vivencial, de lo ambiental, de lo urbano y suburbano en una ciudad moderna. Muy anacrónicamente, hasta a lo biopolítico. FUNCION PRINCIPAL. Dibujo de Juan Luis para 'Estampas de la Semana Santa' de N. de Herrera

Al “filósofo en la calle” le cupo de todo. No intenta explicar, sino que constata cómo en su afán por disfrazarse en una fila de nazarenos -“hipérbole de una sublevación de colmillos”-, “no triunfó jamás en Sevilla ni tuvo preponderancia el Carnaval”; por qué, a veces, “no importa ya Jesús” y “la gente adora ya a Pilatos”; qué es eso de que convivan las siglas C.N.T. y S.P.Q.R.; por qué los hombres que “adornan las imágenes… son los más pulidos de la ciudad”; o cómo los sevillanos, en su afecto, que no devoción, a las imágenes, “alguna vez se guasean de ellas como de sus mejores amigos”.

El extremeño Núñez de Herrera atesoraba alguna misteriosa gracia. De hecho, se decía que podía estar “con Juan Sierra en tres entradas de Cofradías a la misma hora”. Seguramente sabía mirar al cielo como nadie, precisamente allí donde se suele mirar mucho hacia arriba, aunque sea para ver si otro año no sale el Cachorro, o para deslumbrarse con el último rayo de sol que cae en el Valle. Supo ver el Zeppelin que mezclaba “la nueva canción de los motores y la solera de las tonadillas de Semana Santa”. Nunca se le ocurrió “enjaular ese pájaro morado que cruza siete días el cielo de Sevilla”.

TEXTO: DAVID G. ROMERO 

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