Punto glacial

La descendencia que no sé si tendré ha de estar ahora en punto glacial, como la Cruzcampo. Combinación de células vitrificadas que espera un buen momento para ser, para llegar a ser, si fuera posible que fueran. No es su culpa, pobres células incólumes; casi que ni es la mía. Es sólo cuestión de timing, como me dijo una pasada posible pareja que nunca llegó -y que en presente es un buen amigo-, y que traducido resulta: que llego tarde a esta maternidad que lleva años anotada en mis pendientes -junto a aprender a cantar-.

Y mientras me planteo si podría alguna vez un logopeda reprocharme sin atisbo de humanidad que mis cuerdas vocales están viejas para el canto (y el cante), mi ginecólogo me ha soltado con la dureza con la que se viste la realidad que mis óvulos están tan contados que estoy a las puertas de un game over. Que sí, que lo que éh, éh, y mis ovarios están cascados. Pero esa afirmación pesa tanto, cercena tanta esperanza, que deberían lanzarla acompañada de un bote de helado de dulce de leche. Y cuchara de ensalada.

Lo he pospuesto siempre, casi desde que lo apunté en mis pendientes. Estaba empeñada en demostrar (mi valía, mi profesionalidad, mi independencia, mi entrega al trabajo y a los proyectos) y nunca fue buen momento. Porque nos hemos convencido de que los hijos hay que tenerlos en ambiente de laboratorio, en unas condiciones tan inalcanzables de tiempo y entrega, que nunca cabe. Así que es cuestión de (auto) exigencia. Y porque nos han convencido de que tener una baja maternal es renunciar a tu desarrollo laboral, ausencias que propician la promoción de quienes no las tienen, la mayoría, hombres.

Casi que tampoco cupo lo de con quien procrear. Un proyecto a largo plazo que no conseguí plantear a nadie que se quedara el mínimo plazo. Porque nunca hubo quien aguantara mis maratonianas jornadas de trabajo, ni entendiera que podía anular cine o cena si había una emergencia (y hubo un tiempo en que nadaba en emergencias). Así que, no pocas veces, engullí, junto a un sorbo de vino, reproches como “es que trabajas

mucho” y que venían prolongando un adiós. Un día, el vino se llamaba Habla el silencio… manda cojones.

Y, si lo piensan, no he hecho nada que no hayan hecho los hombres por los siglos de los siglos: entregarse al trabajo, echarle horas, implicarse hasta condicionar vida, tiempo libre y fines de semana, desarrollarme laboralmente. Incluso he ejercitado eso tan masculino que es el afterwork. Pues mientras que los hombres lo hacían de siempre y procreaban, a mí me ha penalizado en el número de folículos con el que llego hasta aquí. Díganme si no jugamos en desventaja.

Que sí, que también estaba empeñada en vivir, viajar, leer en el poco tiempo que me quedaba, llámenme loca. Y al final, día tras día he ido tachando y llevando a la siguiente página el eterno pendiente. Hasta mis cuarenta y uno.

Así que sin pareja y casi sin ovarios me empeño ahora en demostrar que puedo ser madre. También. Y tener descendencia sin pareja es tan soso como comer ensaladilla sin picos (y no lo digo por el símil de empujar, malpensados). Y descabellado, parece, por las caras que recibo cuando cuento mis planes. No pocas veces me han dicho lo de “qué valiente”, cuando creo que pensaban “estás loca”, y no pocas veces me recalcan que afrontarlo era como apuntarme a la expedición de Shackelton a la Antártida, con aquello de “No se asegura retorno con vida. Honor en caso de éxito”.

Y no sé si es un empeño más. No quiero pensarlo mucho y dejarme llevar. Porque la maternidad no puede ser tan perfecta como nos exigen ni tan osada como me quieren hacer ver. Tanta exigencias siempre a la misma peña nos ha llevado hasta aquí. Prefiero apurar las últimas cruzcampos que quedan hasta que los del punto glacial decidan implantarse.

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