El primer torero negro

Aunque igual no te lo creas, el 15 de agosto de 1971 tomó la alternativa en la Real Maestranza de Sevilla el mozambiqueño Ricardo Paulo Chibanga. Fue el primer matador de toros africano de la historia.

A principios de los 70, y avalado por grandes éxitos en Portugal, Chibanga decidió trasladarse a Sevilla para intentar convertirse en figura del toreo. Me vuela la imaginación imaginándome sus intentos de entrar en el círculo de los taurinos sevillanos de la época, y la sorpresa y las bromas de la gente al comenzar a ver en los carteles de eventos menores a un torero apodado El Africano.

Con los toros tengo una relación de amor y odio. Por un lado me parece el espectáculo más estético que existe, por otro tengo que mirar a mi vecino de tendido en vez de al ruedo cuando entran a matar o ponen banderillas; por un lado me reconcilia con mi parte animal, de instinto, por otra me hace sentirme mal por ver poesía en el dolor. Maldito Walt Disney…

Por no callarme estas contradicciones, mis amistades taurinas se burlan cariñosamente de mí. Esa guasa, ancestral y heredada, es la misma que supongo que gastarían con el africano Ricardo, que me lo imagino aguantando el tirón como podía: “Tú no eres negro, eres zaino” y esas cosas.

Lo cierto es que, según cuenta él, nunca se sintió desplazado por ser africano, y en Sevilla siempre se sintió en su casa.

La tarde de su alternativa en la Maestranza, según lo que he podido encontrar en trabajos del periodista Juan Ramón de la Vega, el torero más negro del mundo eligió nada menos que blanco y oro. Antonio Bienvenida le cedió la muerte de un toro, y él, años después, lo recordó así “la oportunidad que tenía era única, habían venido muchas personas de Portugal para verme y yo no los podía defraudar, de modo que antes de salir a la plaza le recé a la Virgen de Fátima y a la Macarena para que todo saliera bien. Entonces Bienvenida me dijo: Ricardo, buena suerte, tú puedes ser torero, hay que luchar, hay que sufrir, hay que pelear, pero estoy seguro que lo vas a hacer bien. Mucha suerte Ricardo. Me dio un abrazo y yo me emocioné. Y así fue, maté al toro de la primera estocada y corté una oreja, la única que se cortó esa tarde”.

La Sevilla que me gusta es la que acoge a un negro que quiere ser torero, y me enamora porque provoca delicias como que haya un africano, vestido de blanco y oro, en La Maestranza, rezándole a la Virgen de Fátima y a la Macarena a la vez. Solo faltó alguna divinidad mozambiqueña por ser invocada aquella tarde.

La alternativa a esa ciudad inclusiva que mezcla vírgenes en la mente de un torero negro es la excelente pieza que escribió Antonio Burgos, sí, Antonio Burgos, sobre la muerte de John Fulton. Fulton fue un americano de Filadelfia que también se enamoró de nuestra ciudad y estuvo viviendo aquí cuarenta años. Hasta que murió, fue torero, escritor, pintor, diseñador de trajes de luces, escultor y tanto usó el corazón en nuestra ciudad, que se le acabó parando. Burgos se desgarró con este texto tras ir a ver a su amigo al hospital: “Luego dicen que Sevilla no pide el carné de identidad… A ti te lo pedía a cada instante. Vengo, John, de querer verte en la clínica, y a Curro Camacho le han llegado al alma, como otra corná, los desprecios, los olvidos, los vacíos de esta ciudad que quisiste, que espero que aún sigas queriendo, porque no quiero creerme eso que me cuentan de que tienes vida vegetal. Por tu decidida voluntad de sevillanidad, pienso, ay, en un jazmín”.

Sevilla, otra vez una moneda casi sin canto, solo con cara y con cruz, polarizada, entre la espalda y el abrazo, entre la guasa hiriente y la alegría única. ¿Para dónde tiramos, Sevilla? ¿Para el africano o para el yankee?

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>