Ponce Jiménez, el inventor cofrade

Es 14 de enero de 1973 y el inventor cofrade Rafael Ponce Jiménez se la está jugando. Los problemas de siempre entre hermandades y costaleros parecen haber llegado a un punto de tensión máxima y se busca cualquier alternativa. El Museo de las Cofradías, que existió y duró solo 10 años porque estas cosas son de movimiento, de verse en la calle y, sobre todo, de esperarlas durante todo el año, está repleto de gente para ver qué es eso de “El paso autopropulsado”.

Esta deliciosa historia es real. La primera vez que la leí fue en el injustamente olvidado blog de Julio Domínguez Arjona, pero antes había fantaseado mil veces con usarla como trama en alguna novela. Una vez más, la realidad de Sevilla es más extrema que cualquier imaginación.

Me imagino a Ponce Jiménez en aquel momento de máxima expectación en el Museo de las Cofradías como a Robert-Houdin, el mago francés. Robert-Houdin fue el padre del ilusionismo moderno. Sus trucos eran tan innovadores que, cuando los hacía por primera vez, la gente en vez de disfrutarlos, se aterraba por pensar que estaba delante de un demonio burlón. La sorpresa era tal que la mayoría de las veces era detenido por la policía de Napoleón III para que explicara el truco si no quería ser condenado por brujería.

Su historia no acaba ahí. Napoleón III, preocupado porque en Argelia (por entonces colonia francesa) algunos líderes religiosos locales estaban siendo cada vez más admirados por la población, que le otorgaba poderes sobrenaturales, mandó a Robert-Houdin a hacer alguna demostración de su magia. Houdin se encajó allí, reunió a todo Argel en un teatro y le pidió a un árabe que subiera y le disparara con una pistola a la cara desde pocos metros. Después de mucho dudar, y ante el pánico del teatro, el árabe disparó y Houdin “atrapó” la bala con la boca. El mensaje quedó claro en la población: A la guerra contra unos a los que les disparas y muerden las balas, iba a ir un guardia.

A Robert-Houdin, su tiempo lo acabó respetando (y aprovechando) tras los temores iniciales. Se convirtió en una estrella y en la fuente de la que luego bebieron los más famosos magos de la historia. No pasó así con Rafael Ponce Jiménez. El texto de su hija, que aparece en el blog de Domínguez Arjona, es maravilloso: “Los pasos llevaban un motor de baterías y ruedas excéntricas, que al tener distintos anclajes daban el movimiento del paso de cristo o de palio, (una avanzaba más que otra, etc.), tengo entendido que los revirados mecánicos eran muy buenos. El Cristo que se presentó es el que está en la Iglesia de San Roque donde la mesa de la Hoja Parroquial. La Virgen fue cedida por su amigo Pablo Carrión”.

A Ponce Jiménez no lo corrieron a gorrazos pero casi. Su invento no tuvo ninguna aplicación y se amontonó en la lista de ideas que hoy parecen locuras pero que un día se plantearon para nuestra Semana Santa. Quién sabe qué habría sido de nuestra fiesta si eso se hubiera extendido, pero quién sabe también qué habría imaginado la creativa mente de Ponce Jiménez si hubiera tenido algo de reconocimiento.

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