Entre perros anda el juego: el cine de Quentin Tarantino

Este octubre se cumplirán veinticinco otoños desde que se estrenara en nuestro país Reservoir Dogs, la considerada ópera prima de Quentin Tarantino en detrimento de su hoy amateur y olvidada -¿o deberíamos decir censurada?- My Best Friend’s Birthday. Un cuarto de siglo en el que el cineasta de culto ha tenido tiempo suficiente para entregar otros ocho largometrajes, además de incursiones varias a uno y otro lado de la cámara, en los que ha ido puliendo (casi) un género propio, tan estiloso y único como plagado de guiños y lugares comunes. Claro que todas las constantes del tarantinismo, incluso ese plano desde el maletero que luego ha repetido (y no solo él) hasta la saciedad, estaban ya en aquel drama shakesperiano disfrazado de película de atracos que se fue de vacío en Cannes’92 pero arrasó en nuestro querido Sitges del mismo año. Desciframos a continuación, diseccionando Reservoir Dogs, las claves que han hecho de Tarantino el ratón de videoclub más aplaudido del celuloide dentro y fuera de Hollywood.

Comencemos por el principio, valga la redundancia: “¿Sabéis de qué va Like a Virgin?”. Ésa es la primera frase que oímos, aún con los títulos de crédito iniciales sobre pantalla en negro, en Reservoir Dogs. Una pregunta escueta y –al menos a priori– sencilla se revela la excusa perfecta para presentar a los personajes (unos atracadores que parecen más bien una pandilla de colegas en el café postalmuerzo de trabajo), pero también en una de las armas más poderosas de Tarantino: su increíble y pasmosa facilidad para escribir unos diálogos tan ingeniosos como adictivos, preñados de referencias a la cultura pop. Aunque la respuesta a la pregunta que abre el filme viene de los labios del propio Tarantino, es Steve Buscemi –inolvidable Sr. Rosa- quien resumen en apenas dos frases tan extenso conversación entre los compinches: “True Blue va de un tío y de una chica sensibles. Y Like a Virgin es una metáfora sobre pollas grandes”. Zaska. Se puede decir más alto pero no más claro. Tan jocosa conversación fue la primera de muchas que llegarían después: las diferencias sobre las hamburguesas europeas y americanas, con mención especial a la Big Kahuna, de Jules y Vincent en Pulp Fiction; las personales ideas sobre Superman que esgrime el viejo Bill en su encuentro final con Beatrix en Kill Bill Vol. 2; o la teoría que el mismísimo Tarantino, en uno de esos cameos que tanto disfruta, esgrime en Sleep with me sobre Top Gun, quintaesencia del cine machito: “Es la historia de un hombre luchando contra su homosexualidad”. Impagable. Háganse un favor y recuperen ese diálogo. Es oro en barras. Nunca un subtexto dio tanto jugo.

Pero volvamos a Reservoir Dogs. Una vez acabada esa secuencia inicial con Madonna como leitmotiv, lo que viene a continuación define de buenas a primeras otras dos constantes en el cine de Tarantino. La voz de K-Billy (y sus supersonidos de los 70), locutor de radio que hace las veces casi de coro griego en el filme, da paso a una canción que se cuela en tus oídos para no querer salir, Little Green Bag de George Baker Selection, y a una secuencia de créditos con los protagonistas enfundados en sus trajes negros y sus gafas de sol –excepto esos Chris Penn y Lawrence Tierney tan de andar por casa- que haría las delicias de cualquier creativo de El Corte Inglés. De golpe a porrazo se funda el corpus tarantiniano: su habilidad para rescatar sonidos del ayer que suenan increíblemente actuales creando cual jukebox toda una serie de bandas sonoras capaces de rivalizar en ventas con la misma taquilla de sus películas, y su envidiable presteza para crear imágenes icónicas, asociadas desde entonces a su genio y figura.

Así, desde que K-Billy abriera la boca hemos podido cortar orejas al ritmo de Stealers Wheels; enternecerse con un Travolta entrado en kilos bailoteando Chuck Berry; recuperar el sonido lounge entre cuatro paredes con Tim Roth como botones; seguir los contoneos de una madura Pam Grier tarareando a Bobby Womack; alucinar con que en una fantasía oriental quepan Nancy Sinatra, RZA, Neu! y hasta Lole y Manuel sin que se aprecien las costuras; ponernos tan cardíacos como Kurt Russell con un lap dance al son de The Coasters; rendir merecida pleitesía a maestros italianos como Riz Ortolani sin dejar de ser moderno; y hasta colar en un western composiciones del genio Ennio Morricone que John Carpenter no utilizó en su día para La cosa. De todo cabe en el bendito dial de Tarantino. Buena nota de su falta de prejuicios, su estupendo oído –que parece heredero del de Robbie Robertson, ese hombre en la sombra tras las no menos estupendas bandas sonoras gangsteriles de Scorsese- y su predilección por cruzar canciones y diálogos han tomado nota otros cineastas más o menos cercanos a Tarantino, como los británicos Guy Ritchie y Edgar Wright o su compadre Robert Rodriguez.

Música –pero qué música- aparte, tampoco es moco de pavo su mencionada facilidad para diseñar imágenes que permanecen en la retina y en la memoria, ya en marcha desde esos Reservoir Dogs paseando con muro de ladrillos al fondo. Porque… ¿no es ya historia del cine ese baile entre Mia Wallace y Vincent Vega en la pista del Jack Rabbit’s Slim? Que levante la mano quien no se estremece –y no precisamente de miedo- con el baile pitón en hombros de Satanica Pandemonium en Abierto hasta el amanecer (dirigida por Rodriguez, sí, pero con guion de Tarantino, recordemos). ¿Alguien en la sala no considera que la lucha entre La Novia y Los 88 Maníacos le saca los colores –pese a estar rodada en blanco y negro- a más de un blockbuster de acción? ¿Quién no ha soñado con reescribir la Historia, así en mayúsculas, y pegarse el gustazo de aniquilar a Hitler (sí, ¡Hitler!)? Son solo algunas de las imágenes que el cine de Tarantino nos ha legado para deleite de nuestras pupilas y que quedarán para la posteridad (y las escuelas de cine). El tipo que se encargue de montar el video-homenaje en la ceremonia de entrega del Oscar honorífico cuando Quentin cumpla 90 años lo va a tener realmente difícil para decidir qué dejar fuera…

Y ya que hablábamos del sangriento final del Führer a manos de los Malditos bastardos, volvamos a Reservoir Dogs y su fundamental aportación al corpus tarantiniano en otro aspecto indispensable: la violencia desatada, entre la crudeza gore y el cartoon de Tex Avery. Y es que, tras ese estiloso paseo de los protagonistas citado un poco más arriba, la película comenzaba poniendo al espectador el corazón en un puño: con el Sr. Naranja desangrándose en el asiento de atrás de un coche conducido por el Sr. Blanco. Una escena de tensión inaguantable, que exprime el buen hacer de sus actores tanto como el estómago del espectador. Desde entonces, Tarantino no solo no ha querido sacudirse la etiqueta de cineasta violento sino que ha lucido orgulloso su condición de heredero de su admirado Sam Peckinpah. Ahí quedan si no, nada aptas para ojos sensibles, las raciones de hemoglobina a raudales despachadas en su filmografía –con especial mención a Kill Bill y Malditos bastardos, claro-, en secuencias tan imborrables como la inyección de adrenalina en Pulp Fiction y en la escabechina por entregas que es esa maravilla llamada Los odiosos ocho, casi una reinterpretación de Reservoir Dogs en clave de western barnizado de whodunit a lo Agatha Christie.

No es casual la cita a Peckinpah: ya en Reservoir Dogs un entonces aún joven Tarantino aireaba sus cinefilias a todo trapo. Sus años como dependiente de videoclub no habían sino aumentado su naturaleza como batidora de celuloide. Sus estrenos se aplauden desde aquel primer filme como auténticos acontecimientos, homenajes en toda regla a clásicos imperecederos, títulos de culto y bodrios de serie Z. En Reservoir Dogs hay, entre muchos otros, guiños a Sergio Leone, Joseph H. Lewis y al mismísimo Stanley Kubrick (Tarantino siempre admitió que quería hacer su propio Atraco perfecto), y hoy en día es aún acusada de robar demasiado de City of Fire, arquetípico thriller hongkonés de Ringo Lam. Pero desde entonces, la batidora Tarantino no ha parado un momento, ya sea mediante planos calcados (esa Novia en el porche como si de John Wayne en Centauros del desierto se tratara, los pasos de baile en Pulp Fiction aprendidos de los de 8 ½ de Fellini…), bien mediante otros guiños visuales, como ese mono amarillo y negro de Uma Thurman sacado del armario de Bruce Lee en Juego con la Muerte. Tecleen si no en Google “Jacob T. Sweeny Tarantino” y encontrarán el inspirado montaje en video con el que el avispado crítico de Indiewire ajustaba las cuentas pendientes de Tarantino con sus ídolos y mentores.

Y ya que hablamos de conexiones, también en Reservoir Dogs se manifiesta otra constante en el cine del director: a través de sus películas, Tarantino ha creado un universo propio, donde él ejerce de demiurgo, conectando a sus creaciones sin que ni siquiera se crucen. El sádico Sr. Rubio, sin ir más lejos, es hermano de Vincent Vega, protagonista de su siguiente filme, el monumental Pulp Fiction. Incluso el propio Tarantino fantaseó con dirigir un filme sobre las andanzas de ambos, Double V Vega. Pero no se vayan, aun hay más: Jackie Brown comprando el mismo traje que Mia Wallace; ésta última contando en Pulp Fiction el rodaje del piloto de una serie inspirada en Los Ángeles de Charlie pero que guarda más de una similitud con el Escuadrón Asesino Víbora Letal de Kill Bill; el personaje de Eli Roth en Malditos bastardos, Donnie Donowitz, bien podría ser el padre de otro Donowitz en la filmografía del director, el productor –también judío- Lee Donowitz de Amor a quemarropa… y así en un bucle infinito, que regala además al espectador el disfrutar de segundos y terceros pases de sus filmes, a la espera de encontrar nuevos easter eggs en cada visionado.

No es la única broma que Tarantino creó en su debut. Defensor acérrimo del cine anamórfico –su última película hasta el momento, Los odiosos ocho, se rodó en película Kodak y en Ultra Panavision 70, un sistema denostado ¡desde 1966!-, el bueno de Quentin se aplicó al máximo en hacer que Reservoir Dogs se disfrutara tal y como fue concebida, en formato panorámico. De ahí que en gran parte del metraje los personajes están en una y otra esquina del encuadre, a pesar de que mantengan diálogos. Hagan la prueba algún día y pónganse la película sin anamorfizar, como la podría emitir alguna cadena televisiva que no cuide esos detalles. Se pegarán casi toda la peli viendo un decorado vacío. Qué jodío el tito Quentin.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>