El palo, la única esperanza

Fotografía: Óscar Romero

La inocencia convierte la esperanza en un concepto absoluto. Le da igual cifrarla en la pasión por un equipo de fútbol que en un pañuelo que representa a todo un pueblo. La esperanza, cuando es niña, no establece diferencias entre un negocio hecho deporte y una opresión hecha silencio; solo atisba posibilidades de alcanzar la felicidad a través de unos colores. Pero la maldita brújula impone su poder y desarbola la nave de la candidez, mostrando que la esperanza es voluble, múltiple, relativa; que su cariz está esclavizado por la geografía. En el Norte, la esperanza se achica tanto que cabe en desear que multimillonarios en calzonas metan una pelota en una portería, financiados, en parte, por empresas ricas del Sur pobre. Aplastado por el Norte, abajo, en el Sur, esperar siempre se acompaña de una subordinada negativa: que no te desplacen, que no te levanten un muro, que no te maten… Quizás, cuando todas las esperanzas cándidas fracasan, la única esperanza posible sea empuñar un palo.

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