Palmera de huevo

Unos compañeros de trabajo me han invitado a merendar. Estamos en una cafetería llena de viejecitas comiendo pasteles de nata y manzana. La actitud de Manolo y Javier es sospechosa. Les gusta este sitio especialmente, y lo entiendo porque resulta entrañable, pero no sé para qué me han pedido que venga. A veces hablamos del trabajo, de los jefes, de los planes para el verano, pero la conversación se interrumpe constantemente porque no paran de contarse secretitos al oído, cubriendo la oreja entera con la mano. Cuentan secretos muy largos y el que escucha se muere de risa. Yo me como una palmera de huevo con cuchillo y tenedor. Se despedaza de mala manera. También les sonrío pero es como si no existiera. Javier se levanta y va al baño.

– ¿Pero qué pasa?, le pregunto.

– ¿Qué pasa de qué?

– De qué va a ser, qué son todos esos cuchicheos.

– Ay, no se lo digas a nadie.

– ¿El qué?

– Que no nos decimos nada, lo que hacemos es chuparnos las orejas.

– ¿En serio? ¿Todo el tiempo así?

– Sí. No le digas a Javi que te lo he contado, que me mata.

– No pasa nada, tampoco es para tanto.

– Yo qué sé, no podemos parar.

Cuando vuelve no le digo nada, dejo unas monedas en la mesa, estampo un beso en cada mejilla y me voy. Desde la cristalera de fuera veo que los secretitos se reanudan inmediatamente. Supongo que les gusta tener señoras mayores alrededor, que se han enganchado a esa emoción concreta. Supongo que sin darme cuenta me he convertido también en una señora mayor. La próxima vez me como la palmera con las manos.

 

Ilustración: Belén Moreno. 

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