Paco León

Sentado al fondo del bar, mira la vida pasar a través de los cristales. “Hola, soy Paco”, se presenta anteponiendo la persona al personaje. Nos sentamos. Es serio aunque a veces, sobre todo al reír, se le asoma a la boca su alter ego de Esperanza Sur. Expresivo después de ser reflexivo, rebusca en el silencio antes de responder. Seduce su mirada cian pardo. Adrenalina pura con rellanos de abstracción, juguetea con la cañita de su brebaje imbebible y se pellizca la barba hasta arrancarse pelos postizos del rodaje del que acaba de llegar, una especie de metáfora reivindicativa que deja claro que no es ninguno de sus personajes. Es Paco León, el cómico obsesionado por contar lo insólito y poético que hay en lo cotidiano.

¿Se considera un tipo raro?

Ya no (risas). A veces, de pequeño, me he sentido un bicho raro, ajeno sobre todo al barrio y a mi familia. Pero he encontrado mi sitio, y ahora es al revés, mi rareza es aceptada y querida en general.

¿Tenía complejos de pequeño?

Claro, muchos. Aún queda alguno. Me he liberado de muchos, sobre todo del de raro. Intuía que mi rareza no era tanto por mí sino por el medio. Y cuando buscas dónde ubicarte, sobre todo profesionalmente, pues el patito feo encuentra su sitio.

¿La educación que recibió en casa sería hoy criticada?

No te creas, esa anarquía hoy se llama waldorf y pagan muchísimo dinero en los colegios pijos para que los niños hagan lo que les dé la gana. Mi madre por supuesto no sabía nada de este tipo de educación, pero sí había una anarquía de “Tú sabrás y hazte responsable de tus actos”. Despertó en mí una responsabilidad desde muy joven, de hacer tu camino y tomar tus decisiones. Pero siempre les he reprochado a mis padres muchísimo que no me hubieran incentivado culturalmente… en mi casa, como en la mayoría de las casas de barrio, entraba un libro para decorar.

¿Cuándo supo que quería ser actor?

Desde muy chico. Con cuatro años lo tenía muy claro, pero me daba vergüenza y lo tenía como íntimo, nunca he querido ser otra cosa.

¿De dónde proviene su vocación?

No sé, de las películas, del cine de verano… Era la fantasía, no ser yo. Ser actor era como quien se disfraza y es otra persona; huir, cambiar de personalidad.

¿Hay un tímido tras Paco León?

Es verdad que detrás de los actores, y de los menos sospechosos, como yo, que puedo tener una imagen de descarado, hay un tímido. De pequeño, en el recreo me ponían a bailar y me explotaban (risas) para que los profesores se rieran y mi familia también. Con siete u ocho años dije “Ya está”, y había una cosa como de profesionalizarse y hasta que no me pagaron no volví a hacerlo (risas). Sigo siendo tímido, pero se me quita cuando me pagan… quiero decir, cuando es algo profesional y hay un motivo.

¿Qué pasó cuando dijo “Mamá, quiero ser artista”?

En casa he sido de política de hechos consumados. No he pedido permiso para nada. Me apunté a un curso de teatro, cuando terminé COU, entré en el Centro Andaluz de Teatro y estudié interpretación; mis padres se iban enterando de lo que iba haciendo. Creo que hace tiempo que mi madre está tranquila con eso (risas), ha visto que no solo es buena manera de ganarse la vida para mí, sino para mi hermana, para ella y para toda la familia.

¿Cómo se pasa del típico sentimiento infantil de darte corte de tu madre a dirigirla como actriz? 

Cuando eres adolescente, te avergüenzas de tus padres aunque sean Mick Jagger, luego te das cuenta de que eres igual que ellos y les comprendes, les perdonas. Creo que había que estar muy tranquilo con tu familia y tus raíces, y con esa vergüenza de familia, para contar eso. Porque tanto Carmina como el entorno no están idealizados… es una cerda delincuente, con todas las consecuencias. Es muy humana y se hace querer, es muy reconocible, pero no es una idealización tipo oda a mi madre. Esa Carmina cagándose en el coche y haciendo perrerías heavys… He matado a mi padre, a mi madre, todo lo que dicen los psicólogos que hay que hacer lo he hecho (risas).

¿Expuso más de la cuenta a su madre?

Yo conozco bien este mundo, sabía dónde y cómo. Siempre hay unos riesgos, pero pactamos unos límites que no iba a traspasar nunca. Ella no hace entrevistas y eso la separa muchísimo, porque no es una actriz convencional y no hace promos. Me ha sorprendido su talante y su talento como actriz, pero también como famosa, lo lleva con una torería… se va a comprar pescado todas las mañanas y se hace quinientas fotos, pero tiene mucha naturalidad, impone un respeto.

¿Qué ha aprendido como actor de su madre y hermana? 

Mucho. Tenemos maderas diferentes, desgraciadamente para mí, porque ellas tienen un calado emocional muy fuerte y yo soy mucho más frío. De mi madre me ha sorprendido esa relajación, esa generosidad con el otro, la humanidad, esa capacidad de juego, cosas que se suponen que las tenemos que saber pero que en ella es innato. Mi madre bien dirigida es capaz de hacer todo. Y a María, desde muy pequeño, le hacía fotos y uf, y cuando me metí en este mundo, le dije “María, esto es superdifícil pero yo sé que tú vas a hacer así (chasquea los dedos), porque tienes una combinación muy buena”, y no me equivoqué. Fue muy pronto, hizo tres castings en Madrid y empezó a trabajar. Luis San Narciso, el gran director de casting, le hizo una prueba y decía “Tiene una cosa que está por encima de la interpretación, y es que gusta mirarla. Actriz, pues no sabe, ya aprenderá”.

¿Carmina es una reivindicación con la que muchas heroínas anónimas se identifican?  

Es bonito pensarlo, pero no lo he hecho para eso. Igual que decía Brecht, o uno de estos, no me acuerdo, habla de tu pueblo y contarás el mundo; pues igual: habla de tu madre y contarás todas las madres. Una cosa muy particular que se hace muy universal, hablas de tu madre a fondo y la muestras abierta en canal, y ves que todas las madres tienen algo en común.

¿Y su padre?

Mi padre El Tirantes, es el Pescaílla, el artista en la sombra. Contrapeso y peso. Discretamente ha salido en todas mis películas. Mi padre y mi madre siguen estando juntos, siguen siendo esa extraña pareja. Todo el día peleándose, pero se dan vida el uno al otro, a veces mala, a veces buena, pero vida al fin y al cabo.

Al final ha convertido a su familia en actores. 

Ha sido guay, de repente la oveja negra los ha teñido a todos de negro (risas).

¿Es fácil que se te vaya la olla?

Todo ha sido con mucha naturalidad. De repente las alfombras, los festivales y ese gitaneo que llevamos nosotros, que eso es para un making of, lo que liamos. En los Goyas estábamos los tres nominados, allí con los vestidos, las joyas, los cigarros, los porros, quemando los trajes de Lanvin, los gintonics, mi madre diciendo “Come jamón” y yo “Déjame, que vas a pringar el traje de Dior”… Es una mezcla maravillosa, sobre todo esa mirada de la Carmina, que le preguntan que qué tal la experiencia y dice “Pues esto es mucho moco pa tan poco pavo”. Hostia, esa frivolidad y tontería, y es que es así, tú lo ves, juegas, pero lo importante es lo importante. A ella no se le va la olla en absoluto. Ella no ha dejado de ser mi madre, no ha cambiado nada en absoluto.

¿Cómico, payaso o actor?

Cómico, como genérico, como artista. Los cómicos se visten, se iluminan, se escriben, se dirigen… Un hombre de las artes, de lo que haga falta.

¿Para hacer reír se ha tenido que llorar mucho?

(Duda, se pellizca la barba). Me estoy arrancando el pelo, que es de mentira, tío. Aquí tengo una calva y me la han rellenado con pelo de mentira… qué asco. (Retoma la pregunta). Es al revés, por lo menos en Aída, diez años, todos los días rodando, y te das cuenta de que para hacer reír hay que estar contento, y es una putada. Para dar esa luz, hay que estar así. Es al revés, reírte del mundo y hacer cómplice a la gente de esa risa.

¿Qué busca como cómico?

Contar cosas, porque me parece que la comedia está muy denostada. Se puede entender como algo que busca la risa, y, para mí, la risa es el vehículo para contar cosas. Me parece que una comedia sin poesía no tiene gracia; si la comedia no cuenta verdades, no tiene tanta gracia. Hasta un chiste puede llevarte a una gran verdad.

¿Por qué en España al actor cómico se le considera de segunda fila? 

La cultura sajona sí tiene mucho respeto al bufón, al cómico, al actor en general. Aquí hay menos respeto, pero hay mucho cariño. A veces me gustaría que estuviera más compensado: menos cariño y más respeto (risas).

El viaje del humor al drama es posible, y hay ejemplos como Chaplin o Pajares. ¿Y el inverso?

Es más complicado. A mí me hace gracia, por decirlo de alguna manera, que el actor cómico se legitima cuando pasa al drama. Es como “Hostia, pues es buen actor”, porque te acuerdas de López Vázquez en La cabina o Landa tiene que hacer Los santos inocentes. Me hace gracia.

¿A quién admira profesionalmente?

Me parece todo respetable, pero admiro de verdad a esta gente omnívora que es capaz de hacerlo todo. Vengo de trabajar con Carmen Machi, que me parece la puta ama, tiene la capacidad de ser una in streaming alternativa, hace Ocho apellidos vascos y una tragedia griega, un texto de Bernhard, una peli de Álex de la Iglesia, televisión… de todo, y todo bien, y con humanidad, con respeto. O Meryl Streep, que la ves haciendo de niñata en Mamma Mia! y dices “Sí señora”.

La humanidad del actor…

Tengo la suerte de que la gente que más admiro la tengo muy cerca. Carmen Machi, Juan Diego, Javier Cámara… Me alucinan los actores que ganan en técnica y en versatilidad, y que no dejan de ser personas por eso, sino al revés, son muy personas. Cámara es superhumano, no parece un actor, Machi no parece una actriz. ¿Quién te gustaría ser de mayor? A mí me gustaría ser mi padre como persona, como hombre, alguien que tenga humanidad y se la puedas dar al personaje que haga falta. Los actores que crecen tanto en lo técnico como en humanidad me admiran.

¿Con qué director le gustaría trabajar?

Con todos los buenos. Ha sido un lujazo trabajar con Alberto Rodríguez en La Peste, haciendo un trabajo muy diferente, de estos que dicen “Ah, pues era buen actor” (risas). Es un director muy diferente a mí como director, un sevillano insólito, un tío pa dentro, pero muy inteligente, sensible, educado y cariñoso. De las experiencias más guays que he tenido profesionalmente.

¿El teatro engancha?

Es la artesanía, el oficio. Y la adrenalina, he pasado mucho miedo haciendo teatro.

¿En el teatro existe eso que los flamencos llaman duende?

Hay una frase de los flamencos: el duende son los billetes verdes. El duende es el oficio también, y hay que trabajarlo y refrescarlo todos los días, haciéndolo nuevo. Hay gente más perra que pone el piloto automático y con eso es suficiente, y hay gente que se exige más en la interpretación.

¿Esa exigencia es propia de los actores geniales?

No lo sé, hay actores geniales que no hacen nada (risas). Esta profesión es tan rara, es muy fácil o imposible… yo, por ejemplo, no creo en el intrusismo profesional, la demostración es mi madre, ahora llega esta y hace pum… y pones ahí a Marlon Brando y no te lo hace.

¿Es intuición?

No lo sé. Le decía a mi madre: “Has hecho una interpretación acojonante, pero eso no significa que seas una gran actriz. ¿Tú te acuerdas de la perra Lassie, lo bien que lo hacía?”. “Me voy a cagar en tus muertos”, me decía (carcajadas).

¿Las historias más extraordinarias son las más ordinarias?

La realidad me parece interesantísima, tan compleja e inspiradora, todo lo pequeño, lo que sea. Hay cosas alrededor que me parecen superinspiradoras. A mí me alucina lo que tengo muy cerca.

¿Hay poesía en una lata de melva o en un yogur sorbido?

Sobre todo en una lata de melva (risas). Es tener oreja para escuchar lo que hay de insólito en todo esto (señala a su alrededor). Había un esfuerzo por hacer una mirada sueca de toda esa realidad que había vivido de chico. Tú lo puedes identificar porque seguro que has visto una lata de melva abierta, pero en Ginebra, presentando Carmina y amén, una rusa me dijo que le impresionaba mucho porque estaba contando la historia de su familia: “Me parece que estaba viendo Rusia, con el padre borracho y mi madre”.

¿Ha logrado un estilo propio de contar? 

Me he encontrado con un lenguaje casi por casualidad en ese esfuerzo por retratar con fidelidad a esa persona, mi madre. De repente hay una manera de mirar que se ha convertido en un estilo, que he intentado adaptar incluso a una película de encargo como Kiki. El sonido, escuchar las cosas, desdibujar el texto, que no sea nananí nananí, sino otra cosa más orgánica, el peligro de la interpretación, que no sepan muy bien qué viene, lo inesperado… me parece muy mágico.

¿Qué es el éxito?

Hacer lo que te da la gana. En todos los sentidos, eh.

¿Su primer consejo para el éxito?

Saber lo que quieres, apuntar bien es lo más complicado. Para eso hay que conectarse, porque hay mucho ruido socialmente, saber lo que uno quiere y después ves que sorprendentemente no es imposible, que la mayoría de las cosas que queremos hacer no las hacemos porque no nos las permitimos.

¿Y el derecho a equivocarse?

Estados Unidos, que es una mierda de sociedad en muchos sentidos, es grande en otros. El derecho a equivocarse, lo tienen clarísimo. Tú puedes cagarla muchísimo y eso no se tiene en cuenta, puedes resurgir. Allí valoran que te arriesgues. Aquí, tú la cagas y no te levantas. No se perdona el fracaso.

¿Cuál es la clave del éxito de estos personajes suyos: El Luisma, Raquel Revuelta y Carmina? 

Del Luisma, su optimismo. Se encuentra una mierda y piensa que es afortunado. La luz es más fuerte que las tinieblas, y El Luisma es un ejemplo. De Raquel Revuelta, la candidez. Y de Carmina, la verdad.

¿España es un país de cotillas?

Es más envidioso que otra cosa. La envidia es muy española, también el cainismo, pero hasta en las familias, en lo más chico, eso de señalar el fracaso del otro, el defecto del otro.

Ha rodado La Peste, ¿qué representaría la peste en nuestra sociedad? 

No sé, hay una cosa que me entristece y es el descrédito en general de la cultura. Hay algo que nos hemos creído, y que viene desde Franco, esto de los artistas son putas, maricones, gente de mal vivir y vagos. Y ahora se ha reciclado en que somos las mismas putas, vagos y maricones, pero subvencionados. Y eso está muy asentado en la sociedad. Ya no son cuatro políticos irresponsables y analfabetos que dicen burradas, de esa gente no me extraña, ni tampoco que Rajoy diga que no ha visto ninguna película española y no se le caiga la cara de vergüenza. Pero que eso cale en la gente sí me preocupa. Hay un peligro de que la cultura se convierta solo en entretenimiento y en no pensar, cuando tiene que ser lo contrario, pensar, revolver conciencias. Si hay una plaga, es esa, el abotargamiento, la anestesia mental, “no pienses, pa qué te vas a meter en ”.

¿Cómo se define ideológicamente?

Cada vez soy más ácrata. No me siento orgulloso de serlo y admiro a la gente que está comprometida ideológica y políticamente y tiene  muy claro las cosas que defiende. Yo, por familia, por profesión, por venir de barrio, soy más izquierdoso que otra cosa, pero estoy muy descreído; y como no soy político ni tengo que tener las cosas claras ni dar soluciones a los problemas de la gente, pues me permito dudar, que me parece que es lo más humano y con lo que más me identifico. Los toros, yo que sé, tío… Todo es complejísimo, soy incapaz de decir esta es la verdad, seguidla. Hay cosas impepinables, injusticias flagrantes, como los refugiados que prometieron acoger y no se están acogiendo… Es obvio, pero en otras cosas no.

¿Sale caro opinar?

Sí. Mira que no soy abanderado de nada, pero tú pones en Twitter “Hola” y me dicen “Hola, pues será para ti” o “Subvencionado, hola”. Por cualquier cosa te machacan. Eso es politizar, hay como unos bandos, que es lo que más me entristece, esta cosa antigua de que la gente de derechas odia a la gente de la cultura… ¡Eso cómo va a ser! (indignado). Y viceversa. Es mentira.

¿La primera regla en el amor? 

Aceptar al otro tal como es, creo que es importante para que sea un amor verdadero. La tolerancia, el respeto, querer a la otra persona tal como es hasta las últimas consecuencias, que eso es heavy. Es la única manera para tener un amor sincero, ya sea una amistad, una pareja o incluso tu familia, la tienes que querer como es. Hasta el amor propio, hasta uno mismo si no se acepta, no se va a querer nunca.

¿Todo está permitido en el amor?

No. Por amor se han hecho, y se legitiman, unas barbaridades muy grandes. El enamoramiento es una neurosis con mucha literatura, una enajenación mental, por la que se hacen hasta guerras. Se entiende y legitiman los crímenes pasionales y esas mierdas… El amor es muy poderoso, y muy mierda, según cómo.

¿Le costó hacer pública su bisexualidad?

Para mí, fue más importante el cómo que el qué. Soy muy pudoroso con mis cosas, y mi táctica ha sido ser muy generoso en un sentido para ser muy rácano en otro; hasta ahora me he llevado bien con la prensa del corazón y, a pesar de estar tan expuesto, se sabe lo que yo he querido que se sepa y punto. No oculto nada, pero tampoco cuento, no me gusta. Me permití esa naturalidad (anunciarla en una entrevista televisiva) porque creo que es como hay que hacer las cosas.

¿Le miran de manera distinta ahora?

Al día siguiente llevé a mi hija al colegio y estaba pendiente, ¿sabes? (risas). En general, fue bastante celebrado, no solo el hecho sino la forma de decirlo. Me cuesta mucho trabajo ponerme ahí y que me hagan el abanderado de algo. Yo admiro muchísimo a la gente del colectivo LGTB, que ha conseguido logros muy concretos, pero a mí me cuesta mucho trabajo. Soy muy mío para mis cosas, bastante tengo con lo mío.

¿No se considera activista?

La naturalidad también es una manera de activismo. En este mundo de lo políticamente correcto, ser natural es lo más subversivo. La provocación de toda la vida, esa de meterte un crucifijo por el coño… hoy es más provocador salir con un bambito y tirarte un pedo si nadie te ve (risas).

¿Y el Orgullo Gay?

Se ha asumido como una fiesta. En Madrid son los carnavales, la celebración del sexo y del guarreo, aparte de un negociazo increíble. Pero sí hay algo que cala; cada vez que veo una bandera gay me da la tranquilidad de que hay alguien que tiene voluntad de ser tolerante.

¿En qué le ha cambiado la paternidad?

Creo que poco. Ese miedo al poder que tiene el mundo para hacerte daño se multiplica por todo lo que le pueda pasar a ella. A mí es que me gusta mucho la persona que hemos creado, me cae superbien. Tengo un enamoramiento, hay una persona ahí que, por poco que me lo curre, me va a querer toda la vida, y yo a ella. Eso es un flechazo, eh (risas).

¿Le gusta el flamenco?

Presentando Carmina en Ginebra, una mujer me dijo que le sorprendía que esa gente tan bajuna y humilde de repente hacía una fiesta, y allí había algo artístico, y que cómo se me ocurrió juntar el arte con esos ambientes de pobreza. No entendía la pregunta, hasta que me di cuenta que de donde vengo el arte no es patrimonio de la intelectualidad, es de la tribu.

¿Qué le apasiona además de su profesión?

Tanto como mi profesión casi nada. Soy muy hedonista, los placeres como la comida, el sexo, el arte, la ropa buena, el jamón, un fandango bien cantao… las cosas buenas me apasionan.

¿Certezas a estas alturas?

Muy pocas, ideológicas casi ninguna. ¡Hostia, que nos vamos a morir! Esa es gorda, la fundamental.

Si su vida fuera un guion, ¿cuál sería la última frase?

Siempre me ha gustado, como para terminar algo, esa de “Vámonos de aquí que se están riendo de nosotros” (carcajadas).

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