Paco Gandía, la hipérbole mayestática

El humor es lo más serio que existe. Es un tac de la realidad envuelto en un papel de regalo. Actúa como una rotaflex que alivia las aristas de las miserias diarias. El duelo por los humoristas es un duelo doble: todos morimos con él porque nos asesinan la ilusión para devolvernos al fango de la realidad. Por eso la muerte de este demiurgo, capaz de armonizar en un universo propio garbanzos, legionarios, funerales, grifa y toda la fauna que cabía en su genial visión de la vida, fue una tragedia colectiva. La desaparición de Paco Gandía fue su único caso verídico que nos hizo llorar.  

Francisco Gómez Gandía nace en la calle Viriato de Sevilla en 1930. Su historia arranca como la de muchos niños de aquella ciudad que ya barruntaba la guerra, marcada por las penurias. Huérfano antes de cumplir los tres años de edad, unos familiares le recogen junto a sus cuatro hermanos. Conoce la miseria de primera mano, materia prima de la que extraerá la esencia de sus casos verídicos. “Con veinte años me quitaron seis metros de tripa sin estrenar”, afirmaba en sus entrevistas para quitar hierro a una infancia marcada por el hambre.

Aquel chaval comienza a buscarse la vida como puede, en los más variopintos oficios. Trabaja en una fábrica de gaseosa, en una de caramelos y en otra de aceites, además de patearse las casas de vecinos de aquella ciudad de posguerra vendiendo a dita toda clase de objetos y productos.

Su buen amigo, el restaurador Enrique Becerra, comienza a llevar a Paco para que amenizara con sus historias los banquetes en bautizos, bodas y comuniones que sirve. Aquel dinero completa el sueldo como operario de la aceitera Rosil, empresa que no se atreve a dejar para dedicarse profesionalmente al humor. Comienza a ser requerido en reuniones privadas y salas de fiesta, destacando su paso por la mítica La Trocha, donde coincide con otros artistas, entre ellos Pepe da Rosa.

Este encuentro será crucial en la vida de Paco Gandía. Pepe da Rosa habla con José María Íñigo, estrella televisiva de la década de los 70, para que lleve a actuar a Paco a uno de sus programas. Da Rosa manda a Madrid una cinta con algunos chistes de Gandía para que Íñigo los escuche; la primera impresión es que aquel humorista resulta demasiado tosco para la televisión, pero Da Rosa insiste en llevarlo bajo el compromiso de “refinarlo” un poco de cara a su actuación.

Imaginen una audiencia de más de veinte millones de telespectadores pendientes del único canal de televisión existente. Esta noche… fiesta comienza la emisión y José María Íñigo da paso a un desconocido Paco Gandía que “viene a contarnos sucedidos verídicos”. “Se imaginan lo que es un hombre parao…”, con esta frase comienza el legendario chiste de los garbanzos -hoy ya instalado en el imaginario colectivo de este país-, que lanzará al estrellato al humorista que en un par de horas coloca su caché por encima de las 75.000 pesetas de finales de los años 70.

A pesar del éxito, Paco Gandía sigue trabajando en la aceitera porque no confía en que el mundo del espectáculo asegure el futuro de su familia. Aparece entonces el empresario artístico Antonio Pulpón, quien por adelantado le ingresa tres millones de pesetas en un plazo fijo a cuenta de los ingresos que prevé ganar como mánager de Gandía.

El olfato de Pulpón una vez más funciona y Gandía se convirtió en un referente del humor y en uno de los personajes públicos más queridos por el público, que demanda su presencia continuamente. Recorre Andalucía actuando en ciudades y pueblos, donde entusiasma al público con su particular estilo de hacer humor. Cada actuación es cerrada con el colofón del chiste de los garbanzos, al que algunos han llegado a calificar como “el chiste mejor contado de la historia”. Se inspira en la calle, en el día a día para crear sus casos verídicos, auténticos precursores de los monólogos humorísticos actuales.

Actuaciones, festivales, salas de fiesta y un casete de chistes (Riendo se entiende la gente), además de actuaciones para multitud de causas benéficas, copan la agenda de Gandía en solitario. Pero también forma un trío  humorístico con Pepe da Rosa y Josele que pisa todos los teatros de Andalucía y rueda dos películas, Se acabó el petróleo y Los alegres bribones (más tarde él participaría en otra película, Un parado en movimiento). En aquella vorágine de actuaciones y desplazamientos, Gandía impone dos condiciones: no viaja en avión y jamás duerme en el lugar donde actúa, volviéndose a su casa en coche, que él mismo conduce.

La fama ya no le abandonará a lo largo de una carrera artística de treinta y dos años, marcada por una personalidad inconfundible, por un estilo propio e inimitable, que lo elevan al Olimpo de los cómicos geniales de este país junto a nombres como Gila, Tip y Coll, Martes y Trece, y Chiquito.

En 2003 pierde a su mujer, una muerte que afecta al humorista y hace que abandone los escenarios durante unos meses. Regresa a la profesión hasta que le diagnostican un cáncer pleural, muriendo el 10 de febrero de 2005 en Sevilla, noticia que coge a la ciudad por sorpresa. Ese mismo año es nombrado Hijo Predilecto de la Provincia de Sevilla a título póstumo. Han tenido que pasar doce años desde su fallecimiento para que el Ayuntamiento de su ciudad haya rotulado una calle con su nombre.

Humorista mayestático, impecablemente vestido con traje y corbata, pelo tintado y raya a un lado. Rictus imperturbable, gestualidad mínima y austeridad en la escenografía, contradicción entre forma y contenido que exacerbaba el efecto en el público. Cimentó su éxito en dibujar con un lenguaje popular y con comparaciones hiperbólicas (“Más parado que un avión de mármol”, “Tiene pescuezo para escribir El Quijote con una maja”) caricaturas de la cotidianidad, para hacer extraordinario lo ordinario gracias al humor. Parafraseando a Manuel Machado con las coplas, un humorista no lo es hasta que el pueblo lo hace suyo, y Paco Gandía lo es porque incluso se han incorporado algunas de sus comparaciones en el habla popular de Andalucía.

Así fue Paco Gandía, el genio que nos hizo reír con sus mentiras sobre verdades duras hechas casos verídicos.

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