Osadía versus Administración

En un reciente viaje relámpago de trabajo a Figueras he podido ver por primera vez con mis propios ojos el Teatro-Museo Dalí. Aquel edificio es lo que yo entiendo por una verdadera fantasía: imponente, extravagante, intrépido, alegre, inquietante y culto, se yergue haciendo gala de todos estos adjetivos en una calle central de esta encantadora ciudad catalana, en la que per se se alza como el incuestionable rey y señor del lugar.

Lo primero que pienso es: ¡Qué suerte tuvieron en este lugar de que un grupo de personas tuviera tanta osadía! Lo que me lleva a pensar, haciendo un balance rapidísimo de algunas de las maravillas del mundo que se me pasaron en ese instante por la cabeza, que todas ellas compartían ser fruto del talento, pero también, en parte, de la osadía.

Tal y como comenzó mi relato, lo que me llevó a Figueras era un nuevo proyecto. En la visita de obra me facilitaron toda clase de información sobre los requisitos de ordenación e “higiene estilística” que impone su ayuntamiento, que no es un caso ni mucho menos aislado de esta ciudad. Así pues aprendo que “las contraventanas deben ser blancas”, “las carpinterías tienen que ser verde inglés” y unos etcéteras que me llevaron a pensar en todos los requisitos y requisitos que he tenido que salvar en tantos otros lugares y ocasiones. Me pregunto, ¿qué habría pasado si hubieran impuesto tantas normativas a Dalí y a su ilustre cuadrilla allá por los años setenta? ¿Qué habría pasado si les hubieran dicho que su museo no podía tener huevos gigantes coronando sus muros, que sus fachadas debían medir determinados metros de alto y tener  huecos verticales equidistantes, o que no podían pintarlo de rosa y dorado? Yo tengo la respuesta: se habrían privado de aquello que les ha dado un lugar de honor en el mapa del mundo, y esta población no tendría hoy el museo que se sitúa entre los cuarenta más visitados del planeta. Quizás hoy Figueras pasaría inadvertida como algunas ciudades cercanas, quizás no tendría parada del Ave, quizás su economía estaría en declive… quizás, quizás, quizás…

Las normas estéticas de la administración nacen de una buena intención, pero estoy convencido de que, en la mayoría de los casos, su correcta aplicación no garantiza finales felices. En Sevilla, por ejemplo, no es difícil encontrar casos frustrados y frustrantes de fachadas que cumplen estrictamente los requisitos de urbanismo y que, sin embargo, son ejercicios de una incultura total, y verdaderos atentados contra el patrimonio. Así pues, dentro de la carta de colores permitido en la capital hispalense, no hacen distinción entre cuales son los colores adecuados en función de las épocas de las casas y su correcto uso (desde el punto de vista patrimonial), y encontramos recias y aristocráticas viviendas del siglo XVII pintadas en colores tímidamente pasteles, y de la misma guisa gráciles casas románticas llenas de caprichosas escayolas vestidas con los colores que les hubieran correspondido a las anteriores, desvirtuando completamente cualquier lectura estilística de las mismas. Esto solo es un ejemplo que abriría la veda a la discusión de otros muchos aspectos cuestionables de “la norma”, que después de poner límites a la creatividad, ni tan siquiera garantiza un porcentaje de éxito que justifique su castradora existencia.

Dalí tuvo suerte, pero otros no la tienen tanta porque… con la administración hemos topado, que a veces con el mismo gesto que corta las alas a los genios, le da armas a los necios.

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