Ortega Bru

El artista, uno de los grandes imagineros del siglo XX, transitó por la escultura contemporánea, desde la abstracción hasta propuestas cubistas, informalistas y surrealistas. Los hallazgos los aplicó a las tallas devocionales.   

Luis Ortega Bru (1916-1982) se aupó sobre las tapias de su tiempo a medio camino entre el pájaro y el milagro. Hombre flaco que de frente ya anunciaba vocación de perfil, arrastró una biografía torturada: la ejecución de sus padres, la guerra en el frente, los campos de concentración, los años de cárcel… Este hombre sufría hasta donde nadie podía alcanzar. De ahí que se sumergiera en el arte como una forma de estar en el mundo y como un recurso desesperado. Probablemente alguna vez intuyó que la montaña es la máxima expresión escultórica.

En la frontera de su centenario, este relato sorprende al hijo mayor de un alfarero anarquista de San Roque cuando el siglo XX va a partirse justo por la mitad. Ortega Bru está trabajando en su taller de Sevilla. El lugar tiene algo de laboratorio, un cruce de santuario y campo de pruebas. Una pieza extraña, formada por bloques de piedra y alambres, está rodeada de tallas de Cristos extremados, con los que (él aún no lo sabe) se hará sitio en el arte. Él, que construirá una galaxia propia en la escultura religiosa, desplazará desde coordenadas contemporáneas la belleza en favor del misterio.

Claro que este vínculo de Luis Ortega Bru con la vanguardia es peculiar, algo así como un grito interior, una pasión íntima. El escultor nunca estuvo apoyado en actividad teórica alguna y no se le conocen opiniones más allá de las genéricas. Tampoco parece que tuviera trato directo con ningún artista avanzado. “Sus estímulos parecen visuales, y los resultados consecuentes con modos personales tendentes a la búsqueda de formas inéditas, resueltas con principios y claves propias”, señala el profesor de Historia del Arte Andrés Luque Teruel, autor de diferentes estudios sobre el creador.

Pero, sobre este punto, la conclusión es rotunda: Ortega Bru hace escultura de hoy antes que nadie en Sevilla, incluido Manuel Echegoyán. No obstante, nadie se enteró de ello en su día y nada cambió en el contexto ni en las posibilidades de evolución de la escultura local. Al respecto, Luque Teruel recalca: “No podemos dejar de considerar la realidad de la existencia de una vanguardia oculta, desconocida, inédita, si se quiere intrascendente en su época; mas, en todo caso, cierta, como tal y como manifestación de un tiempo, fuese conocida o no”.

Así, el aire de las vanguardias ya está presente en la primera escultura importante de su producción, Los Titanes (1943), que logró el máximo galardón en el certamen de escultura y artesanía de Cádiz. Es un grupo en miniatura modelado en barro que presenta a cuatro jóvenes desnudos –tres de ellos, a un lado; el otro, en el extremo opuesto: todos estilizados hasta la desproporción- que se abrazan para contener el desplazamiento de una masa informe, potente, viva en el centro de la pieza. El rostro de una de las figuras recuerda al David de Miguel Ángel.

Pese a los ecos informalistas de esta escultura, más decisiva en su producción será Estudio. Arquitectura (Perspectiva), obra abstracta ejecutada hacia 1950 coincidiendo con el encargo del Cristo de la Misericordia para la hermandad sevillana de El Baratillo. La pieza está formada por once bloques ensamblados con alambres, oscuros y rígidos. La relación en tres niveles de las distintas partes que componen la escultura es válida, por ejemplo, para la representación esquemática del cuerpo humano, a modo de cabeza, tronco y extremidades. Ortega Bru y algunas de sus obras

Las innovaciones que contiene Estudio. Arquitectura (Perspectiva) son claramente visibles en la talla devocional de la cofradía del Arenal, considerada la primera obra de madurez de Ortega Bru. Así, el cruce de piernas, forzado, violento por lo tanto, introduce y prepara al espectador para el impacto visual de las deformaciones y las libertades interpretativas del torso. El brazo caído, desplomado, inerte, atrae la mirada y desvía la atención sobre el brutal deterioro de los hombros. El realismo de la cabeza, desplazada hacia atrás, volteada, muy dramática, sintoniza con el de las piernas y los brazos.

Estas conquistas son llevadas al extremo en el misterio del Traslado al Sepulcro de la hermandad de Santa Marta de Sevilla, considerada su obra maestra. En la escultura del Cristo de la Caridad, la iconografía está resuelta de nuevo en unidades anatómicas escalonadas, capaces de asumir la porción de realidad encomendada con una veracidad excepcional. A ello se le une la ejecución expresionista del sudario, con cortes toscos, duros y aún violentos; la monumentalidad del modelado y la valentía expresionista de la talla. En definitiva, el resultado es una geometría apasionada. Esta obra no fue la meta de Ortega Bru, pero, posiblemente, sí su récord de valentía.

Por este trabajo, el escultor recibe la Encomienda de la Orden Alfonso X el Sabio por parte –paradójicamente- del gobierno de Franco. El Ministerio de Información y Turismo, dirigido entonces por Gabriel Arias-Salgado, le entrega la distinción en las dependencias de la nueva cofradía sevillana. Sin embargo, al galardón le acompaña pronto una fuerte polémica originada por varios imagineros sevillanos que veían con inquietud la fuerza creativa de un artista que no respondía a los criterios locales, capaz de madurar un universo formal personal, único, al que no accedían.

Ante el escándalo, Ortega Bru decide poner tierra de por medio. La oferta del escultor Félix Granda para trabajar en su empresa –dedicada en sus primeros años, por cierto, al lucrativo negocio de reconstruir las iglesias que habían sufrido daños durante la Guerra Civil- y el encargo de las Puertas en bronce de la Secretaría de Estado para asuntos del Opus Dei en el Vaticano le permiten irse a Madrid, donde vive entre 1955 y 1958. Los relieves realizados en esta última obra para Roma están plagados de connotaciones expresionistas, como demuestran las deformaciones de las figuras de la Sagrada Familia, la Piedad o la Ascensión de la Virgen.

En este periodo, el escultor trabaja también para los estudios cinematográficos Bronson. Realiza una serie de esculturas clásicas destinadas a los fondos arquitectónicos de los decorados de las películas históricas ambientadas en Roma. A día de hoy, se ignora el paradero y el estado de conservación de estas esculturas, modeladas en barro y vaciadas en escayola, muy posiblemente lacadas para imitar el efecto del mármol, con un valor más anecdótico que artístico. Se conocen tres de ellas (un Dionisio y dos desnudos, uno masculino y otro femenino) por fotografías. Se trata de estudios anatómicos resueltos con las claves de la escultura griega clásica de finales del siglo V antes de Cristo.

Pero, al margen de anécdotas, en la obra de Ortega Bru hay mucha más vanguardia, mucha más. Una artillería que da forma a algunas de las obsesiones que acompañaron al escultor: la mirada, las figuras, el espacio… Por ejemplo, en La Catedral, realizada en 1960, donde dispuso un cubo abstracto trabajado en bloque, con planos movidos debidos a la incidencia de los recortes, las contrasiluetas que producen o la perforación en negativo. “La desfiguración de un perfil, volumen o formato que debería ser sólido, la ambigüedad que esto produce, la acercan al surrealismo y la hacen partícipe del mundo fantástico de las pinturas de ese lustro”, expone el profesor Luque Teruel en el artículo Luis Ortega Bru. Esculturas inéditas de vanguardia (2012).

Desde los años sesenta, Ortega Bru compatibiliza los encargos de tallas devocionales (Jerez, Málaga, Sevilla…) con la pintura y la escultura experimental, como las piezas de la serie La piedra filosofal y La máquina, de 1960, o El eco, ejecutada cinco años después, donde la abstracción expresionista adquiere un movimiento circular que asume conceptos desarrollados por el cubismo y el surrealismo. Esta propuesta tendrá desarrollo en las pinturas fantásticas que elaboró en los últimos años de su vida, donde vuelve a mostrar los temores, la rabia, el horror que le acompañaron siempre.

“Mi arte es la expresión del alma de mis amigos que han muerto luchando por un ideal. Son como sueños torturados”, asegura Ortega Bru en 1978. Ése era el resorte de su reflexión: un más allá. Ponerse en lugar del otro. Descubrirse a sí mismo a través de los demás. Y lo hizo intuyendo, observando con impaciencia y tanteando en los movimientos artísticos de su tiempo, de las vanguardias históricas a su propia vanguardia, con una vocación de explorador a solas que cruzó por el naturalismo, el informalismo y el surrealismo para desembocar en una escultura religiosa intransferible que principia en el ensayo de la mirada. Él, un vanguardista íntimo.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>