Once de gala

Las dos grandes pasiones de nuestro tiempo comparten la esencia de los sueños y las emociones, aunque la vinculación entre ambas es extraña, compleja y hasta divertida. Se apaga la luz en la sala; se enciende la grada…

Está en cualquier sitio. En la melancolía final del domingo, en el sótano de las preocupaciones frívolas y en el morse de patrias que contiene las banderas. El fútbol es una costumbre. Mezcla la memoria con la realidad, la soledad con la fiesta y la exaltación compartida con la triste enfermedad de los finales. No hay nada que se parezca más a las verbenas disueltas por la lluvia que la luz del autobús cuando el aficionado regresa al hogar después de una derrota. Otras veces es el motivo de una alegría sin asomo de lógica, como es la felicidad más infantil y verdadera. Cartel Evasión o Victoria

Es tanta su presencia que desentenderse del fútbol suele ser una opción, algo así como retirarse del mundo. Jorge Semprún, por ejemplo, tuvo que ponerse al día cuando se infiltró en España como dirigente comunista encargado de montar en la clandestinidad la resistencia contra el franquismo. Oyendo en una cafetería madrileña la conversación apasionada de los allí presentes, se le ocurrió preguntar quién era Di Stéfano. Estalló en el local tal silencio y recibió tantas miradas de asombro -¿de dónde habrá salido este tipo?, parecían decirle- que comprendió la necesidad inmediata de conocer los héroes futbolísticos para no caer pronto en manos de la autoridad.

Muy posiblemente, a otro comunista, el poeta Rafael Alberti, cabe el honor de ser el primero que situó al fútbol en el terreno de juego de la cultura. En un intento de crear una mitología urbana y contemporánea, dedicó en su libro Cal y canto (1929) una Oda a Platko, el portero húngaro del FC Barcelona al que vio desde la grada de El Sardinero en la final de la Copa del Rey de 1928. El autor de Sobre los ángeles buscaba la creación de una nueva épica, donde tuvieran cabida tanto el fútbol como los nuevos inventos: los aviones a reacción, el teléfono, el automóvil, el cinematógrafo. “Yo nací -¡respetadme!- con el cine”, proclama el poeta en esas mismas páginas.

Como bien pareció intuir Alberti, el fútbol y el cine han llevado biografías paralelas. Las primeras reglas escritas del balompié datan de 1863. La primera proyección de los hermanos Lumière sucedió en 1895. Su inmenso atractivo los convirtió en las fórmulas de entretenimiento más exitosas del siglo XX. A medida que la centuria avanzaba, perfeccionaron técnica y argumentos. Ambos desarrollaron sus lenguajes y sus liturgias, que fueron fácil y rápidamente adoptados. Sin embargo, “las dos pasiones de nuestro tiempo han combinado poco y mal”, ha señalado en alguna ocasión el periodista deportivo Santiago Segurola, quien llegó a ser jefe de Cultura de El País.

Es cierto: el fútbol no tiene su película. Acaso por su naturaleza. Cada golpeo, cada jugada, cada partido ocurre una sola vez. Es instantáneo y, como el fuego, mientras brilla, se extingue. Su belleza es, de algún modo, irrepetible. Y por eso fascina. Con el tiempo, la televisión liberó al cine de una tarea imposible: representar el fútbol, reconstruirlo, actuarlo como si se tratara de una función de teatro con guión previo. Aunque lo intentara John Huston con Bobby Moore, Ardiles y el mismísimo Pelé de delantero centro en Evasión o victoria (Victory o Escape to victory, en sus versiones estadounidense e inglesa, 1981).

El rodaje de esta película –una recreación libre del episodio protagonizado por un grupo de jugadores del Dinamo de Kiev durante la ocupación de la ciudad por los nazis en 1942- está llena de anécdotas. Entre las más célebres, el reto de Sylvester Stallone a Pelé: al parecer, se apostó 1.000 dólares a que al menos le paraba cinco de los diez penaltis que lanzara. Pero el estadounidense no paró ni uno. Y, además, se rompió un dedo con uno de aquellos balones de cuero cosido de antaño con los que se rodó la película en las inmediaciones de Budapest. pele director

Pero el fútbol no es sólo un juego. Es una metáfora de la vida y, a veces, la vida misma, como recordó Albert Camus. “Lo que sé con mayor certeza sobre la moralidad y el deber del hombre se lo debo al deporte”, dijo aquel guardameta del juvenil del Racing Universitaire de Argelia que llegó a Premio Nobel de Literatura. Las historias de fútbol son siempre excesivas porque tienen que ver con la agonía y con los milagros. De ahí su fuerza, de ahí su normalidad. La existencia suele ser agónica y el último minuto está pensado para que, de vez en cuando, sucedan los milagros o se cumplan, definitivamente, las tragedias.

Es precisamente ahí cuando el cine despliega toda su energía. “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios… Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”, afirma en la película de Juan José Campanella El secreto de sus ojos el ayudante de inspector Pablo Sandoval al descubrir en unas cartas del asesino que esos nombres aparentemente sin relación (Oleniak, Anido, Mesías, Manfredini, Bavastro, Sánchez…) son, en realidad, jugadores del Racing Club de Avellaneda. A partir de aquí, un larguísimo plano-secuencia de más de cinco minutos rodado en las gradas del estadio de Huracán. Acaso, la mejor escena jamás rodada sobre el fútbol.

Como El secreto de sus ojos, algunas cintas que mencionan el fútbol sólo durante segundos aportan mucha más luz que casi todas las que, presuntamente, le dedican todo el metraje. En esta categoría están El ladrón de bicicletas, Volver a empezar, Estación Central o el inolvidable amago de Caminero a Nadal que Almodóvar incluyó en Carne trémula. Nada que ver, por ejemplo, con el uso que el cine español ha hecho generalmente del fútbol. En ocasiones, ha sido una mera excusa para la comedia, como la pionera Clarita y Peladilla van al fútbol (Benito Perojo, 1915). Otras, simplemente, un fondo de decorado en títulos como Once pares de botas (Rovira Veleta, 1954) o Las Ibéricas Fútbol Club (Pedro Masó, 1971).
marilyn patada pelota

En este sentido, Gran Bretaña es la excepción de dignidad, que para eso inventó el juego. Ya trató el fútbol con tino en la imprescindible Misterio en el estadio del Arsenal (Theodor Dickinson, 1939). Pero, además, lo retoma periódicamente. A veces con el acierto poético de Fuera de juego (David Evans, 1996), basada en el libro de Nick Hornby; otras, con la profundidad de The damned United (Tom Hooper, 2009), cuyo punto de partida es otra novela, en esta ocasión firmada por David Peace. Otras cintas como I.D. Identification (Phillip Davis, 1995) y Quiero ser como Beckham (Gurinder Chadha, 2002) abordan con considerable corrección cinematográfica y respeto por el fútbol dos apartados concretos: la violencia ultra y el fútbol femenino, respectivamente.

En las relaciones entre cine y fútbol destacan también algunos documentales, como la aproximación de Emir Kusturica a la figura de Maradona (2008) o la breve pero fulgurante trayectoria del Cosmos de Nueva York a finales de la década de los setenta recogida en la cinta Once in a lifetime (2006). Otros títulos de interés son The game of their lives, película que trata de la sorprendente selección norcoreana de fútbol que derrotó a Italia en el Mundial de Inglaterra de 1966; Football under cover, historia del primer partido oficial de la selección femenina de fútbol de Irán, y The two Escobars, que plantea cómo se llegaron a cruzar las vidas del narcotraficante Pablo Escobar y Andrés Escobar, la estrella del fútbol colombiano en el Mundial de Estados Unidos de 1994.

Finalmente, hay un aluvión de episodios deliciosos que unen al fútbol con el cine. Marilyn Monroe realizó el saque de honor, el 12 de mayo de 1957, en un partido de exhibición del Hapoel de Tel Aviv en el estadio Ebbets Field de Nueva York, hoy ya demolido. La estrella acompañaba a su entonces marido, el dramaturgo Arthur Miller, quien acudió a celebrar el noveno aniversario del Estado de Israel. Por su parte, Pier Paolo Pasolini, seguidor del Bolonia, acordó en 1975 sellar la paz con Bernardo Bertolucci con un partido de fútbol entre los equipos de rodaje de Novecento y Saló o los 120 días de Sodoma. Algunos comentarios críticos de Pasolini le habían sentado mal a Bertolucci y resultaba necesario buscar un abrazo o un encuentro. Pero la derrota por cinco a dos no ayuda a calmar los ánimos de Pasolini. Con todo, alguna vez lo reconoció: “Después de la literatura y el erotismo, para mí, el fútbol es uno de los mayores placeres”.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>