Oda al calor

Algunos me van a tomar por loco, pero no hay nada como Sevilla en verano. El calor lo purifica todo y nos muestra una ciudad en estado puro, sin falsas connotaciones ni folclore barato, sin coartadas, solo luz cegadora y el placer de apropiarnos de sus calles y plazas. Como Roma y su ferragosto, Sevilla se convierte en una ciudad amable e interior, incluso los sevillanos que se marchan a las playas saben que en el fondo añorarán ese espacio familiar y relajante que nos devuelve lo mejor de nosotros mismos, hasta el punto de venir la mañana del 15 de agosto para comprobar que la Virgen de los Reyes, un año más, recupera el clasicismo ya olvidado. Tiempo de reflexión y de placeres ocultos, para saber que el calor en Sevilla enamora, solo hay que cambiar nuestras rutinas, olvidarse de ese sol que impone sus reglas sin piedad.

Créanme, ¿hay algo más bello que los amaneceres de pleno verano, que pasear por calles antiguas cuando el frescor de la madrugada aparece? No lo creo. Ya ha pasado la primavera con todas sus pompas y eventos, y Sevilla, al fin puede convertirse en ese pueblo grande que todos añoramos. Tardes de calor, refugiados en la oscuridad de nuestras casas, noches vividas en la calle, tranquilamente o en plena ebullición, junto a los amigos que se resisten a abandonar este espacio mágico que es la ciudad en verano.

Hacemos mal los sevillanos en demonizar nuestro verano, en él están nuestros primeros recuerdos, nuestras primeras noches que aspiran a madrugadas, el olor de la dama de noche, nuestras primeras elucubraciones que sueñan con salir a mundos situados junto al mar, sin saber que luego añoraremos la medida del tiempo que el verano, y solo el verano, puede darnos en esta ciudad. Tiempo detenido, tiempo eterno, a la par de irreversible, tiempo de añoranzas, tiempo que nos somete a unas reglas casi desconocidas, pero que repiten un rito cuyo objetivo es abandonar lo cotidiano a toda costa. Sevilla en pleno verano es una ciudad para vivirla a fondo, apolínea y dionisíaca a la vez. Todo gira alrededor de una sola idea, el placer, y este varía según la edad que se posea.

La verdad es que todo esto no es un tópico, sino algo muy palpable. Si quieres cultura, tienes lugares para encontrarla, o los cines de verano, donde lo que menos importa es la película que proyectan, sin olvidar la cultura de las terrazas de los bares tradicionales. El sevillano necesita de estos días de calor extremo, de sol implacable, de saber que hay algo que está por encima de todos y de todo. Es la potenciación de lo epicúreo, que tanto delimita a todos los habitantes de esta Hispalis eterna.

Me gustaría que volviesen las antiguas velas, que no toldos, a cubrir las calles del centro, algo que convertía a esta ciudad de interior en una ciudad marinera, de tiempos marcados, levar y arriar, dividiendo todo nuestro tiempo entre dos acciones que nos convertía en ciudad de sombras o en ciudad de frescor, algo que desgraciadamente ha desaparecido para siempre. Extraña ciudad esta que olvida lo mejor de sí misma con facilidad. Espacios pensados para disfrutar del calor y para combatirlo a la par.

El verano en Sevilla todo lo detiene, todo lo condiciona, a pesar de los aires acondicionados que rugen durante las noches, cuando el insomnio amenaza con sus garras si no sabemos combatirlo con sabiduría ancestral. Ya hemos olvidado el sentido del frescor para someternos a la dictadura del frío contra natura, estamos menospreciando la medida natural de los tiempos y su significado, despreciamos las sombras o los muros generosos en grosor, para combatir aquello que en el fondo adoramos. Verano en Sevilla es volver a nuestras raíces, a la soledad de sus calles, a la explosión al amparo de la noche, es en definitiva pura vida sin codificar. Romper la rutina a toda costa, en verano esta no existe y, si la buscamos, seremos irremediablemente vencidos.

Ciertamente me he referido a la ciudad intramuros pero también existe esa otra Sevilla de los barrios, donde los habitantes son aún más de ella si cabe. Barrios donde apenas van de vacaciones porque no hay posibles, donde el verano se vive más intensamente, sobre todo las noches, charlas relajantes en las terrazas de los bares cercanos, nadie mira el reloj porque la sabiduría popular sabe que hay que dejar que las casas se refresquen. Mañana será otro día al que hay que ganarle la apuesta. Hermosa y relajada relación con el calor. Recuerdan a las noches de Nápoles o Atenas, sabedoras también que el calor es parte de nuestra idiosincrasia. En estas zonas, donde subsistir es un milagro diario, se sabe que unas cervezas frías, unos caracoles y una buena charla apaciguan cualquier estado de ánimo. Pueblo dentro de un pueblo, orgullo de saber que todo se puede vencer, formas informales para derrotar lo formal. Matrimonios que sacan a sus niños a la calle, mayores que quieren recordar tiempos mejores y no los encuentran, trabajadores que buscan un espacio para el descanso y parados que suspiran con la recompensa tras un agotador día de trabajo;  espacios sagrados junto a las murallas de la Macarena, los Pajaritos, el Tiro Línea o la Barzola, pequeñas ágoras que congelan el tiempo por unas horas, donde los problemas desaparecen por arte de magia.

Ahora, en verano, solo queda la verdad íntima de saber derrotar al calor en esta ciudad. El calor, o la calor, es pura vida que rompe todas las reglas.

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