Ocaña de Cantillana

José Pérez Ocaña hoy podría enviar una postal comprada en alguno de los kioscos de Las Ramblas al niño que siempre fue. Lo haría al 41320 de Cantillana, a la Avenida Pintor Ocaña, la vía que su pueblo natal le dedicó tras su muerte, en un gesto que simbolizaba el armisticio definitivo en la tormentosa relación que mantuvieron.

Muchos se sorprenden al ver carteles de la Virgen de la Asunción de Cantillana en los kioscos de Las Ramblas barcelonesas. Este trasplante religioso se debe al proselitismo practicado en plena dictadura por el polifacético y transgresor artista Ocaña de Cantillana. Excepcional, adelantado a su tiempo, nunca renunció a la cultura en que creció. Vida y obra, inseparables, persiguieron la luz en tiempos oscuros, defendieron la alegría en una época timorata. Referente del activismo, buscó siempre la libertad, y eso lo convirtió en adorado y denostado a partes iguales. Manejó la provocación como arma reivindicativa y articuló un lenguaje artístico propio mediante la reinterpretación de lo típico.

Del surco a la cal

Nació en Cantillana en 1947 y desde pequeño se negó a ocultar su homosexualidad a pesar de la atmósfera cerril de aquella España rural. Pronto sintió fascinación por los ritos y ceremonias que celebraba la gente de su pueblo: entierros, velatorios con plañideras, reuniones de viudas, misas y procesiones religiosas, también las fiestas primaverales, el colorido y aquella luz meridional. Esta manera de entender la vida y la muerte fue configurando una estética muy personal en la imaginación del joven Ocaña. Manifestación Ocaña

Comenzó a trabajar muy joven en el campo hasta que con casi veinte años cogió la brocha gorda para ayudar a su tío blanqueando paredes. Es simbólico el cambio de la azada por la brocha. Mientras crecía, alimentaba sus pasiones. La primera, el teatro, sobre todo las comedias de los Álvarez Quintero. Luego decidió probar la pintura artística. Carecía de formación, pintaba sin técnica pero con la intuición salvaje de liberar su impulso creativo. Las bases ya estaban puestas: pueblo, teatro y pintura.

Bye bye Cantillana

Se marcha a Barcelona en 1970. Más que huir, fue en busca de su vocación sin renegar de su raíz: “Me gusta mucho ser de pueblo, y de este, donde unos me quieren y otros me critican”. En la capital catalana sobrevivió trabajando de modelo, empapelador y pintor de brocha gorda. Alternaba estas ocupaciones con su vocación artística. Su personalidad única y las primeras exposiciones pronto hicieron de él un personaje conocido en la ciudad. No solo como pintor, también como teatrero –le gustaba definirse así-, para lo que se travestía y organizaba actuaciones folclóricas con un punto transgresor.

El Café de la Ópera propicia el encuentro que marcará un hito en la vida y obra de Ocaña y dejará huella en el underground barcelonés. Allí conoció a otro pintor sevillano emigrado, Nazario, iniciando una relación tan pródiga artísticamente como abundante en escándalos. Los dos, junto al onubense Camilo, reivindicaron una nueva sociedad más abierta a golpe de abanico, rímel y desnudos. Era habitual ver pasear a Ocaña travestido, con Nazario y Camilo, por Las Ramblas y la Plaza Real –vivía en el nº 12-, organizaba procesiones religiosas, cantaba por las grandes de la copla, montaba obras de teatro…Ocaña en el espejo

Se sentían cómodos en la provocación. A finales de julio de 1977, en las Jornadas Libertarias del Parque Güell, los tres se subieron al escenario travestidos; acabaron desnudos y meando al público. La bronca fue monumental. Un año después, la noche del 25 de julio, Ocaña montó uno de sus teatrillos en la Verbena de San Jaime y fue detenido –también Nazario- por escándalo público. Terminaron en comisaría, donde recibieron una paliza, y luego a la Modelo. La noticia corrió y el Front D’alliberament Gai de Catalunya organizó una multitudinaria manifestación para exigir su liberación y el final de la represión contra gays y lesbianas. La policía la disolvió violentamente, captando la atención de la prensa. Ocaña se convertía así en un referente del activismo de gays, lesbianas y transexuales.

La vida de Ocaña fue de novela, solo restaba un final exuberante y dramático, a la altura de su personaje. Como Quevedo, juntó pañales y mortaja, y fue a morir a su cuna, Cantillana. Su muerte, cargada de simbolismo y espectáculo, parecía diseñada por él mismo como obra definitiva. Aquel 23 de agosto de 1983 concitó todas las luces de su vida para que le devoraran públicamente. Se disfrazó de Sol para participar en una fiesta de la juventud de Cantillana que él mismo había organizado. Una de las bengalas que adornaban su vestido prendió y el artista sufrió gravísimas quemaduras. Fue ingresado en el hospital García Morato, falleció el 18 de septiembre a causa de una antigua hepatitis que se recrudeció tras el accidente. Tenía treinta y seis años y acababa de entrar en la mitología popular del Sur.

Universo ocañí

 Obra y vida eran una en Ocaña. Hizo de su vivir una obra continua. Como artista, se adelantó a su tiempo, quizá sin saberlo. Tomó la cotidianeidad y lo popular como material artístico, el folclore como estética y la transgresión como lenguaje expresivo. Cementerios, viudas, monaguillos, folclóricas, flores, procesiones, Vírgenes, copla, primavera, muerte, vida… configuran su particular cosmovisión, que luego influyó en otros movimientos culturales y artísticos posteriores.

La muerte es el gran tema que subyace en su producción artística. En sus teatrillos –auténticas performances– la parca estaba muy presente, con trágicas y desgarradoras muertes, que entroncaban con el teatro lorquiano. También en sus pinturas de velatorios.

Pedro G. Romero, comisario de una muestra sobre su obra, no tiene dudas: “Era un artista contemporáneo, un creador total, destacando sus perfomances. Entre las más transgresoras, su primer número teatral en el festival Canet Rock del 77, con felación en público incluida, y las ya mencionadas en las Jornadas Libertarias y la Verbena de San Jaime. Pero no solo en Barcelona, también se atrevió en Béziers y en Berlín, donde montó un espectáculo frente a la puerta de Brandeburgo vestido de manola y acompañado por una Marilyn Monroe de cartón con la que provocaba a los guardias de la antigua RDA, al otro lado del Muro. Ocaña en la Puerta de Bramderburgo

Nazario recuerda el papel de Ocaña en aquella Barcelona de los 70. «Supuso una ruptura con lo que se hacía hasta entonces y era conocido en toda la ciudad. Cuando llegaba a La Boquería, las vendedoras lo agasajaban y llamaban a sus puestos para que montara algún número. La alta burguesía lo utilizó un poco como mono de feria para amenizar sus aburridas fiestas, pero a él le daba igual. Pensaba que de esta manera promocionaba su pintura».

El artista 

Artista prolífico, cuenta con más de 500 obras catalogadas y alrededor de otras 2.500 sin catalogar en manos de particulares. Acuarelas, óleos, dibujos, grabados y esculturas componen su obra, además de sus performances. Incluso hay filmaciones inéditas de algunas de ellas por Europa.

Polifacético y autodidacta, en su obra pictórica se adivinan influencias de Matisse, Modigliani y Chagall, utilizando un lenguaje formal muy simple, cercano a lo naif, aunque él abominara de esta etiqueta. Aún siendo fundamentales sus obras folcloristas, existen otras piezas que le vinculan con las vanguardias del momento y apuntan hacia otra dirección, que se vio truncada por su muerte. Unos angelitos hechos con excrementos y tratados con la técnica del papier mâché y un dibujo en el que utiliza semen, son obras que anuncian su entronque con otros movimientos artísticos.

Nazario lamenta su muerte, no solo en lo personal, también en lo artístico. «Cada vez era más sólido como pintor. Al final se había liberado de sus influencias y era más independiente”.

Reconocimiento póstumo

Pasadas más de tres décadas, se le considera un icono y apóstol del underground barcelonés, un creador que define el espíritu y encarna el ansia de una sociedad por superar años de represión y ausencia de libertades. Hoy es un artista valorado por la crítica especializada y cotizado en el mercado del arte contemporáneo.

Tras su muerte han abundado homenajes y exposiciones antológicas, sin que acabe de ser una realidad el Museo Ocaña en Cantillana. En agosto de 2015 se colocó en la Plaza Real una loseta que recuerda que allí vivió el artista. Quizá Fernando Roldán, director de Cavecanem, dé la clave: “Ese personaje tan enorme que era Ocaña ensombreció su obra». Obra de Ocaña con semen

Treinta y dos años después de su muerte Ocaña podría enviar esa postal al niño que era. Lo haría tras leer esta semblanza y ponernos como los trapos. Todo retrato es reduccionista, así que aprovecharía para dejar algunas cosas claras. Nos hemos permitido la licencia de escribir esa postal con reflexiones suyas.

Desde el Reino de los Chulos a

Avda. Pintor Ocaña. 41320. Cantillana (Sevilla)

 ¿Si soy un travesti? No soy un travesti, soy un teatrero y mi escenario son las Ramblas. En casa ya me maquillaba, como los griegos y los romanos. Sí que soy pionero del teatro en la calle. Cuando me disfrazo parezco una pintura negra de Goya. Es lo que intento, dar una imagen grotesca, distorsionada. La provocación gusta a todo el mundo, porque todos tenemos algo de exhibicionistas. Soy exhibicionista porque he estado mucho tiempo marginado.

Como siempre he sido algo fantasioso, he creído en el más allá. Ahora ese más allá lo veo en la gente. Creo en los dioses de la carne, no en los de madera. Y si ofrezco culto a las imágenes es porque lo que ha quedado de la religión son los fetiches; al ofrecer culto a las imágenes lo hago también a los hombres, que son quienes las hacen. Respeto las religiones porque me parecen bellas, todas tienen su encanto y su misterio. Los progres de mi pueblo me intentaban convencer de la necesidad de acabar con los festejos religiosos, pero ¿por qué prohibir algo que sirve de desfogue anual ante tanta miseria y monotonía?

Lo que más me gusta es la provocación sensual, sin meterme con nadie. Me cojo del brazo de mi Camilo y paseamos por las Ramblas que da gloria vernos. La gente se arremolina, y entonces, cuando hay doscientas personas alrededor, me levanto las faldas. Y me río, y lo estupendo es que se ríe todo el mundo. Después vamos a uno de los cafés de las Ramblas y canto una copla, de la Niña de la Puebla, por ejemplo. Y todo encaja, sin sobresaltos.

Literatura, teatro o pintura para el pueblo… pero que lo hagan como yo lo he hecho, no ya a nivel folclórico, sino a nivel vulgar, si quieres, pero el vulgarismo del pueblo, el puro, el de la calle… ¡Coño! ¡Compararme con Lorca, que no tenemos nada que ver! Él era de una clase y yo de otra; él era de izquierdas, ¿y qué? En la izquierda también hay muchos burgueses y gente de pasta. 

Yo sí que soy del pueblo, pero del pueblo pueblo, que mi padre era albañil y barquero… ¡Me gusta ser de Cantillana! 

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