Nuestros temidos vecinos

Este mayo llegará a nuestras pantallas Déjame salir, sorprendente sleeper de la temporada en EE. UU.: con poco más de cuatro millones de dólares como presupuesto, va camino de superar –y holgadamente, casi sin esfuerzo- la mágica cifra de los 150 millones. Casi nada. Y eso sin contar, ojo, todo lo que vendrá a continuación tras su explotación en cines: video doméstico, plataformas digitales, pases televisivos… Todo un increíble e imparable suma y sigue. Pero más allá de su condición como inesperado fenómeno de taquilla, o de la proyección que supondrá para su principal valedor –el guionista, director y actor ocasional (quizás le recuerden en la primera temporada de Fargo) Jordan Peele-, esta curiosa y eficaz combinación de terror y denuncia social nos trae a la memoria cinéfila un subgénero queridísimo por los amantes de los sobresaltos con enjundia: el terror que vive entre nosotros.

Pongámonos en situación pues: como todo revienta-taquillas, la premisa de Déjame salir es bien sencillita. Pareja interracial (ella blanca, él negro) visitan por vez primera a los padres de ella. Lo que podría devenir en la típica comedieta a lo Adivina quién –sí, aquella versión chusca de Adivina quién viene esta noche, que tampoco es que fuera la panacea pero al menos tenía a Hepburn y Tracy en su reparto- o en un reboot con acné de Los padres de ella va transformándose con los minutos en un jugoso thriller entre la parodia y lo asfixiante que bebe tanto de Polanski como de un clásico a reivindicar en la era de los micromachismos, The Stepford Wives, con esas amas de casa pluscuamperfectas que escondían un terrible secreto tras sus pulcros hogares de anuncio de teletienda. Y aquí hemos dado con el meollo de la cuestión: tanto uno, ese polaco con mala baba, como otra –la versión setentera de una novela satírica de Ira Levin- presentaron de manera magistral el mayor temor posible. Ése que responde a una pregunta de tintes ballardianos y tremendamente actual: ¿y si el mal ya está entre nosotros y tiene el rostro de aquellos con los que convivimos?

Recuerden si no La semilla del diablo, a la sazón otra versión de una obra de Levin, con aquella pareja tan mundana como cargante, los Castevet, adoradores del demonio y unos auténticos hijos de puta disfrazados de adorables vecinos de al lado. O El quimérico inquilino, otra de las múltiples incursiones del zorro Roman en el bosque de las apariencias: por mucho que su protagonista –interpretado por el propio Polanski- sea preso del delirio, esa comunidad de vecinos que le rodea da puro miedo, desde el principio al fin.

Seguramente Álex de la Iglesia tomó buena nota de lo acojonante que puede resultar un vecindario para la que, aún hoy, es una de sus mejores películas: La comunidad. Un título que nos viene como anillo al dedo para llegar a otro de los puntos fuertes de este subgénero: la lucha del individuo frente a lo colectivo.

Mejor solo que mal acompañado

Tal vez la película fundacional de esa lucha terrorífica de un individuo frente a una amenaza colectiva sea, sin duda, La invasión de los ladrones de cuerpos. En ella Donald Siegel, todo un maestro de la serie B, resumía a la perfección las claves del subgénero: el héroe solitario (o al menos cada vez más, según avanza el metraje) frente a una amenaza exterior instalada con suma facilidad entre nosotros. Aquí, un médico de pueblo –interpretado por ese secundario de primera llamado Kevin McCarthy- empeñado junto a un antiguo amor de juventud en demostrar al mundo que los habitantes del planeta están siendo suplantados por unas copias exactas de naturaleza alienígena, mutación de vainas extraterrestres mediante. No tardarán, por supuesto, en verse perseguidos por aquellos que antes eran conocidos, amigos, familiares.

Entre medias, claro, cabe el viaje del protagonista a los abismos de la paranoia y por supuesto la rápida similitud de lo narrado en el filme con la coyuntura histórica donde se alumbraba. En el caso de esta joya de la S/F cincuentera, cómo no, es casi tan clásico como la propia película aludir a su relectura como alegato contra la caza de brujas emprendida por el senador McCarthy (y juzguen ustedes mismos si el parecido entre los apellidos de político y actor es solo mera casualidad… o jugada maestra del destino). No en vano el propio guionista, Daniel Mainwaring, había sufrido dicha persecución, formando parte de la tristemente recordada Lista Negra de Hollywood. Claro que también ha habido voces que la tildan de parábola anti-comunista. Hay vainas para todos los gustos.

La novela original de Jack Finney que daba pie a la película –y que nació como serial en Colliers Magazine- sirve tanto como alegoría en cada tiempo que nos toca vivir, que ha sido retomada casi cada década en una serie de remakes. Algunos tan afortunados como el realizado por Philip Kaufman en 1978, más desde un punto de vista social –y nihilista- que político, y titulada en nuestro país La invasión de los ultracuerpos (y que levante la mano quien no sienta un escalofrío con ese grito final de Donald Sutherland). Otros tan singulares como el perpetrado por el siempre personal Abel Ferrara en 1993 con Secuestradores de cuerpos, ambientada estratégicamente en una base militar en tiempos de Bush padre. Y algún otro tan descafeinado como el firmado por un Olivier Hirschbiegel buscando perdidísimo la salida de El búnker y con una Nicole Kidman recién salida del quirófano y que ya de por sí -y por arte del bótox- era toda una copia, ejem, exacta de sí misma.

Incluso la huella de estos ladrones de cuerpos es rastreable en esa comedia tan british como encantadora que es Bienvenidos al fin del mundo, que ponía broche a la llamada Trilogía Cornetto tras las no menos divertidas Zombies Party y Arma fatal. Un glorioso cruce entre la ciencia ficción de escuela Quatermass, el serial a lo Dr. Who y el retrato generacional con sabor ochentero que miraba sin reojo al clásico de Siegel –y a la versión de Kaufman- barnizándola de un humor tan contagioso como estimulante.

Y ya que hablamos de copias, versiones y remakes, sigamos con dos ejemplos caídos del cielo. Nunca mejor dicho.

“En el espacio nadie puede oír tus gritos…

…por eso es mucho mejor hacerte gritar en tu propia casa”. O algo así deben pensar los guionistas made in serie B, tan prestos a convertir habitualmente el sanctasanctórum de todo hijo de vecino –léase tu casa, tu colegio, tus padres o tu prole- en laboratorio para seres del espacio exterior. Como muestra, un botón. O mejor dos: Invasores de Marte (1953) y El pueblo de los malditos (1960). Ambas, cómo no, debidamente revisadas en 1986 y 1995, respectivamente. A la primera le debemos sin duda el aluvión de pesadillas que sufrimos muchos ahora cuarentones tras su pase una sobremesa de sábado en la por entonces única cadena junto al UHF, la entonces cojonuda TVE1: seguro que más de uno y de dos que anden por esa edad recuerdan aquellos padres del niño protagonista, suplantados por extraterrestres con un marca en la nuca como única diferencia respecto al original. Lo demás, decorados de cartón piedra y marcianos de saldo –y trajes de cremallera-, por mucho que el director fuera el mismísimo William Cameron Menzies, el tipo que hizo arder Atlanta en Lo que el viento se llevó o mezcló al mismísimo Dalí con el psicoanálisis en Recuerda. Eso sí, la película mantiene todas las constantes del género a tratar en este artículo: el héroe al que nadie cree (al menos en principio), el entorno idílico transformado en pesadilla, y esa amenaza exterior que cualquier crítico que se precie puede asemejar con Rusia, Corea del Norte o Donald Trump. Lástima que un desorientado Tobe Hopper realizara en plenos 80 una a ratos muy psicotrónica versión, que acababa su metraje como mero ejercicio fallido de nostalgia en lugar de aprovecharlo para ajustar cuentas con la era Reagan.

Quien tampoco estuvo muy inspirado, desgraciadamente, fue el maestro John Carpenter en su relectura de El pueblo de los malditos, una filigrana de ciencia ficción de 1960 realizada por Wolf Rilla y que trasladaba en blanquinegras, inquietantes imágenes, la exquisita novela de John Wyndham titulada The Midwich Cuckoos. Libro y película enfrentaban al espectador con un temor casi primigenio: los habitantes de un pequeño pueblo se desmayan inexplicablemente durante unas horas, y al despertar son muchas las mujeres que se descubren embarazadas. Ni que decir tiene que los hijos nacidos de tan particular concepción no serán para nada normales: de rasgos extremadamente albinos –pelo blanco, ojos claros, tez mortecina-, irán desvelando además un comportamiento cada vez más inhumano. El aún hoy espléndido filme de Rilla se beneficiaba de un guión conciso parejo a una duración justísima, una cuidada aplicación al escaso presupuesto y su innegable alegoría sobre el temor a la raza aria –y el superhéroe nietzscheano, y perdonen el palabro- tan en boga tras la II Guerra Mundial. Mientras que su versión 90, por obra y poca gracia de un desubicado Carpenter en horas bajas, solo puede entenderse como el irrisorio crossover entre stars de los 80 venidas a menos: su reparto incluye, atención, al eterno Superman Christopher Reeve, una Kirstie Alley preguntándose dónde diablos estará Cheers, la novia de Cocodrilo Dundee Linda Kozlowski, el chico que en su día prendía Calles de fuego, Michael Paré, y hasta el mismísimo Mark Luke Swywalker Hamill. Con semejante elenco de maduritos, los niños albinos perdían todo interés, claro.

Háganse un favor y recuperen, mucho mejor, esa sátira disfrazada de ciencia ficción llamada Están vivos de Carpenter, donde el protagonista, todo un working class hero interpretado por el wrestler Rody Piper descubría una conspiración alienígena gracias a unas gafas de sol que le permitían ver los mensajes escondidos en los billetes (“Éste es tu Dios”) y en los anuncios (“Obedece”). Una delicia de humor negro –ideal como programa doble con otra película que justo solo un año después retomaría su misma crítica mordaz: Society– que el filósofo esloveno Slavoj Zizek no dudó en tildar como “una de las obras maestras olvidadas del Hollywood izquierdista”. O a la que el propio Carpenter volvía el pasado enero en su cuenta personal de Twitter para arremeter contra aquellos neonazis que se habían apropiado del filme aludiendo a su posible mensaje antisemita: “Están vivos trata de yuppies y capitalismo”, espetó sin rodeos el cineasta. O lo que es lo mismo: del terror que vive entre nosotros.

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