Nuestro último verano

Siempre se nos habían dado bien los veranos. A pesar de las hormigas en el armario de la cocina, del insoportable calor de este sur del sur, de la Eurocopa y los mundiales que nunca faltaban en la televisión. Este año, además, teníamos Juegos Olímpicos.

Siempre habíamos sacado tiempo para compartir impresiones, comentando los regates de Andrés Iniesta, la templanza de Del Bosque o las corazonadas de que éste tampoco sería nuestro año. Que ya un día lo ganamos todo y ahora, coincidíamos, nos tocaba perder si queríamos volver a triunfar. Y tener paciencia. Mucha.

Y así llegamos a la arena de la playa seis años después. Debajo de la sombrilla. Con los pies blancos, las lecturas elegidas y los niños haciendo castillos en la orilla. Y habíamos decidido, también, apuntarles a un curso de surf, lo que fuimos incapaces de practicar durante nuestras infancias, dejándoles a ellos con el encargo de superar todas nuestras frustraciones. Como buenos padres de manual que también tuvieron claro que sus hijos jamás tendrían un teléfono móvil antes de los diez. Y luego se lo dimos todo.

Y allí estábamos, observando por encima de nuestras revistas y sin quitarnos las gafas de sol  cómo ella era mucho mejor que él a la hora de mantener el equilibrio. Cómo él tenía miedo de superar las olas sumergiéndose por debajo de cada una de ellas. Y tragaba agua sin parar, sin ver nuestras medias sonrisas. Los dos se caían pero los dos volvían a levantarse. Y ella lo animaba con leves toques de palmas cuando era arrastrado por algunas de las olas. Ella había entendido mucho mejor una de las frases del monitor: “No podéis luchar contra el mar, pero sí hacerle frente”.

Tú, mientras, ojeabas The Financial Times, preocupado por la inminente salida de Reino Unido de la Unión Europea. Eso a lo que habían llamado Brexit. Pero mirabas de reojo la exclusiva que la reina de corazones española daba en las portadas del papel cuché, con esa enorme piscina en el jardín, con esos hijos tan guapos y su nueva pareja posando ya en el despacho de su difunto marido. Alivio de luto, dijiste. Y yo me acordé del disco de Joaquín Sabina. “Cada semana muere un verano”, decía una de las letras. Quise comentarte una frase de Ángeles Mastretta en un capítulo de su novela Maridos: “Cuando uno de los dos se muera, yo me voy a ir a Italia”, pero ya habías vuelto al periódico inglés. Y yo a la sombrilla de al lado, cuyas historias sustituían a las de todos los taxis que dejábamos de coger en agosto. Había tocado la Lotería en un pueblo cercano y en aquellas hamacas se discutía sobre el reparto de la herencia en una de las familias más adineradas. Sin duda, Almodóvar a pie de playa.

Los niños seguían combatiendo las olas. La marea, cada vez más alta. Ella pedía que le enseñaran a hacer giros en el agua. Él ya aparecía rezagado en la orilla. Con las rodillas doloridas, recostado sobre la tabla. Jugando con las conchas. Mirando a ningún lugar. Yo a ratos presenciaba en Instagram las peripecias de tu sobrina con su novio en Vietnam. Mochileros estrenando amor por el mundo. Asquerosamente jóvenes. Guapos a rabiar.

Otra vida para vivirla contigo, de Eduardo Mendicutti, compartía cesta con la crema solar, las gafas de sol, el periódico y la toalla. Por las noches sonaba el bolero. Y en la mente, la frase de una canción: “No hay más miedo que el que se siente cuando ya no sientes nada”. La letra de nuestro último verano. Juntos.

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