Nuestras vacaciones de mierda

El verano llegó, y con él las vacaciones. Nuestros “amigos” en las redes sociales nos refregarán por la face… book fotografías en lugares paradisíacos, vídeos de planazos superdivertidos, stories de cosas que molan, haciéndonos sentir unos pringaos mientras clavamos la sombrilla en el metro cuadrado de playa que a duras penas hemos conquistado. Hago miles de cosas en mis vacas, luego existo, parecen gritarnos desde selfis que provocan nuestra menos sana envidia.  

Este desajuste cernudiano entre el deseo y la realidad genera ansiedad por lo no hecho y desatención a lo que estamos haciendo. Suscita en nosotros un sentimiento -nada banal- de fracaso, que nos lleva a considerar que nuestras vacaciones son una gran mierda frente a la de los otros. El periodo vacacional, como el resto del año ordinario, se ha contaminado del virus de la beautiful life que celebritiesinfluencers y deportistas millonarios muestran en sus redes sociales. Nos hacen sentir que nuestras vacaciones no valen nada porque nadie las retuitea ni le dedica un triste like.    

A este fenómeno de autodesprecio se une la paradoja de que el verano, y sus vacaciones, nos sumerge en un estado de soledad a pesar de estar rodeados de gente. Tenemos más tiempo para mirar al espejo desde el que nos interrogamos nosotros mismos sin misericordia: ¿Sigues enamorado de tu pareja, esta misma que ves entrar en el mar? ¿De verdad deseaste tener hijos, estos mismos que ahora te ponen perdido de arena? ¿Por qué eres amable con tu cuñado si lo aborreces? ¿En serio quieres volver a tu trabajo y aguantar a tu jefa? ¿Te compensó abandonar tus planes por esta estabilidad que te aburre? Las respuestas a estas preguntas, y a muchas más, se podrían resumir con este dato: uno de cada tres divorcios y separaciones se produce tras las vacaciones estivales.  

El verano nos examina de sinceridad, y es muy difícil encarar la prueba cuando agentes exógenos distorsionan nuestra realidad forzándonos, sin saberlo, a desear algo que solo existe en las pantallas de nuestros móviles. Seamos sinceros: cuando despertamos, no gritamos exultantes “Buenos días, mundo” ni decimos “Holi, ¿cómo estáis hoy, corazones?” porque recién levantados no tenemos el humor como para eso y al mundo, además, le importa un carajo que estemos ya despiertos.   

Afrontemos este verano que empieza como un periodo de insumisión a los planazos superdivertidos que nos imponen. Tomémosnos estas vacaciones en actitud sediciosa contra el orden establecido por multimillonarios tatuados que bailan grotescamente en vídeos virales. Asumamos en este estío que somos, en el buen sentido, gente vulgar y ordinaria, normal en definitiva. Reclamemos nuestro derecho a no hacer absolutamente nada en las vacaciones o, dicho de otro modo, a hacer todo lo que no tiene valor en la realidad de las redes: leamos, conversemos, durmamos, paseemos, callemos, observemos, deseemos, amemos, pensemos, acariciemos, riamos, lloremos, riñamos, abracemos, maldigamos, holgazaneemos, bebamos, comamos, engordemos, conozcamos y, definitivamente, nos conozcamos más a nosotros mismos.  

Cada uno de nuestros veranos es tan valioso como el de cualquier influencer, y lo es porque es el nuestro, el que tenemos. No hay más. Así que disfrutad -y sufrid- de vuestras vacaciones. Nos vemos en septiembre, amigos.   

Una canción: Here comes the sun de The Beatles.

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