Nostalgia de la modernidad

Sevilla es una ciudad MUY especial, siempre marcada por dualidades que aparentemente son contradictorias, pero solo aparentemente, en el fondo es siempre la misma. La Sevilla más clásica esconde en sus entrañas la Sevilla más contemporánea, y viceversa. Aparentemente es una ciudad muy tradicional, pero en el fondo son las heterodoxias las que siempre han movido el progreso de esta ciudad, de ahí que no deben ni pueden disociarse jamás. Lo que hay que intentar es que ambas porciones no terminen fragmentándose en exceso. Más que rechazo hay que buscar un punto de encuentro en cada una de estas visiones ciudadanas que se adapten al día a día de alguna manera.

Más allá de todos estos argumentos genéricos que afectan al mundo de la cultura de una forma muy especial vemos que toda radicalización lleva a una reacción inmediata del otro sector. Lo importante es que no se ignoren mutuamente, esto sería fatal para el conjunto de la vida diaria de un segmento tan vital como la cultura. Si repasamos la historia local en los últimos 50 años, comprobaremos ciertos parámetros realmente curiosos: por ejemplo, al final de la dictadura florecieron en Sevilla quizás los movimientos musicales más radicales del país, al menos en el mundo del pop o del rock, que coinciden con la mayor crisis del mundo de la copla, que es justamente lo inverso de lo que hoy pasa. La mayor crisis de las cofradías ocurre en los años 60, cuando se supone que el nacional-catolicismo está en su pleno auge, mientras que en la pintura y en el teatro comienzan los movimientos más enriquecedores que aun hoy perduran.

La Exposición del 92 introduce un antes y un después de estas ambivalencias. De alguna manera Sevilla empieza a creerse su papel dinamizador de la cultura, no solo a nivel local, nacional, sino a nivel internacional. Sevilla pasa de capital de provincias a ser un lugar de encuentros de artistas, con especial acento a las vanguardias, que curiosamente se fascinan con los elementos más populares de nuestra cultura. Primeras figuras de todos los ámbitos se enamoran de una ciudad tradicional sin parangón en Europa pero que aspira a convertirse en adalid de lo contemporáneo. El final de la historia ya la conocen. Una vez acabado el flujo económico de la Exposición Universal todo desaparece, es más hay un momento en que ni tan siquiera hay un teatro abierto en Sevilla. Pasamos de poder asistir a las mejores óperas del mundo a no tener nada de nada. De ver y disfrutar la música del futuro a contemplar atónitos como el Teatro Central cerraba sus puertas. En estos años la Sevilla más profunda y casposa toma su protagonismo, que nos retrotrae a una ciudad que creíamos ya acabada para siempre.

Empieza en ese momento lo que yo llamo “nostalgia de la modernidad”, ese darnos cuenta que todo había sido un espejismo, que nada había arraigado en verdad en nuestra sociedad, presumiblemente cosmopolita, cuando en realidad había sido todo una operación de maquillaje sin mayores consecuencias.  La cultura popular empezó a convertirse en chabacana y la famosa “medida” sevillana desapareció por completo. La llamada “cultura del pelotazo” lo invadió todo, incluso aquello que parecía eterno, nuestra Semana Santa, los toros, el flamenco… todo menos el sector más dinámico de la nueva cultura, que pasó literalmente a las catacumbas. Aquí el retraimiento de las inversiones públicas fueron esenciales, algo inexplicable en cualquier ciudad europea del mismo nivel. El público más joven, de buenas a primeras, se vio marginado y, dicho sea de paso, incapaz de reivindicar sus derechos, quizás porque todo había acabado en un carnaval de vanidades y no en una reflexión sobre la necesidad de modernidad en el día a día. La búsqueda de lo diferente había acabado para siempre, ahora se sustituía por el recuerdo, cada vez mayor de lo vivido y de las oportunidades perdidas. Esa y no otra es la situación actual. Si me apuran aun peor, pues seguimos viviendo con los nombres de hace más de treinta años y nos consideramos felices.

Quitando, a grandes rasgos, las programaciones del Teatro Central y del SEFF (Sevilla Festival de Cine Europeo), estamos hundidos en esa nostalgia de lo moderno en vez de avanzar, como se hizo en aquel momento, hacia lo realmente contemporáneo y enriquecedor. Le echamos la culpa a lo tradicional, cuando en verdad la culpa la tenemos nosotros mismos que hemos aceptado un extraño status quo. La Sevilla agrícola y ganadera ya no existe, la industrial nunca existió, ahora Sevilla es una ciudad de servicios que se dedica a prostituir su memoria y a fomentar falsos autos sacramentales. No pretendo criticar el mundo de las cofradías, del que debemos aprender mucho, sino a los amplios sectores de esta ciudad que han abandonado la lucha por todo aquello que no sea autocomplaciente y, por supuesto, gratis.

Vivimos en una Sevilla empobrecida culturalmente, donde las librerías apenas se sostienen, donde los espacios escénicos languidecen con programaciones que en el mejor de los casos son solo un deja vu de los de la época dorada de la Expo; es cierto que hay tímidos movimientos de la sociedad civil que empiezan a florecer, como es el caso de esta revista, donde finalmente se intenta reencontrar la verdadera dualidad de esta ciudad. A ver si nos enteramos todos que a uno le puede encantar la Semana Santa, participar en ella, incluso activamente, e interesarle el cine de Straub o la música de Ornette Coleman, por hablar de algunos clásicos de la modernidad. No son realidades encontradas sino complementarias, es simplemente SEVILLA.

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