Noel en la ciudad de los atardeceres

Eugenio Noel pasea por Sevilla. Al menos yo he creído verlo contemplar la ciudad de los incomparables atardeceres. Así definió a esta ciudad que intentó narrar, pero en la que pocos le comprendieron. Eugenio Noel, el gran antitaurino, el gran antiflamenquista, el gran anticostumbrista que da una versión incómoda de la Semana Santa. Él fue quien habló del “mal del naranjo”, esa terrible dolencia provocada por la mezcla de azahar, incienso y tibios aires de la primavera contra la que suelo vacunarme. Aunque me fascine tanto…

Precisamente ahora, cuando en la ciudad ya se observan los primeros síntomas de esta enfermedad que confunde los sentidos y nubla el entendimiento, para preservar el cerebro he decidido inocularme en pequeñas dosis a Eugenio Noel, ese escritor quijotesco y torrencial que hace un siglo quiso, a su manera, regenerar España.

Así que de mi siempre salvífica biblioteca selecciono los libros de Noel y salgo al balcón para intuir qué cosas diferencian la Sevilla de hoy de la que contempló él. Hace cien años, mientras una generación moría en el fango de Verdún, en Sevilla la tasa de mortalidad estaba diez puntos por encima de la media de las capitales de provincia. Bajo la frívola ciudad de postal se escondían las sucias trincheras del hambre y la enfermedad. La precaria alimentación, un sistema de alcantarillado defectuoso, el hacinamiento y la falta de higiene, además de las periódicas crecidas del Guadalquivir, favorecieron la propagación de enfermedades que diezmaron a la población.

Hace un siglo, cuando Europa se mataba y Sevilla se moría, el arzobispo de la ciudad no tenía nada más importante en qué ocuparse que condenar por herético y blasfemo el libro de Eugenio Noel Semana Santa en Sevilla. Aunque hoy las cosas han cambiado y ya no hay viviendas con un solo agujero negro en corrales con más de cien familias, seguimos padeciendo ciertas “afecciones” contra las cuales siempre es conveniente tomar medidas higiénicas.

Parece que el sortilegio vacunador hace su efecto y ya no oigo a los ruidosos cantores de las fiestas, ni me avergüenzan los sevillanos disfrazados de sevillanos. En este momento, retirada en la paz de mi biblioteca, con pocos pero doctos libros juntos, como Quevedo vivo en conversación con los difuntos escuchando con mis ojos a los muertos. Al regresar enfermo de uno de sus viajes a América, Eugenio Noel murió el 25 de abril de 1936 en un hospital de Barcelona, abandonado y pobre, con sólo cincuenta y un años de edad. Pero eso es adelantarse a los acontecimientos. Antes de morir vivió, o mejor malvivió, una intensa vida de escritor anárquico y rebelde con el alma embriagada de nocturnidad y bohemia.

Eugenio Noel nació 1885 en Madrid. Su padre fue un barbero que acabó de lazarillo de un muchacho ciego, y su madre criada de servir. Gracias a sus ruegos, la duquesa en cuya casa servía lo recogió y le daba dinero que él se gastaba en los cafés y en comprar libros. Fiel al espíritu noventayochista, se convirtió en adalid de la regeneración cultural, económica y moral de España. Él consideraba que en los toros y el flamenco estaban los verdaderos males del país. Comenzó entonces una campaña dando conferencias antitaurinas y antiflamencas por toda España y por Hispanoamérica.

Estas conferencias le proporcionaron tantas simpatías como antipatías, una dudosa popularidad que le acompañó toda su vida. En no pocas ocasiones estuvo a punto de ser linchado por la multitud. En Sevilla, después de una conferencia en la que arremetió contra la coleta de los toreros, un grupo de exaltados quiso cortarle su melena. En su libro Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca, cuenta una anécdota en la que queda patente su carácter provocador. En la plaza de Valencia asistió a la corrida de El Gallo que le brindó un toro y le regaló una oreja. Como contrapartida Noel le dio al torero una tarjeta que decía: “Vale por un artículo en El Pueblo”. Después no dudó en tirar la oreja a los gatos. De él dijo César González Ruano que tenía un aspecto físico a lo Balzac, que parecía una señora fondona disfrazada de violinista bohemio y que llevaba siempre zapatos de charol y tenía un pie diminuto.

Sí, yo he creído ver a Eugenio Noel caminando por Sevilla. Pasea con sus ojos asombrados y me he cruzado con su mirada en distintos lugares de la ciudad. Me topé con él en alguno de esos pasajes ocultos de la ciudad que luego soy incapaz de recordar, quizás porque sólo los he soñado. En uno de esos pasajes me reveló cosas sobre la Semana Santa: “¿Quién no ha oído celebrar esos siete días sevillanos que empiezan por un funeral y terminan en una orgía?”. En su Diario Íntimo, Eugenio Noel cuenta que Semana Santa en Sevilla estaba ya preparado en marzo de 1916. Aunque había visitado la ciudad muchas veces y tenía material suficiente para acabar el libro, quiso ver la Semana Santa de ese año, pero no consiguió dinero y no pudo venir. De todas formas terminó el libro y lo publicó en agosto. Su mirada certera y crítica irritó a la Iglesia que unos meses después lo anatematizó llenándole el alma de “angustia, fracaso y pena”.

Sí, indudablemente lo he visto caminar con las manos en la espalda, fascinado y asqueado, hechizado y apesadumbrado con esta ciudad que le desconcertaba. Es lo que ocurre en las ciudades donde el tiempo es un hojaldre tierno y delicioso y se producen estas extrañas escenas casi sobrenaturales y del todo imposibles. La ciudad de los incomparables atardeceres…

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