No se lo digas a nadie

Tengo una imagen grabada en mi memoria. Proviene de un instante que viví con una enorme fascinación. Se remonta a hace casi veinte años, yo era estudiante de arquitectura en la Universidad de Venecia y tuve la suerte de vivir en un coqueto apartamento bajo los tejados de un típico edificio veneciano, por lo que disfrutaba de la bohemia alegría de disponer de una terraza y unas bellísimas vistas de la que es una de las ciudades más sorprendentes, enigmáticas y bellas del mundo. Desde mi madriguera, la imagen que se podía tener de La Serenísima era increíble pues la altura del edificio y la estrechez de las calles y canales no me permitía tener perspectiva alguna del agua, de modo que la famosa ciudad de los canales aparecía ante mis ojos como un gran paisaje de tejados, cúpulas y campanarios de gran belleza, pero de aspecto muy mineral, hasta el punto en que uno podía olvidar por momentos encontrarse en medio de la gran laguna.

Una tarde, ganduleando en mi terraza y disfrutando del dolce fare niente que los estudiantes  se pueden permitir en algunas ocasiones, observaba ensimismado la vista de poniente en la que se intuían las famosas cúpulas de Il Redentore y de San Giorgio Maggiore, y en silencio daba gracias a la vida por poder estar allí, en medio de tanta belleza. Pero de repente, de entre ese confuso mar de tejados y frágiles torres de piedra blanca de Ischia, se comenzó a oír un estruendo de sirena, que recordaba el silbato de un viejo tren de vapor y, de pronto, precedido por cientos de aves asustadas, un enorme barco de pasajeros parecía atravesar la ciudad como un nuevo y mecánico King Kong, haciendo que cualquier edificio pareciera insignificante y frágil ante ese gran Godzilla.

Ilustración La MuyLa sorpresa no me dejó reaccionar de inmediato y a la fascinación inicial, inundada de esa belleza sublime que tienen algunas cosas que dan miedo, siguió un creciente amargor que me invadió al ver cómo todas esas maravillas que me rodeaban y eran mi felicidad en aquel momento se veían empequeñecidas por tal buque, y comprendí vivir uno de esos momentos nostálgicos en los que uno entiende que está ante algo que, por lo mismo que es, ya no es.

Lo cierto es que la continuación de la historia es por todos conocida: lo que hace grande a Venecia es lo que la destruye, y esa fascinación con la que millones de personas van a visitar uno de los lugares más singulares del mundo es, a la vez, su dulce verdugo.

Ese lugar maravilloso, del que yo he vivido los débiles ecos de su último canto de cisne, no es tan siquiera hoy la sombra de aquellos ecos. En menos de veinte años la población de la ciudad se ha visto reducida en un tercio, su vida se ha marchitado, sus costumbres estandarizado, sus comercios globalizados, sus artesanos y habitantes han huido. Hoy en día Venecia sigue siendo bella, pero ya no es auténtica, pues se sigue vendiendo como una vieja prostituta sin poder salir de ese círculo vicioso que le da la vida, pero también se la quita.

Cuando pienso en el turismo, tengo el sentimiento encontrado de aquella persona que es feliz viajando, conociendo nuevos lugares, nuevas culturas, y que comprende sus beneficios inmediatos, pero que también es consciente de la irremediable crisis de identidad que produce en los lugares que sufren su éxito.

No me gusta participar en la destrucción de la identidad de todos esos sitios mágicos y al mismo tiempo, como viajante, no puedo evitarlo. Pero cuando pienso en ese buque que atravesaba sin piedad la ciudad más bella del mundo, sólo me queda aconsejar: si descubres un lugar maravilloso, no se lo digas a nadie…

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