Nazario

Ser un artista mítico sin morir prematuramente ya es un logro. Y este sevillano de Castilleja del Campo lo ha logrado, llegando a los setenta y tres años vivito y coleando. Se ha convertido en referente de la creatividad underground en España, aunque él prefiere definirse como la tía solterona empeñada en expresarse libremente sin echar cuenta a las habladurías. Y es que el arte, si no tiene una intención subversiva además de un fin estético, no trasciende. Él lo sabe, y lo practica. Adjetivos como inclasificable, transgresor, provocador, entre otros, se quedan cortos al intentar definir al padre de Anarcoma.  Simplemente es Nazario Luque. 

¿En todo ha sido precoz?

Mi precocidad en el sexo no fue mucho mayor que la de mis amigos de siete u ocho años con los que mantenía relaciones sexuales en el pueblo.
En cuanto al dibujo, siempre tuve una gran manía por ensuciar todo papel blanco que veía. En los cuarenta y en una familia de campesinos, disponer de papel era casi un lujo, por lo que me dedicaba a aprovechar los reveses en blanco de las láminas de fotos de los cinco o seis tomos de La Primera Guerra Mundial que, inexplicablemente, estaban por casa junto a Corazón de Amicis y Robinson Crusoe de Defoe, que a mi padre le habían regalado en el colegio.
Mi pasión por la lectura comenzó con los tebeos pasando rápidamente a la lectura de novelas. Comencé a escribir diarios, poemas, obras de teatro y pequeñas novelas desde los catorce o quince años.

Revisando su biografía, da la impresión que hay dos impulsos en ella: la búsqueda y la huida, ¿es así? 

Sólo recuerdo buscar desde mi más tierna infancia la manera de escapar del pequeño y mezquino pueblo en el que me tocó nacer. Leyendo, escribiendo, escuchando música en la radio, viendo cine en el pueblo de al lado, porque en el mío no hubo hasta más tarde, y soñando intentaba pasar el tiempo esperando el príncipe azul que lograra sacarme de allí. Mi príncipe azul llegó en forma de curas salesianos en el colegio, de estudios en Sevilla y, por fin, de completa libertad ganándome la vida trabajando de maestro. En el fondo no se trataba de otra cosa que de la tremenda lucha de un chico solitario -independientemente de ser homosexual- por encontrar compañía. Huir de la soledad, pues, y buscar compañía fueron los dos motores que más me preocuparon desde niño.

¿Qué papel juegan las mujeres en su vida? 

Durante un tiempo de mi juventud la mujer representaba todo aquello que me hacía sentirme raro, diferente a mis amigos y anormal, sin aceptar siquiera, aún, la palabra homosexualidad. Tener una novia era sinónimo de virilidad y normalidad, y yo pretendí tener una para borrar ante la sociedad cualquier sospecha que pudieran albergar sobre mi homosexualidad. Más adelante, viviendo una vida de homosexual militante, cuando me brindaron la oportunidad, intenté gozar de unas relaciones sexuales que, en el fondo, me dejaban insatisfecho. No se trataba de engañar a nadie, ni de simulaciones, simplemente de llevar a término unas teorías de pansexualidad tan en boga en los años 60 y 70. Casi siempre tuve tantas amigas como amigos y sus problemas me preocuparon hasta el punto de pensar guiones para mis cómics que atacaban una sociedad patriarcal que les impedía ser libres.

¿Y su madre? 

Mi madre fue la castradora típica que, con su cariño asfixiante, como un largo abrazo o un interminable beso que te dejara sin resuello, y sus fetichistas ideas religiosas, casi llegó a hundirme en la desesperación, creando un terrible complejo de culpa en mi alma de pecador empedernido, masturbador y homosexual. Siempre la adoré, por encima de todo, como casi todos los homosexuales.

¿Cree que en algún momento sus padres sintieron vergüenza de usted?

Siempre me respetaron como respetaron a los homosexuales descarados que había en el pueblo. Para ellos, el auténtico shock debió suponerlo no el conocimiento de que fuera homosexual, en el improbable caso de que en algún momento lo hubieran sospechado, sino el hecho de que abandonara mi trabajo de maestro para dedicarme a vivir una vida aventurera de artista bohemio.

¿Ha sufrido algún conflicto interno por su homosexualidad?

Mi complejo de culpa, siendo sumamente vehemente, como siempre lo he sido, me llevó casi a la desesperación. Como San Reprimonio, yo fui un mártir. El placer y la culpa siempre fueron de la mano llevándome con frecuencia al confesionario. Los curas se convirtieron en una especie de novios confidentes. El día que acepté mi homosexualidad como algo placentero y no como un delito pasé de los curas y de la iglesia a la que, desde entonces, consideré castradora, embaucadora, enemiga del placer sexual y de la vida. Su doctrina está encaminada únicamente a inculcar el dolor y la muerte.

¿Encontró el primer movimiento underground en el flamenco?

Para mí, flamenco y underground son dos conceptos que caminan alejados uno del otro. Si el movimiento underground se entiende como algo semiclandestino, alejado de los cánones oficiales y reservado solo a unas minorías a las que se llega con dificultad por canales marginales, el mundo del flamenco que yo conocí resultaría totalmente underground. Aquellos viejos artistas que no habían pisado jamás unos estudios de grabación (algunos solo en una o dos ocasiones), que solo eran conocidos por una minoría de aficionados “selectos” y que mostraban su arte en pequeñas fiestas privadas, podrían considerarse underground aunque, sigo diciendo, la palabra underground aplicada al flamenco chirría escandalosamente.
Sí que me sentiría influenciado por la mentalidad y la forma de vivir de los americanos que vivían en Morón alrededor de los artistas flamencos. Ya no eran beatniks y no se consideraban jipis, pero su somera cultura literaria (algunos solo habían leído a Thoreau o Whitman y no conocían el movimiento de cómics underground que por aquellos mismos años florecía en California) y, sobre todo, su cultura musical (música india o egipcia y la música pop americana de aquella época) y el uso de drogas que aún no conocía, abrieron un mundo nuevo para mí.

Se le considera el padre del underground español y de la contracultura, ¿qué significan para usted esos dos conceptos?

Contracultura, cultura marginal o cultura underground fueron términos que a veces se confundían, siendo usados por los medios, indistintamente, unos u otros. Underground era un concepto que había nacido como sinónimo de una total libertad de expresión; de una postura intransigente con el poder editorial y de una distribución del producto al margen de los todopoderosos y selectivos canales de las distribuidoras. Mi edad, mi cultura clásica de “progre” universitario, la madurez conseguida por llevar viviendo independientemente de mis padres desde hacía diez o doce años, la temática usada en mis guiones y el hincapié que hacía en mostrar imágenes chocantes y descarnadas de la realidad que pretendía retratar, contribuyeron a que, de entre todos los dibujantes, mis historias tuvieran muchas más dificultades para ser editadas. Lo de “padre del underground español” se lo inventaron los medios. Yo más bien me consideraba una especie de tía solterona.

¿Por qué eligió el cómic como medio de expresión?

El cómic reunía las dos manifestaciones artísticas que me eran familiares desde mi infancia: la escritura y el dibujo. En lugar de escribir novelas o cuentos, me dediqué a escribir guiones para narrarlos con dibujos. Mis gustos literarios, pictóricos o cinematográficos se plasmaban en mis dibujos y así llegaba a emplear técnicas narrativas, sofisticados encuadres o guiños y “homenajes”, solo perceptibles para los grandes connoisseurs. Novelas como La ciudad y los perros de Vargas Llosa o Rayuela de Cortázar o el cine de Welles, Ophüls o Godard me influyeron bastante.

¿Qué cree que ha aportado a la historia de este país? 

En primer lugar, mi aportación es similar a la de cualquier otro artista que haya intentado expresarse libremente. Para el lector en general y, especialmente, para el mundo homosexual español, creo que la aparición de un personaje como Anarcoma, en una revista heterosexual que llegó a alcanzar una gran popularidad, pudo ser tan relevante como la aparición en los 70, por circuitos clandestinos, de los Cakes de Tom de Finlandia. Creo que mis historias, así como mi comportamiento desinhibido y mis “escándalos”, sirvieron como revulsivo y abrieron las puertas a una cierta normalización de la homosexualidad en España. Los medios siempre sintieron curiosidad por hurgar en la vida y milagros del grupo que formamos en la Barcelona de los 70.

¿Le debe su obra algo al alcohol?

El alcohol siempre me sirvió, dada mi timidez, para desinhibirme en público. Fue mi droga favorita para alternar y reírme con los amigos en las barras de los bares. Estuve mucho tiempo sintiéndome víctima del alcohol y consideraba su dependencia tan fuerte como si estuviera enganchado a la heroína. A veces, en las resacas, pensaba que, de ser posible, me lo hubiera inyectado. Cuando el litro de whisky diario me impedía trabajar, me planteé dejarlo y lo logré.

¿Cómo se define ideológicamente? 

Nunca milité en ningún grupo ni partido político y siempre me posicioné en una izquierda crítica, humanista y solidaria con los más desfavorecidos. Siempre creí que la revolución tenía que comenzar por uno mismo y luego mostrarte como ejemplo.

¿Qué piensa de la situación actual del país? 

¡Repugnante! La primera reacción que tuve cuando Rajoy ganó las elecciones fue la de huir del país.

¿Y del independentismo catalán? 

Un día le preguntaron a Arrabal, en una conferencia que daba en Euskadi, si se consideraba nacionalista. Mi admirado amigo contestó “Sí, yo siempre me he sentido nacionalista: ¡un nacionalista sin fronteras!”.

¿Qué opina de las actuales celebraciones del Orgullo Gay?

Aunque no estoy en contra de las grandes cabalgatas -entre Reyes Magos y sambódromos-, yo siempre asistí a la otra manifestación, sin perderme ni una. Desde aquel primer desfile por las Ramblas -¡con carga policial y todo!-, cuando las “autoridades” de la manifestación conminaron a un Ocaña, con vestido largo de encaje y peineta, a que desapareciera de la cabecera de la manifestación porque rompía la imagen de homosexual normal, bigotuda y ejecutiva, que querían dar a la sociedad, hasta la manifestación del año pasado, del brazo de la alcaldesa Ada Colau, han pasado cuarenta años, habiendo asistido a todas.

En la biografía de su web se achacan muchos milagros de su vida a su encuentro con el Papa Clemente, ¿cómo fue aquello?

Las andanzas del que sería primero vidente, luego Papa Clemente, eran conocidas por toda la comunidad gay de Sevilla frecuentadora de váteres y jardines públicos. Desde aquella madrugada que volvía a mi casa borracho atravesando los Jardines de Murillo y se apareció ante mis ojos, en forma de culo oferente, hasta la visita que Anarcoma hace a la basílica de El Palmar para asistir a la toma de hábitos de su adorado XM2, ahora convertido en Sor Consolación de los Afligidos de las Hermanas Carmelitas de la Santa Faz de el Palmar de Troya, esta saga de papas habrá marcado mi vida y mi obra a semen y fuego.

¿Ocaña hubiera sido el mismo sin usted? ¿Y al revés?

La vida de Ocaña, la de Camilo y la de muchos más amigos circularon durante un tiempo por caminos paralelos, en la misma frecuencia de ondas, siendo lógico que hubiera habido trasvases de influencias entre ellos y yo. Barcelona no hubiera sido la misma sin mí o yo no hubiera sido el mismo sin Barcelona.

¿Cuáles son sus pasiones ahora?

Para una persona adicta al sexo, como es mi caso, es claro que mi primera pasión haya sido, y continúe siendo, follar. Siento una gran pasión por la lectura y mi pasión por la música sigue intacta; mi pasión de voyeur, cámara y ordenador en mano, continúa incólume; mi pasión por el cine clásico me sigue enganchando; cada nuevo día lo sigo considerando un regalo y escribir aún constituye todo un placer.

A estas alturas, ¿a qué le tiene miedo?

Procuro evitar la paranoia que supondría pensar en un futuro de enfermedades, privaciones, dependencias o muerte.

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